La vida en cámara lenta, la vida en suspenso, detenida en el tiempo. El olor a tierra fértil, a mate cocido a las tres, a manteca en las manos. Quien nace en un pueblo nunca se termina de ir cuando se va. Porque el pueblo queda grabado en las células. San Andrés de Giles se va con uno.
Ante la jungla de cemento que todo se lo come, que te quema los pies para que te apures o te azuza la sangre para que te muevas, el gilense extraña tener que limpiar diez veces los vidrios porque un auto pasó rápido por la calle de tierra con sed de lluvia, o coserle pitucones al pantalón del colegio porque se arrodilló más de la cuenta en el verde de la primavera que le tiñó las rodillas.
Ante las bocinas al compás de los bombos y sirenas, el oriundo del pueblo con nombre de santo de cruz invertida (patrocinado por quien compró las tierras hace doscientos años) evoca el ruido de la cortadora de pasto del vecino, a las dos de la tarde de un domingo, como a la música indicada que lo induciría a activar, limpiar y alinear los chakras.
Ante la inmensidad de los edificios de ciudad que llegan hasta el cielo en busca de estar más cerca de la perfección, a los dieciocho, con un bolso con ropa y otro con comida, se encuentra el estudiante -importado de las tierras que sólo aparecen en el noticiero relacionadas con crónicas infames- extrañando el “horizonte de casas no muy altas/ donde sólo resaltan discretas/ la torre de la Iglesia y la del agua.”[1]
Tampoco le alcanza el treinta por ciento de descuento en frutas y verduras los jueves a quien tiene el corazón en la tierra, donde -cruzando la puerta que da al patio- naranjas, mandarinas y limones perfuman mayo, junio y julio las manos que cosechan y las tortas para el mate.
El pueblo enfermo de chismes de esquina que embarazan vírgenes, culpan a inocentes y matan a inmortales, el pueblo de días de invierno triste y atardeceres rurales que inspiran poetas, pueblo de abuelo en el porche con la radio en la oreja, de carnaval que no entiende de reinos y de saltar el tapial (término que no ha sido aún colonizado por el citadino) para entrar a casa es el que genera nostalgia en el expatriado que no concibe tardes sin arroz con leche de abuela.
La ciudad se erige como un monstruo gris de extremidades que brillan en la noche en la que al gilense le da miedo mirar abajo de la cama. Representa los almuerzos huérfanos de madre, los triunfos solitarios, las penas desamparadas. De manera que uno tiene que refugiarse en la calidez del encuentro fortuito en Avenida Santa Fe y Pueyrredón con el corazón de quien sólo comparte el código postal y el vecino presidente, encuentro que parecería traer un pedacito de oasis al desierto sentimental de la ciudad sin papá en alpargatas, sin chicharras a la siesta… sin pueblo.



