Por Tom Angerami
El primero pasó a solo unos centímetros de su oreja derecha. Cerró fuertemente los ojos. Sintió el estallido y quedó un poco aturdido.
Llegó el silencio, pero no la tranquilidad. El sabía que esto era sólo el principio. Había sido derrotado en su propia ley y era hora de pagar el precio mas caro. El segundo lo presintió un instante antes de que saliera. Involuntariamente tensionó el cuerpo y apretó los dientes. El sonido llegó desde la izquierda y su codo apenas sintió un raspón. Soltó de a poco el aire. No debía moverse. Sus errores lo habían llevado ahí y debía aguantar lo que viniera. Se había excedido. Pensó que estaba a salvo, que era intocable. Chasqueó la lengua.
-Si seré pelotudo…- murmuró.
Otro tiro se escuchó más alejado. Respiró aliviado y se sintió un poco mejor. Al menos saldría ileso. Había cometido un par de errores fatales y estaba recibiendo justicia y si salía a salvo de esa, sería porque así lo indicaba el destino. ¿Por qué le tocó a él? Si estaba todo dado para que fuera Coco…lo vio tan entregado, era una presa fácil.
Abrió la boca y la cerró. Ese había sido su error. Abrir la boca. Sino abría la boca hubiese pasado desapercibido. Pero la maldad lo cegó, se precipitó. Todos estuvieron de acuerdo. Tito, Ángel, Hugo…hasta Coco, que estaba entregado, lo puso a doble o nada. Y ganó. y ahora era él el que pagaba el precio que él mismo había puesto. Trató de zafarla después, pero no hubo caso. No hubo piedad. Pero ahora estaba a punto de salir libre de culpas. Solo faltaba un disparo. Abrió los ojos.
La pared estaba a diez centímetros. Se quedó inmóvil. Escuchó atentamente. Llegó el último tiro. Sintió el impacto en el centro de la espalda. Su cuerpo se arqueó. Su pecho tocó la pared y retrocedió un paso. Cayó de rodillas, llevándose las manos infructuosamente a la espalda. Sentía como el calor se extendía por la columna. Se tumbó hacia la derecha, parpadeando con fuerza y lentitud. Escuchó pasos en el piso de tierra y levantó la mirada. El sol lo encandiló hasta que cuatro sombras se interpusieron. Sintió que lo levantaban y le sacudían la tierra. Lo apoyaron contra la pared y él los miró. Coco, Tito, Hugo y Ángel lo miraban divertidos.
Coco se le acercó, le levantó la barbilla y con una sonrisa le dijo:
-Veinticinco paredón, Marquitos. Veinticinco paredón.



