En el San Andrés de Giles de la década del 30, los días olían a polvo de camino y el sonido de la naturaleza solo se solapaba con el de la sobremesa larga de aquellas juntas de familias y vecinos. En ese paisaje dominado por el verde del campo, los animales y una ciudad en crecimiento, el cielo le pertenecía exclusivamente a los pájaros. Nadie en el pueblo levantaba la vista esperando ver otra cosa que no fuera una bandada de palomas o similar.
Hasta que a dos vecinos se les ocurrió la hermosa locura de rozar las nubes.
Corría el mes de julio de 1936 cuando Don Martín Sabot, con la colaboración paciente y entusiasta de su hermano Carlos, le dio el último trazo a los planos de un avión. No era una maqueta ni un juguete a escala: era una máquina, concebida de punta a punta en el corazón de un pueblo que no tenía en sus planes semejante audacia.
Puertas adentro de su taller, entre herramientas de mano, mediciones minuciosas y horas robadas al sueño, los hermanos Sabot no se quedaron en el papel. Fueron por más. Con una tenacidad casi poética, construyeron pieza por pieza el artefacto.
El rumor en el pago no tardó en correr suspendido entre la incredulidad de los más viejos y la fascinación de los pibes que veían transformar lo imposible ante sus ojos. Y para sorpresa de todos los escépticos, la máquina quedó terminada: la primera en su tipo nacida en suelo gilense.
Llegó el día señalado para el bautismo de fuego. El aparato brillaba bajo el sol rural. Carlos Sabot ya estaba acomodado en el puesto de mando, ajustándose las antiparras y sintiendo la ansiedad de despegar los neumáticos de la tierra.
Pero en Giles, la física siempre estuvo subordinada a la autoridad del hogar.
Antes de que las ruedas pudieran dar la primera vuelta, una figura firme se interpuso entre el avión y la gloria: Doña Juana C. de Sabot, la madre de los inventores. Aterrorizada ante la idea de que ese pájaro le quitara a uno de sus hijos en un accidente fatal, Doña Juana dio una orden inapelable. Sin importar los meses de cálculo ni la expectativa, la prueba debió suspenderse en el acto. La gravedad podía vencerse, pero a la palabra de una madre en 1936 no se le discutía.
El desenlace, por supuesto, no podía quedar trunco. Tiempo después, vencidos los miedos o con las licencias del caso, la nave de los Sabot finalmente remontó el vuelo sobre los campos de Giles. El ave funcionaba a la perfección, acariciando las copas de los árboles y demostrando que la inventiva criolla no tenía techo.
¿El origen secreto de un clásico gilense?
Durante décadas, en nuestro pago circuló un cuento popular entrañable. Aquel que narra la travesura de un muchacho de la zona rural que se subió al techo de la casa con un par de alas caseras atadas a los brazos, decidido a planear. La leyenda cuenta que su hermano menor, mirándolo desde abajo con una fe ciega en el éxito del vuelo, le gritó entusiasmado: “¡No vayas para el centro que te va a ver mamá!”.
Casi nadie en la ciudad recuerda hoy los nombres de Martín y Carlos Sabot, ni la gesta técnica de aquel invierno de 1936. Sin embargo, resulta imposible no conectar ese cuento humorístico que todos escuchamos alguna vez con la estampa real de Carlos arriba del avión y la mirada severa de Doña Juana frenando el despegue.
Quizás ese mito popular tiene algo que ver con una verdad maravillosa: la vez que dos hermanos de Giles tocaron el cielo con las manos, pero tuvieron que pedirle permiso a su mamá para poder volar.
En los libros de historia gilense no hay detalles específicos del avión construído. Es decir, citan las fechas de fabricación y vuelo, pero no brindan información sobre si se trataba de uno impulsado a motor o de un planeador.





