Escribo estas líneas como un hijo de la democracia. Mi primer contacto con el horror del 24 de marzo de 1976 no fue el miedo en la piel, sino el eco de los relatos de mis docentes del Colegio Nacional y aquellas charlas en las cenas familiares que bajaban el tono cuando el tema se volvía denso. Crecí entre los 90 y los 2000, una época donde la historia empezó a contarse con otros nombres y otra difusión. Fue ahí que empecé a entender: la dictadura no es un capítulo cerrado de un libro de texto; es parte de nuestra historia reciente.
Como recordó hoy la historiadora María Inés Amanti -ver nota-, para muchos gilenses la imagen del golpe fue el escape de Héctor Cámpora entre fogonazos y oscuridad. Pero Giles guarda mucho más: historias de militantes, docentes y vecinos que enterraron libros en el patio, que pospusieron sueños de estudiantes o que simplemente aprendieron a vivir con el silencio como sombra. En Infociudad hemos investigado con profundidad casos que nos duelen en lo local, como el de la familia Hietala -ver nota- o la desaparición de Roberto Rodríguez -ver nota-. Son la expresión más cruel de una violencia que no nos pasó por al lado; nos marcó el mapa.
En estos días de negacionismo creciente, que sectores de poder intentan imponer como una nueva verdad, me conmovió ver una Plaza de Mayo masiva. Me emocionó ver a adolescentes, adultos y viejos hablando de lo mismo en redes y medios. Y ante esa discusión, me quedo con una frase que Ricardo Gil Lavedra, juez en el juicio a las Juntas, le dejó a María O’Donnell en una entrevista radial: “¿Qué guerra puede haber en la cual una acción de combate sea violar una mujer o robarle los bebés a las chicas embarazadas? Eso no es una guerra… No hay norma del derecho de la guerra que autorice acciones semejantes”.
Mientras nuevas generaciones florecen comprometidas con la memoria, reaparecen discusiones que buscan vaciar de sentido la fecha, distrayéndonos con la exactitud de una cifra —los 30 mil— para no hablar de lo inobjetable: el país que teníamos antes del golpe. Porque además de los crímenes atroces contra argentinos, están los datos fríos y brutales de la economía de Martínez de Hoz.
Pasamos de una distribución de la riqueza del 50-50 a una donde el 70% quedó para el capital y solo el 30% para los laburantes. Bajo la excusa de “competir en el mundo”, se abrieron las importaciones y se pulverizó una industria nacional que era orgullo regional, provocando una caída del PBI industrial per cápita del 28%. La deuda externa se multiplicó por seis, pasando de USD 9.000 millones a más de USD 45.000 millones. Un aumento del 364% que hipotecó nuestro futuro.
Se intervinieron fábricas y se persiguió al trabajador que reclamaba derechos. Empresas como Ford, Mercedes Benz, Molinos y Ledesma fueron señaladas por complicidad, llegando incluso a tener a sus propios empleados integrando el gabinete nacional. Y si hablamos de inflación, la acumulada en esos años oscuros fue del 517.000%. La pobreza se quintuplicó: pasó del 5% a más del 20%. El golpe no solo ejerció violencia física; instaló un modelo que empobreció a la Nación y torció un rumbo que hoy todavía nos cuesta encauzar.
La dictadura no solo persiguió una ideología; destruyó la matriz nacional. Como expresó hoy el escritor Martín Caparrós en El País de España: “El golpe fue así de drástico, así de brutal, porque quisieron eliminar de una vez por todas a esa clase obrera que buscaba construir otro país y que ellos no entendían”.
500 bebés robados (140 recuperados). Más de 800 centros clandestinos de tortura. Libros, canciones y películas prohibidas. El miedo como moneda de control.
Este 24 de marzo, reflexionar es un deber. Recordar para no olvidar que Argentina es una historia de lucha, de tropezar y volver a intentar. Nuestra Patria resistió atrocidades humanas y saqueos permanentes. Resiste a las malas decisiones, a los políticos pésimos, a los mentirosos y a los cobardes que, tras romperlo todo, critican por redes sociales desde lejos.
Pero Argentina tiene mucha más gente honesta, con memoria, que sueña y que lo va a seguir intentando. No pierdo las esperanzas de vivir en un país mejor. Creo, sinceramente, que nos va a pasar.






