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Laura Hietala: “Renuncié a vivir con miedo”

Tras el secuestro de sus padres y abuelos en Giles, Laura Hietala debió enfrentar décadas de amenazas y vigilancia por parte de servicios de inteligencia.
Fotografía: Clara Pérez Colman

Cuando a Laura Hietala la quisieron matar todavía no había celebrado su primer cumpleaños. El 22 de mayo de 1977 un grupo de tareas invadió su casa, en la estancia El Maral de San Andrés de Giles y secuestró a su abuela, Hannah Vyrynen y a la suegra de su tío, Dominga Bazzana. Antes de abandonar el campo, uno de los secuestradores tomó una manta y colocó un extremo en el moisés donde Laura dormía y el otro dentro de una estufa. Si Laura está con vida es porque una vecina la rescató antes de que el fuego la alcanzara. 

En las últimas 48 horas también habían sido atrapados sus padres, Guillermo Hietala y Estela Cali, y sus abuelos maternos, Ítalo y Esther Cali. El único que se salvó de las fauces de la represión fue su tío, Reino, que no estaba en El Maral cuando se produjeron los secuestros. 

Reino y Guillermo eran dos militantes sindicales de Zárate, que a principios de la década del 70 se sumaron a las filas del Partido Revolucionario de los Trabajadores. 

Las primeras persecuciones comenzaron en 1975, cuando Guillermo fue encarcelado en el penal de Coronda, Santa Fe. Luego de sufrir un allanamiento sorpresa, Reino decidió mudarse a Aristóbulo del Valle, Vicente López, junto a su esposa, su suegra Dominga Bazzana y sus hijos Silvia y Guillermo. El nuevo hogar no tenía muebles: dormían sobre el suelo para no llamar la atención de sus vecinos, con el miedo de ser encontrados por los efectivos de la Alianza Anticomunista Argentina.

Cuando allanaron la quinta de San Andrés de Giles, quedamos en la calle sin ropa, sin documentación, sin dinero, sin nada. Eso nos demostró que no hay situación de la cual uno no pueda salir. Siempre existen salidas. Hay que actuar, haciendo uno puede salir” declaró a Infociudad en 2021.

En 1978 Reino escapó a Brasil y desde allá se contactó con algunos familiares que vivían en Finlandia. Ellos se ocuparon de conseguirle un pasaporte, y al poco tiempo aterrizó en Helsinki.

La investigación judicial comenzó en 2006, después de que se derogaran las leyes que protegían al poder militar. Sin embargo, el reloj biológico fue más rápido que el judicial: Santiago Omar Riveros, exjefe de Campo de Mayo y sospechoso de coordinar la desaparición de los Hietala falleció el 24 de mayo de 2024 con 100 años. Entre 2009 y 2023 Riveros acumuló trece condenas a prisión perpetua, pero murió en prisión domiciliaria. Gozó de una dignidad que no le fue brindada a ninguna de sus víctimas. 

La justicia también investiga a otros genocidas que ya fueron condenados en causas similares a la de los Hietala. Es un proceso lento que se ve atravesado por la presión de los secuestradores que hasta el día de hoy mantienen vínculos con el poder y por las amenazas que buscan amedrentar a quienes reclaman justicia. 

El nuevo hogar no tenía muebles: dormían sobre el suelo para no llamar la atención de sus vecinos, con el miedo de ser encontrados por los efectivos de la Alianza Anticomunista Argentina.

El horror después del horror

Con la llegada de la democracia, el espionaje apareció como la nueva cara de la persecución militar.

A Laura y Amanda, todas las tardes el mismo hombre las seguía desde su escuela hasta la casa en la que vivían. En 2021, durante una entrevista para la Agencia de Noticias de la Carrera de Comunicación de la UBA (ANCCOM), Laura relató: “Era una persona  de determinadas características, que luego otros familiares nos confirmaron que también los había seguido. Era algo que estaba ahí, ya era parte de nuestra vida”. 

La persecución volvió en 1997 cuando trabajaba como promotora en un supermercado que tenía sucursales en Zárate y Campana.  

Había algo que estaba claro, cada local tenía su propio personal de seguridad. Un día noté que había un empleado que coincidía en mis días y horarios, en las sucursales a las que yo iba. Un sábado en el que no había nadie, vino y me dijo “Buenas tardes, señorita, necesito hablar con usted — recordó Laura ante ANCCOM. 

Mientras en su cabeza crecía la convicción de que ese sería su último día con vida, la mujer extendió su mano y exclamó: “Laura Hietala, nieta e hija de desaparecidos”. Lejos de sorprenderse, el sujeto respondió con frialdad: “Ya lo sé, conozco todo de su vida”.

Después de un segundo de silencio que pareció eterno, el hombre explicó que no había participado en el operativo de los secuestros y que estaba ahí porque trabajaba bajo órdenes directas de Videla. Disparaba las palabras con una velocidad mecánica, como si la duración de cada sílaba estuviera cronometrada. Laura sólo se limitaba a escuchar, mientras el miedo la paralizaba.

—  Me decía que si lo buscaba por su nombre, él estaba muerto y que le pagaban por hacer este tipo de tareas, investigar a hijos para ver en qué andaban. Recuerdo que me dijo: “Quedate tranquila que vos sos inofensiva”. 

El espía se encargó de nombrar personas de su círculo íntimo para certificar su trabajo y le advirtió: “Te voy a estar vigilando. Vos no vas a saber que yo voy a estar ahí, pero siempre te voy a estar vigilando. Me vas a pasar al lado y no me vas a reconocer, porque los que hacemos estas tareas cambiamos nuestra apariencia para que no nos identifiquen”. 

A esa primera amenaza, meses más tarde se le sumaría la de un ex comisario, que la detuvo en la calle y le susurró: “Tenés que tener cuidado con quién te rodeas, porque es muy fácil deshacerse de un cuerpo. Existe un Triángulo de las Bermudas acá: sabemos que en la zona del Río Luján podemos tirar un cadáver y que nadie sepa lo que pasó”. 

Harta del hostigamiento, Laura intentó presentar una denuncia, pero desde el Poder Judicial le respondieron que no podían hacer nada. Los Hietala estaban librados a su suerte. 

— Cuando secuestraron a Jorge Julio López hubo una sensación de vulnerabilidad muy grande. Sentíamos que otra vez el peligro era inminente y que los próximos íbamos a ser nosotros. Si ya se llevaron a mis abuelas y a nuestros padres, ahora nos tocaba a mi hermana y a mí.

Lo que era una sensación, luego se transformó en realidad. Durante la madrugada del 27 de noviembre de 2019, un disparo entró por una de las ventanas de la casa de los Hietala e impactó en el techo de la habitación de uno de sus hijos.

Pero las amenazas no la doblegaron:  “Decidí renunciar a vivir con miedo. Entiendo que uno tiene que ser prudente. Yo no hice nada para merecer ninguna de estas cosas, lo único que hago es pedir justicia, buscar la verdad y tratar de hacer memoria. El miedo te paraliza y te cansa. Fue muy frustrante ver a mis hijos con ese shock tan grande de pensar que todavía puede pasar algo. Pero a eso hay que vencerlo”. 

Con material extraído de la Agencia de Noticas de la Carrera de Comunicación de la UBA


Por Agustín Bagnasco para Infociudad

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