Bajo el alero de ingreso a su casa nos espera Lucas Alves (26). El joven vecino nos recibe con una sonrisa y nos invita a sentarnos. Su compañera de vida, Soledad, juega con la menor de sus dos niñas, ella prepara Tererés, una costumbre del norte argentino de donde es oriundo el protagonista de esta historia. Lucas nació en Misiones y de muy chico ya conoció las dificultades: cuando tenía seis años su mamá falleció y la vida del niño se fue apagando antes de tiempo. Para ayudar a su familia, comenzó a trabajar a la par de los más grandes, en “la yerba”, como allá le dicen a la cosecha de la Yerba – Mate. Un trabajo 100% manual que no cualquiera puede llevar a cabo.
La adolescencia lo trajo para nuestros pagos. A los 16 años se animó a Buenos Aires, donde las soluciones parecen estar a la orden del día. Ni bien conoció San Andrés de Giles decidió instalarse. Comenzó trabajando en la producción de Caracoles y fue descubriendo lo que sería su lugar en el mundo. Apareció Soledad con su hija, a quien crío como si fuera su niña biológica, y tras conocerse en profundidad, agrandaron la familia con una nueva niña que hoy tiene dos añitos. La vida era color de rosas para Lucas, pero otra dura situación lo puso a prueba. Una “posible lesión secundaria a infección leptospira”, como denunció la ART del Frigorífico donde trabaja, lo dejó al borde de la muerte. Tras 24 operaciones y la amputación de sus extremidades, hoy Lucas sigue dando pelea.
Un round que duró seis meses
“Me corté realizando mi trabajo una semana antes. Pero un viernes me empecé a sentir muy mal y terminé en terapia del Hospital San Andrés. Me acuerdo que llegué con las manos heladas y muy descompuesto, me ponían bolsas de agua hirviendo en las manos y no sentía nada, ahí me di cuenta que me pasaba algo grave” comienza a relatar Lucas su padecimiento.
En octubre de 2018, Lucas, entró al Nosocomio local. Su cuadro preocupó al staff médico que no podía establecer un diagnóstico certero. Las horas pasaban y la situación del joven vecino empeoraba, a tal punto, que un médico le sugirió a su familia que comience a despedirlo. “Yo me daba cuenta que se estaban despidiendo. Pero yo sacaba fuerzas de donde no tenía para seguir vivo” recuerda Alves. Rendirse no estaba en sus planes, más allá de que desconocía por completo lo que le depararía el futuro.
Lucas, a pesar de los malos pronósticos, sobrevivió las horas críticas. Desde Giles lo derivaron al Centro Médico Integral “Fitz Roy” de Munro, donde la situación se complicó aún más. “No te querían dar un diagnóstico, fueron días difíciles. No nos trataron bien. Buscaban cosas que no eran y hasta le quisieron amputar los brazos y piernas completas” contó su pareja Soledad, en ese momento, la trombosis de sus manos y pies avanzaba notablemente. El traslado al Sanatorio “Pelliza” le salvó la vida al joven trabajador. “Mis manos estaban negras, el pie igual, aunque fue más lento. Era un dolor permanente que ni con la morfina se me pasaba. Fue tremendo. Tal es así que cuando me dieron la noticia que me iban a amputar no me preocupe tanto” reflexiona.
En la última institución médica los estudios fueron acertados, Lucas sufrió la amputación de sus pies y manos pero el dolor terminó. Los interminables seis meses de pruebas y operaciones finalizaron en marzo de este año. Sin embargo, la luz que se encendió no tenía todo resuelto. El pibe de los trabajos forzosos, que le gustaba jugar al fútbol con sus amigos, hacer arreglos en su casa y salir a pasear, debía adaptarse a una vida completamente distinta: en silla de ruedas y con atención permanente.
La fuerza interior
“Nunca me di por vencido. Yo pensaba en mis hijas. Mi sueño de chico fue ser papá y por dentro me repetía que no podía irme sin verlas crecer. Fue duro pero ellas fueron mi fuerza”. Lucas cuenta su secreto mientras mira a su niña con orgullosos ojos. Ni el dolor, ni los partes médicos adversos, ni los traslados, ni las amputaciones, ni los sueños inconclusos, pudieron con el amor de un padre.
Lucas tiene una fuerza especial. Habla con entereza y sin vueltas. Admite que todo es más complejo, que aún no se acostumbra a su situación actual y que siente “vergüenza” por su condición. El guerrero de las mil batallas reconoce que su sonrisa también esconde la tristeza de una situación difícil de sobrellevar e imposible de dimensionar para quienes “la miran de afuera” como se dice en la calle.
La compañía de su familia es el motor de sus días. “Bonita”, la perra que lo esperó seis meses bajo el cuidado de los vecinos, lo acompaña en cada movimiento. Suele sentarse encima de él o usa de “cucha” la silla de ruedas. La amiga más fiel no le quita los ojos de encima, de hecho permanece a nuestro lado mientras la conversación avanza.
“Todavía me cuesta acostumbrarme. A veces tengo sed y trato de agarrar el vaso pero no puedo. Hoy tengo una enfermera que me asiste pero no es sencillo. Dependes siempre de otra persona” relata Lucas mientras confiesa que instrumento le cambiaría sus días: “a mí me gustaría tener una silla de ruedas a batería, eso me cambiaría los días. Puedo moverme por mis medios, ir al kiosco, me voy a sentir más útil”.
Adquirir una silla de ruedas de esas características no es económico. Sin embargo, hay una esperanza. El Geriátrico local posee una y hoy se está gestionando para que se la puedan prestar. De hecho, las autoridades están al tanto de la situación. Solo resta esperar que la acción se concrete con los tiempos de la sensibilidad y no de la burocracia.
Un deseo que es amor
“Sueño es llevar a mi nena al jardín”. Lucas sueña con algo que seguramente muchos vecinos hacen a diario como rutina. Su deseo nace en lo más profundo de su corazón, emociona y enseña a valorar los pequeños actos de todos los días.
Alves espera por prótesis que con rehabilitación y mucho trabajo le permitirá en un lapso prudente de tiempo, tal vez, poder volver a caminar. Lo mismo pasa con sus manos. Si bien recibió prótesis hechas con impresoras 3D, la calidad no se ajusta a las necesidades que hoy tiene.
Lucas se mantiene firme por el amor de los suyos. Cuándo la vida se puso cuesta arriba demostró que la fuerza está, solo hay que encontrarla. A pesar de la adversidad sigue dando pelea, sueña y se ilusiona con un futuro mejor. Porque como nos dijo cuándo se despidió: “no me iba a dejar ganar así de fácil”.



