Pocos saben que antes de convertirse en leyenda del boxeo mundial, Luis Ángel Firpo, apodado “El Toro Salvaje de las Pampas”, frecuentaba San Andrés de Giles por su trabajo como guardahilos. Integraba la cuadrilla que se encargaba del mantenimiento de las líneas telegráficas y telefónicas. La valiosa información surge del libro “Más de dos siglos de historia postal”, escrito por el gilense Orfirio Latorre, quien rescata una hermosa anécdota que vincula al importante boxeador argentino con nuestra ciudad.
Hasta 1915, antes de que el Correo gilense tuviera un edificio propio, la Oficina del Telégrafo funcionaba donde hoy está el Club Almafuerte, en la esquina de Rivadavia y Mitre. Allí concurrían los guardahilos, trabajadores clave para que las comunicaciones funcionaran. Entre ellos, un joven de Junín que algunos años después se transformaría en héroe deportivo nacional.
Latorre escribe en su libro: “Poco antes anduvo por Giles una cuadrilla de guardahilos volante. Entre cuyos operarios había un jovencito que se destacaba por su corpulencia y se llamaba Luis Ángel Firpo. Era el mismo que años después se transformaría en héroe deportivo nacional como boxeador cuando, el 14 de septiembre de 1923, perdió frente a Jack Dempsey una pelea por el campeonato mundial en la segunda vuelta, luego de haberle pegado al norteamericano tal golpe que éste cayó fuera del ring y fue a aterrizar entre los espectadores.”
El autor también relata que, para escuchar la transmisión de esa histórica pelea, “muchos gilesnes estrenaron radios a galena”.
¿Qué era un guardahilo?
Los guardahilos del correo (y también del ferrocarril) eran empleados encargados del mantenimiento, reparación e instalación de las líneas telegráficas y telefónicas. Su trabajo era fundamental para garantizar la comunicación, especialmente en zonas rurales o alejadas. El guardahilo garantizaba las comunicaciones telegráficas entre estaciones, lo que permitía gobernar la circulación de los trenes de manera segura e intercambiar mensajes rápidamente entre localidades distantes.
Antes de dedicarse al boxeo, Luis Ángel Firpo había sido estibador, albañil, guardahilos del Telégrafo de la Nación y empleado de farmacia. Su gran corpulencia física hizo que muchos amigos y familiares lo incentivaran a subirse al ring.
El combate del siglo
La imagen de Firpo está presente en cuanta historia de boxeo se cuente. “Un hombre, que parece gigantesco, derriba y saca del ring a otro no menos corpulento que cae encima de los fotógrafos. El que está de pie, con pantalón oscuro, cabeza enorme y estampa de seguro vencedor es argentino, se llama Luis Ángel Firpo. Mide 1.89 y lo apodan el Toro Salvaje de las Pampas.”
El viernes 14 de septiembre de 1923, en el Polo Grounds de la ciudad de Nueva York, se llevó a cabo la pelea entre el campeón mundial de los pesos pesados Jack Dempsey y el argentino Luis Ángel Firpo, ante unos 85 mil espectadores. Fue denominada como la pelea del siglo XX. La entrada costaba 50 dólares, recaudándose 1.188.603 dólares. Las apuestas favorecían a Dempsey por 3 a 1. La bolsa del norteamericano fue de 509.000 dólares, mientras que la del argentino fue de 156.250 dólares, una fortuna para esa época.

Una multitud de porteños se congregó frente a las redacciones de los grandes diarios de Buenos Aires para enterarse de la suerte del primer argentino en disputar un título mundial. Eran tiempos en que los aparatos de radio eran contados y su precio inaccesible para un simple trabajador. En el faro del Palacio Barolo había un reflector que informaría, según el color que emitiera, quién sería el vencedor del combate: una luz blanca señalaría que el ganador era el argentino, y la roja, el campeón del mundo.
El combate duró tan solo dos rounds, con emociones fuertísimas. El argentino subió al ring con el húmero fracturado. En el primer asalto se sucedieron siete caídas del retador sudamericano. En esos tiempos, cuando un púgil iba a la lona, el oponente no se dirigía hacia el rincón neutral, sino que esperaba que el caído se levantara para volver a golpearlo. Además, no había límite en el número de caídas. El final de la contienda estaba cerca, pero sucedió algo asombroso: el argentino se sobrepuso inesperadamente y, con un golpe (haciendo gala a su apodo), tiró fuera del ring al campeón mundial. Nueva York sucumbió. El gaucho que había venido del sur hizo añicos a los apostadores y a los aires de superioridad.
La caída duró 17 segundos. Firpo había ganado, era el nuevo campeón. Pero el campeón del mundo era el local y esa condición tiene un plus en cualquier parte del planeta. El árbitro Johnny Gallagher demoró la cuenta, y Dempsey fue explícitamente ayudado a levantarse por periodistas y asistentes. El campeón zafó. El gong sonó y en el round siguiente, la calidad técnica prevaleció al coraje del argentino. Dempsey tiró a Firpo dos veces más, reteniendo el cinturón.
La noticia de lo sucedido llegó a Buenos Aires, dejando un gusto amargo por la derrota del retador y por haber sido el primer gran robo a un boxeador nacional.
El célebre escritor argentino Julio Cortázar fue un apasionado del boxeo, reflejándolo en algunos textos de su extensa producción literaria. En un fragmento del libro “Bestiario” del año 1951 recordó: “Vino la pelea Firpo-Dempsey y en cada casa se lloró y hubo indignaciones brutales, seguidas de una humillada melancolía casi colonial.” Y reflexionó sobre el desenlace: “Yo tenía en ese momento nueve años y aquello fue como una tragedia nacional, porque en la Argentina se consideró un robo al país aquella pelea. No faltaron los que pedían romper las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Aquella pelea creo que definió mi pasión por el boxeo, porque yo quedé muy impresionado por lo de Firpo y empecé a interesarme por ese deporte que, en esos años ocupaba mucho espacio en los periódicos.”
Luis Ángel Firpo nació en Junín, Buenos Aires, el 11 de octubre de 1895, en el seno de una familia humilde. Debutó como boxeador en el año 1917 y se retiró definitivamente del boxeo en 1936. Con el dinero ganado en el deporte, se dedicó a la ganadería hasta su fallecimiento en 1960, a los 64 años, a causa de un síncope cardíaco.






