Me tocó perder la final del 2014 y sentir esa angustia profunda de las veces que estábamos para todo y nos volvíamos temprano, o al menos mucho antes de lo que imaginábamos. Ayer, claramente, me volvió a invadir la tristeza; pero fue distinto. Algo cambió en el aire y creo que a varios nos pasó lo mismo. Salir segundos no dolió de la misma manera que aquella vez.
Este Mundial nos regaló una pausa de un mes; el reloj del fútbol nos marcó el pulso de la vida cotidiana. A nuestra Selección le tocaron días y horarios perfectos para juntarse con amigos, familia, amores o improvisar el partido entre compañeros de trabajo. Todavía recuerdo la locura de 2002, cuando a la Albiceleste la veíamos en la madrugada. Acá no tuvimos el calor de Qatar, pero esta gente fue templando el clima paso a paso. Tanto que, más de una vez, nos hicieron sacar el abrigo en pleno invierno.
Pienso, mientras escribo estas líneas, que para los argentinos fue un Mundial guionado para la pantalla grande. Nos regaló a un Messi gigante haciendo golazos; una victoria agónica frente a Cabo Verde; un mar de dudas; una remontada histórica e inolvidable ante Egipto; la bomba de Julián contra Suiza en el tiempo extra y ese triunfo épico en el clásico ante Inglaterra, con el festejo dedicado a Malvinas que le dio la vuelta al mundo. Tal vez en esa batalla se nos fue el último suspiro que nos quedaba. Argentina quizás no jugó con el brillo de 2022 o de las Copas América, pero fue un ejemplo supremo de no bajar jamás los brazos, incluso cuando el panorama era completamente adverso.
Cuántas emociones desbordadas, cuántas lágrimas, cuántos abrazos compartidos.
Ayer España nos superó y fue un justo campeón. Sin embargo, Argentina demostró su verdadero valor en la derrota, y no solo dentro de la cancha. La Scaloneta hizo lo que hacen los grandes: reconoció al rival y aceptó con nobleza y en silencio que enfrente había un equipo mejor. Pero además, esta generación nos enseñó algo más profundo: que salir segundos también puede ser un motivo de orgullo para ocupar las calles. En cada rincón del país, los argentinos cantamos y flameamos la bandera con el pecho inflado. Porque, en definitiva, el éxito nunca se definió solo por las copas levantadas.
Esta Selección nos deja un legado que excede con creces las vitrinas. Nos acomodó las prioridades, nos habló de respeto, de valores, y nos demostró que no existen imposibles cuando empujamos todos para el mismo lado. Nos recordó que el deporte es sagrado y que la mejor forma de honrarlo es dejar la piel en la cancha. Cuanta pasión, cuánto amor por nuestra tierra.
Pienso en las generaciones que hoy juegan al fútbol para ser como Messi, Dibu, Enzo, Julián o cualquier otro. Sin dudas, tenemos una oportunidad inmejorable para el futuro. La taba cayó de nuestro lado.
Es raro, pero me siento pleno. Claro que la cuarta estrella no va a estar bordada en el pecho, pero en nuestra memoria este no será un torneo que se recuerde con amargura. Cada uno de nosotros va a saber exactamente dónde gritó el gol del 3 a 2 a Egipto, con quien estaba cuando vencimos a Suiza o con quién se abrazó —seguro con alguna lágrima rodando por la mejilla— cuando le dimos vuelta el partido a los ingleses. Tenemos las fotos de un álbum hermoso en nuestra memoria.
No trajimos la Copa, es verdad. Pero durante este mes, el corazón estuvo lleno. Y créanme: en estos tiempos, eso no es poco.






