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La historia de Marisol: estuvo al borde de la muerte y encontró en la actividad física una nueva vida

Estuvo en coma cuatro días, atravesó una profunda depresión y la actividad física le salvó la vida. Hoy inauguró su propio gimnasio junto a su amiga Alejandra Noriega.

Hay personas que empiezan a correr para bajar de peso. Otras, para competir en alguna carrera. Marisol López empezó a correr para volver a vivir.

Hace seis años estuvo al borde de la muerte. Una hemorragia interna durante el nacimiento de su segundo hijo la dejó cuatro días en coma. Cuando despertó, nada volvió a ser igual. Lo que parecía el final de una pesadilla fue, en realidad, el comienzo de otra batalla: la depresión, la ansiedad y los ataques de pánico la fueron apagando lentamente.

Hoy, aquella mujer que no encontraba fuerzas ni para levantarse de la cama acaba de inaugurar su primer gimnasio junto a su amiga Alejandra Noriega. En el camino no solo reconstruyó su propia vida, sino que también ayudó a transformar la de muchas mujeres que encontraron en ella un ejemplo de fortaleza.

“Me desperté del coma sin entender nada”

Corría el año 2020. La pandemia recién comenzaba cuando Marisol ingresó a dar a luz a su segundo hijo. Una grave hemorragia interna puso su vida en riesgo. “Estuve cuatro días en coma. Fue en plena pandemia, fue todo muy caótico. Me desperté sin entender nada”.

Aquella experiencia extrema cambió para siempre su manera de mirar la vida. Después de estar tan cerca de la muerte, confiesa: “Empecé a ver la vida de otra manera. Empecé a disfrutar más de las cosas cotidianas, de lo rutinario, de los hijos.”

El día que todo empezó a cambiar

Pero, aunque físicamente lograba recuperarse, por dentro todavía había heridas abiertas. “Había algo ahí que no podía sanar.” La ansiedad, los ataques de pánico y la depresión aparecieron casi al mismo tiempo.

Con un bebé recién nacido, otro hijo de apenas tres años y atravesando uno de los momentos más difíciles de su vida, hubo una escena que todavía recuerda con claridad. “Me la pasaba acostada. Miro a mi alrededor, veo a mis hijos tan pequeñitos y digo: ‘Yo no puedo estar acá’. La cabeza me hizo un clic.”

No sabía exactamente hacia dónde iba, pero sí sabía que tenía que empezar a moverse. En ese impulso de vida salió a correr, y no paró más. “Empecé a correr de a poquito. Corría un kilómetro, dos kilómetros… Me sentía cada vez mejor, cada vez corría un poquito más.”

Sin proponérselo, encontró en la actividad física el refugio que tanto necesitaba. Después llegó el gimnasio, las maratones, los entrenamientos y una nueva forma de entender la vida. “Me metí al entrenamiento a full.”, asegura.

Mientras descubría cuánto bien le hacía la actividad física, una idea comenzó a tomar forma. “¿Por qué no hacer algo como para motivar a otras mujeres? Esto me salvó a mí, por eso me gustaba pensar en ayudar a otras.”, cuenta.

Empezó a capacitarse. Hizo cursos de entrenamiento, gimnasia localizada, GAP y preparación para trabajar con adultos mayores. Pero cuando decidió comenzar a dar clases no tenía gimnasio, ni materiales, ni equipos. Solo tenía ganas. “Arranqué de abajo sin nada. Con una mochilita, un cuadernito y un parlantito.”, recuerda.

Las primeras clases fueron en el Parque Municipal, en el patio de alguna casa, en el Club Cucullú y en distintos espacios prestados. Durante mucho tiempo fue construyendo su proyecto de esa manera.

Vivía en Cucullú y viajaba todos los días a San Andrés de Giles con los elementos cargados en una moto. Muchas veces llegaba y solo había una alumna esperándola. O ninguna, pero no importaba. Nunca dejó de ir a dar cada clase que programaba. “Capaz que iba y no había nadie, o una sola alumna… y yo seguí igual. Nunca dejé, siempre firme.”

La historia de marisol: estuvo al borde de la muerte y encontró en la actividad física una nueva vida

Más que solo alumnas: una comunidad

El boca a boca hizo el resto. Una alumna invitó a otra. Después llegó una amiga, una hermana, una prima. Poco a poco el grupo fue creciendo hasta convertirse en una comunidad que hoy reúne alrededor de 70 alumnas.

Para Marisol, FitML nunca fue solamente un lugar para entrenar. “Yo siempre digo que en el grupo de FitML somos como una familia.” Así fue como conoció a Alejandra Noriega, una alumna con quien construyó una amistad que con el tiempo terminó transformándose también en una sociedad.

Marisol la animó a capacitarse para convertirse en profesora y, juntas, comenzaron a imaginar un sueño que parecía demasiado grande: tener un gimnasio propio. Pero todavía faltaba lo más difícil: concretarlo.

Durante años dieron clases donde podían. Subalquilaban espacios. Les prestaban patios, garajes y quintas. Adaptaban cada lugar para que las alumnas pudieran entrenar. Hasta que decidieron apostar por un espacio propio. No fue fácil. Organizaron una rifa para reunir el dinero necesario y las propias alumnas, junto a emprendedoras locales, colaboraron donando premios.

Así lograron reunir los fondos para alquilar el lugar donde hoy funciona el gimnasio. “Era un sueño que yo tenía, pero lo veía muy lejos”, comenta Marisol con una sonrisa, mientras charlamos en el flamante espacio que inauguraron en la calle Urquiza y 45. “Todo se puede lograr con humildad y mucho esfuerzo”, reflexiona luego de repasar todo el proceso que la trajo hasta este momento.

Mucho más que un cambio físico

Quienes entrenan con Marisol suelen hablar de los cambios en el cuerpo. Ella prefiere hablar de otra transformación: “El cambio físico no es lo primordial. Es el cambio mental.”

Dice que ve cómo muchas mujeres llegan con inseguridades o atravesando momentos difíciles, y que con el tiempo empiezan a recuperar la confianza. “Las veo transformarse… toman una personalidad de supervivencia, de guerrera.”, explica.

No es casual. Cada vez que alguna alumna le cuenta que volvió a sentirse bien, recuerda el momento en que ella misma creyó que no iba a poder salir adelante.

“Me dicen: ‘Mari, me cambiaste la vida. Desde que estoy acá veo las cosas diferente. Me siento bien anímicamente’. Yo creo que esa es la parte más importante. Como me pasó a mí.”

Hoy, después de años de sacrificio, de cargar bolsos sola en su moto, de dar clases en distintos espacios prestados y de sostener un proyecto cuando parecía imposible, Marisol puede abrir las puertas de su propio gimnasio junto a su gran amiga Ale.

A quienes todavía dudan en dar el primer paso, les deja un mensaje sencillo, construido desde su propia experiencia: “No hay límite ni edad para empezar a entrenar. Entrenar es salud. Entrenar es salud mental y salud física.”

Marisol López pasó de estar postrada en una cama sin fuerzas para vivir, a correr hacia la vida y llevar a otras mujeres con ella. Su historia es la prueba de que, a veces, el click más importante es el que uno hace por dentro.

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