Hay nombres que el tiempo no debería borrar jamás. Uno de esos nombres es el de María Elena Ham. Fallecida un 27 de mayo de 1939 en la Ciudad de Buenos Aires, Elena fue mucho más que una dama de la colectividad irlandesa: fue la mano tendida que San Andrés de Giles necesitó para crecer con espíritu solidario.
Para los vecinos de Azcuénaga, la figura de Elena Ham es casi providencial. Su devoción la llevó a ser una de las principales impulsoras de la Capilla Nuestra Señora del Rosario que se inauguró en 1907. No se limitó a la gestión; su generosidad se materializó en donaciones que hoy son tesoros patrimoniales: el altar mayor (donde se celebra la vida), el baptisterio donde tantas generaciones de gilenses iniciaron su camino cristiano, y la campana, cuyo tañido sigue siendo la voz del pueblo.
Tan profunda fue su huella que, al cumplirse 50 años de su fallecimiento, el Párroco Alberto Kauffman dispuso que la Junta Colaboradora de la Capilla llevara su nombre, un acto de justicia para quién dio tanto sin pedir nada.

Pero su visión no se detuvo en los templos. Elena entendió que la fe debía ir de la mano de la formación de los más jóvenes. Fue ella quien motivó y dio el impulso necesario para la creación del Colegio Nuestra Señora de Luján (el querido “Colegio de Hermanas”).
Miles de niños y adultos que pasaron por esas aulas le deben, quizás sin saberlo, la gestión incansable de esta mujer que veía en la educación la única forma de progreso para los sectores más necesitados de la población. Su ayuda a los desposeídos no era un acto publicitario, sino un mandato de su fe que ejercía con una discreción admirable.
En el año 2001, el Honorable Concejo Deliberante de San Andrés de Giles reconoció formalmente su gran filantropía y su rol como destacada representante de la colectividad irlandesa en nuestra zona.
Elena Ham se fue físicamente un 27 de mayo, como si el destino quisiera unir para siempre su recuerdo al de la nación que tanto amó. Hoy, cuando entramos a la Capilla de Azcuénaga o pasamos por la puerta del Colegio de Hermanas, su presencia se siente en el aire. Es el recordatorio de que una sola persona, movida por el amor al prójimo, puede cambiar para siempre la fisonomía de un pueblo.
Que esta nota sirva para que los más jóvenes conozcan su historia y para que los más grandes vuelvan a decir, con emoción: “Gracias, Elena”.





