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“No pienses en un gato azul“ (Bonus por COVID-19)

Escribe Henry Miller, novelista norteamericano ya fallecido en 1980: “…imaginemos que todo el mundo se declara de vacaciones para pensar sobre lo estático. Ese día habría tantos suicidios que faltarían vagones para recoger a los muertos…” -¡Si pero los muertos son por la pandemia, m´hijito! – me espeta a lo lejos una vecina que, renuente […]

Escribe Henry Miller, novelista norteamericano ya fallecido en 1980: “…imaginemos que todo el mundo se declara de vacaciones para pensar sobre lo estático. Ese día habría tantos suicidios que faltarían vagones para recoger a los muertos…”

-¡Si pero los muertos son por la pandemia, m´hijito! – me espeta a lo lejos una vecina que, renuente a aceptar que por una vez en la vida el mundo se muestra bajo un escenario insólito y terrible, todavía sigue sosteniendo que para lo de uno no hay cura; y más, cuando a distancia prudente, le hablo del valor metafísico de jugárselas por alguien al pedo o intento contarle porqué el pintor Paul Gauguin se rechifló de su laburo en la bolsa, de su esposa e hijos, los abandonó y se fue a pintar morenas a Tahití.

-¡Qué vacaciones ni que ocho cuartos! –prosigue la vecina furiosa- ¡¿Pensar ha dicho?! ¡¡Por favor…!! ¡No le falte el respeto al sentido común, como si estuviéramos para ésas! ¡Acá hay que guardarse y listo!

-¡A que no va a misa ahora!- le respondo sonriente como acercándole una caricia desde mi lugar.

No le amaba con amor sino con piedad.

Yendo de la cama al living.

Y a pesar de que no me parezca justo que de pronto, y ante la amenaza de un virus, una gran cantidad de personas tengan la oportunidad de auto-cuestionarse internamente –porque oigan, y esto entre nosotros; quiero decir, a mí me conllevó mucho rechazo, intrigas, hambre de por medio, como el desprecio de los demás (entre otras cosas más o menos malas)- digo, también el COVID-19 hizo que me sintiera dichoso…: ¡Les traigo buenas noticias!; luego de dieciocho años es posible que una persona pueda vislumbrar que por ahí, y hasta ahora, a lo que le venía restándole  importancia por fin le signifique algo internamente.

-¡No son tiempos de confrontación, señorito! – me acusa de repente un vecino desde otro flanco -¡Debería usted estar aflojando con sus ca-pri-chi-tos! ¡Le aseguro que así no tendrá futuro…!

-¿Futuro…? ¡¿Futuro…?!! ¡Déjeme decirle! …Final. Sí. Eso. Final. Eso es lo que tenemos todos. ¿Es que no lo ve más claro ahora?  – y citándole a Benedetti – …además, “¡como si fuera a flamear el cielo por mi ausencia!”…Oiga, ´´el turismo interior está de moda, es un safari asequible, hoy se lo regalan…”

Y me acuerdo lo que decía Elías Canetti, escritor de origen búlgaro: “Siempre es falso el futuro: creemos que tenemos demasiada influencia en él. Cuando el reloj deja de significar algo son nuestros miedos los que marcan el tiempo.”

Tuve la suerte que la cuarentena me agarrara en medio de la montaña, junto a mi tía Monina, en Las Juntas, un pueblito de setecientos habitantes que dista a hora y media de auto de San Fernando del Valle de Catamarca, capital de la provincia. Y aunque las alarmas estén también encendidas aquí, en su casa ella afirma tener “una ventana con dos humos” o “un trapo que son dos agujeros…”: ¡el mundo mágico de mi tía Mona! Amoroso como francamente excepcional.

“Conocer es ver. No es esperar ni emprender” dice Emil Ciorán, y entre mis labores diarias me he propuesto salir todos los días a la galería a ver la caída de la tarde. Es interesante observar cómo se forma la lluvia en la montaña. Situándome con vistas al oeste, veo un cuadro montañoso, rocoso, imponente empeñarse sobre un alto cerro verde repleto de montes y praderas, y viniendo como desde el lado de Pomán, el frente tormentoso que lo monta parecería avanzar cada día un poco más acechando el cielo junteño. Inquietante es notar la marcha de las nubes. Parecerían avanzar como un ejército. Amenazando copar la región, este frente violáceo azul gris que triunfa por donde menos se anticipa la noche, sin embargo, se repliega cada madrugada no dejando rastro alguno por la mañana, durante el mediodía y hasta luego entrada la tarde. Sólo hasta cierto día, cuando una guarnición de nubes extranjeras proveniente del este aparece desde la retaguardia, y se acopla al frente que todas las tardes acecha, es cuando se produce la lluvia… Maravilloso como torrencial. Y tía Mona que me insinúa que por ahí el arte la milicia sea un invento de las nubes. En fin. Guerra y soñadores.

Sin embargo, sostengo que si tal situación de cuarentena me hubiese tocado en un lugar
en apariencia menos propicio a los sentidos, hubiera podido disfrutar igual bastándome con tener una maceta, un poco de carne, vino y mis libros.

El encanto se produce desde adentro hacia afuera, no al revés. Por eso afirmo que sin los libros no sería nadie y que las empresas de turismo venden literatura.

Cito a René Descartes, filósofo francés a quien le gustaba despertarse tarde, y entre otras cosas, inventó el sistema de ubicación de un punto fijo en el espacio cual hoy todos indirectamente referimos cuando hablamos del famoso “aplanamiento de la curva”:
“Cuando la conciencia del individuo queda reducida a reflejar la conciencia del grupo social, el pensamiento se hace siervo de lo colectivo.”

¡Qué bueno si alguien de tanto mirar el techo se asombra al ver con qué paciencia y maestría una araña teje y espera el efecto de su trampa! ¡O si alguien descubre a qué hora exactamente una flor se abre y comienza a dar su perfume para llamar a los abejorros! ¡Qué bueno si a alguien se le ocurriese leer la “Inteligencia de las flores” de Maeterlinck”! O que les suceda lo mismo que a Julián, el personaje de mi durmiente:

“<< ¡Qué lástima que resulte imposible sostener este instante infinitamente…! >> pensó Julián mientras acostado en la cama, veía a Ludmila darse media vuelta e insistir en el sueño…

<<¡Detener el tiempo…!>> Imaginó pensativo mirando el techo.

Afectado emocionalmente por considerarse un gran afortunado al contemplar aquella desnuda beldad durmiente, el joven entrevió con brutal desamparo el concepto de finitud de las cosas. Tuvo miedo incluso, al considerar, si con la vida no sucedería lo mismo…

Aclara Azorín: “Comprender es entristecerse; observar es “sentirse vivir”. En este “sentirse vivir” está implícita la idea de muerte; pues uno siente la inexorable marcha de todo nuestro ser y de las cosas
que nos rodean hacia el océano misterioso de la nada…”

Sostengo que la tristeza puede ser todo menos un fracaso.

Pescar es como remontar un barrilete al revés.

Club social es lo mismo que decir agua líquida.

Tiene cataratas pero mentales.

– ¡Últimas noticias!

– ¿Cómo? ¿Es que ya se acaban?

Me harté de ser de este mundo. Nadie te presta un bife de chorizo.

A mí también me afecta el encierro.

Me voy a juntar unas hojitas para un té de cedrón.


Por Rienzi Leonardo Curotto

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