Hay historias que nacen casi sin proponérselo. Así ocurrió con Laura Ambrune, vecina de San Andrés de Giles, quien acaba de publicar su primera novela, 1993: Las Cartas. Lo que comenzó como un ejercicio para canalizar la ansiedad terminó convirtiéndose, dos años después, en un libro de suspenso y misterio que ya puede conseguirse en distintas plataformas y también en comercios de la ciudad. En esta entrevista, Laura habla sobre el origen de la obra, el proceso de escritura, cómo influyó su formación en Investigación de la Escena del Crimen, el desafío de publicar su primer libro y las emociones que atraviesa en esta nueva etapa como autora.
Infociudad: Para empezar por el principio: ¿ Cómo nacio 1993 Las Cartas?
Laura Ambrune: La verdad es que no sé decir exactamente en qué momento nació. No hubo un día en el que me senté y dije: “Voy a escribir una novela”.
Yo nunca fui de escribir. Siempre fui una gran lectora. Desde muy chica leía muchísimo. Pero hubo un momento en el que, por cuestiones de ansiedad, me costaba concentrarme para leer. Entonces me recomendaron hacer el camino inverso: en lugar de leer, probar con escribir.
Agarré un cuadernillo y empecé. Al principio eran apenas oraciones sueltas. Después se transformaron en pequeños textos. Esos textos empezaron a ocupar hojas y hojas, hasta que un día tenía casi un cuadernillo entero.
Yo seguía escribiendo sin pensar en qué iba a convertirse. Simplemente escribía. Y creo que de tanto leer durante toda mi vida, la mano escribía casi sola.
Recién cuando me contactó mi editora dimensioné que ahí había una historia. Que todo eso que había empezado casi sin darme cuenta podía convertirse en una novela. Ahí entendí que había nacido 1993: Las Cartas.
IC: ¿Recordás el momento de tu vida en el que comenzó tu relación con la escritura?
LA: Sí, tengo un recuerdo muy puntual de cuando era chica. Me veía en la costa, mirando el mar, sentada en una pérgola de hierro, escribiendo. Siempre lo viví como una fantasía. Creo que de tanto leer imaginaba cómo sería la vida de esos escritores que tanto admiraba.
Después crecí y, sinceramente, no recuerdo haber pensado: “quiero ser escritora”. La rutina, el trabajo y la vida fueron ocupando ese lugar. Uno empieza a priorizar otras responsabilidades y, sin darse cuenta, va dejando los deseos para más adelante.
Lo curioso es que, desde que publiqué el libro, muchas personas que me conocen me dicen: “¿Te acordás cuando decías que querías escribir? Lo lograste”. Y la verdad es que yo no lo recordaba. Ellos sí.
Eso me hizo entender que ese deseo siempre había estado. Nunca desapareció. Simplemente quedó tapado por la vida cotidiana.
Hace dos años necesité encontrar una pulsión de vida, un deseo, algo que realmente me movilizara. Algo que, por decirlo de alguna manera, me mantuviera con los pies sobre la tierra.
Y lo encontré en la escritura. No como algo extraordinario ni lejano, sino como algo profundamente mío, cotidiano, casi necesario.
Hoy es mi motor. Escribo, me entusiasma y forma parte de mi rutina. Me gusta. Es mi hobby, pero también es mucho más que eso. Es el lugar al que vuelvo cuando necesito encontrarme conmigo misma.
IC: ¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿Cuánto tiempo te llevó?
LA: La novela me llevó aproximadamente dos años. Pero, en realidad, siento que la escribí durante mucho más tiempo dentro de mi cabeza que sobre el papel.
Durante esos dos años conviví con la historia todos los días. Imaginaba una escena, la analizaba una y otra vez, pensaba en un personaje, en un diálogo, en una pista. Cuando aparecía una idea la anotaba para no perderla. La novela no descansaba nunca. Mientras yo hacía mi vida, ella seguía escribiéndose en algún lugar de mi cabeza.
El primer viaje a Bariloche fue el momento en el que esa historia empezó a encontrar su voz. Cuando me sentaba con el cuadernillo, las escenas ya llevaban meses ordenándose dentro de mí. Era una sensación muy extraña. Como si la mano no tuviera que inventar nada, sino simplemente acompañar un camino que la imaginación ya había recorrido cientos de veces. Yo solo apoyaba la lapicera sobre el papel y la historia encontraba su lugar.
Poco tiempo después vivimos una pérdida muy importante en mi familia. Y, de un día para el otro, la novela dejó de importar. Hay momentos en los que la vida te obliga a cambiar el orden de las prioridades. Lo único importante era abrazarnos, sostenernos entre todos y aprender a respirar con una ausencia que nos había cambiado para siempre. Durante mucho tiempo no hubo espacio en mi cabeza para escribir. Había silencios que ocupaban todo.
Con el paso de los meses entendí algo que nunca me hubiera gustado aprender: hay ausencias que uno no supera. Aprende a convivir con ellas. Se vuelven parte de la vida, de la mesa familiar, de las fechas importantes y también de los días comunes. El dolor cambia de forma, pero nunca desaparece.
Cuando llegó el segundo viaje a Bariloche, en realidad no fui para escribir. Fui para distraerme, para salir un poco de esa realidad que veníamos atravesando. Pero a mí me cuesta mucho vivir sin una rutina. Al segundo día sentí que necesitaba volver a encontrar un propósito. Compré un cuadernillo, una lapicera y cinta para ordenar las hojas, y me hice una promesa: terminar la novela.
Sentía que tenía dos opciones: quedarme para siempre mirando esa ausencia o agradecer profundamente haber tenido la suerte de compartir la vida con esa persona y honrar todo lo que nos había enseñado.
Elegí seguir adelante. Elegí poner lo mejor de mí para regalarle a mi familia un motivo para sonreír, para sentirse orgullosa y, aunque fuera por un instante, poder respirar un poco más livianos. Si el dolor no podía desaparecer, al menos quería que conviviera con algo bueno.
De alguna manera, terminar 1993 fue eso. No fue escapar de la tristeza. Fue demostrarme que del dolor también puede nacer algo.
Después llegó la edición, que fue otro capítulo fundamental. Ahí apareció Agustina Sánchez, mi editora, una persona en la que voy a estar siempre profundamente agradecida.
Pudimos hacer en pocos meses un trabajo que normalmente lleva casi un año. Y además a la distancia, porque ella vive en Bariloche y yo en San Andrés de Giles.
Fue un trabajo de muchísimo intercambio. Agregamos páginas, sacamos otras, reescribimos escenas, ordenamos la historia y revisamos cada detalle. Agustina tuvo una paciencia enorme conmigo. Me enseñó muchísimo, me dio herramientas para crecer como escritora y, sobre todo, nunca dejó de creer en la novela, incluso cuando yo dudaba.
Siempre digo que el logro de 1993 es de las dos. Desde aquellas primeras páginas escritas a mano, Agustina vio una historia que valía la pena contar, mucho antes de que yo pudiera verla completa. Esa confianza fue el impulso que muchas veces yo no tenía. Y gracias a eso, hoy este libro existe.

IC: Elegiste un género difícil y además estudiaste Investigación de la Escena del Crimen. ¿Cómo uniste esas dos áreas? ¿Te inspiraste en algún hecho?
LA: Siempre me gustó entender cómo funciona la mente humana y por qué las personas hacen lo que hacen. Pero incluso antes de estudiar Investigación de la Escena del Crimen, de chica ya me fascinaban los detectives, los libros policiales y las historias de misterio. Siempre me gustó tratar de descubrir qué había pasado antes de que el autor me diera la respuesta.
Estudié Investigación de la Escena del Crimen y me recibí. Pero fue en plena pandemia. El título tardó en llegar y, mientras tanto, surgió la oportunidad de abrir mi local de ropa. Cuando finalmente tuve el título en mis manos, el local ya estaba muy encaminado y elegí seguir por ese camino. Nunca ejercí la profesión.
Sin embargo, esa formación nunca dejó de estar conmigo. Me enseñó a observar los detalles, a reconstruir una historia a partir de pequeñas pistas y a no quedarme con la primera explicación. Sin darme cuenta, esa forma de pensar terminó influyendo en mi manera de escribir.
En 1993 hay misterio y suspenso, pero el eje nunca fue el crimen en sí. Lo que más me interesaba era explorar la psicología de los personajes y cómo funciona la memoria cuando deja de ser completamente confiable.
No me inspiré en un hecho puntual. La historia es completamente ficción. Sí tomé herramientas de mi formación para construir situaciones creíbles y una lógica de investigación que acompañara al lector. Mi objetivo era que, mientras avanzara en la novela, sintiera que cada pista tenía un sentido y que nada estuviera puesto porque sí.
Creo que la carrera me enseñó a investigar, a mirar más allá del “porque sí”, a preguntarme siempre qué hay detrás de cada hecho. La escritura, en cambio, me enseñó a imaginar. Y 1993 nació justamente del encuentro entre esas dos cosas.
IC: ¿ Cómo estas viviendo este momento con el libro ya publicado? Que repercusiones has tenido de los lectores?
LA: Mi primera respuesta es pánico.
No porque no crea en el libro, sino porque yo me siento mucho más cómoda escribiendo que hablando. Nunca fui una persona muy sociable y cada entrevista, cada nota o incluso cuando alguien me para en la calle para hablar del libro me da mucha vergüenza.
Descubrí que me comunico mucho mejor a través de la escritura. Ahí encuentro las palabras, los tiempos y la forma de decir lo que quiero. Hablar en público sigue siendo un desafío para mí.
Creo que algunas personas nacen para hablar y otras nacemos para escribir. Yo, sin dudas, soy de las que escriben.
Por eso también elegí usar un seudónimo. El libro está firmado como Eme Ele Ambrut. De alguna manera, eso también me permitió tomar un poco de distancia y dejar que la novela hablara por sí sola.
Pero, más allá de todo eso, hay algo de lo que sí estoy convencida: 1993: Las Cartas merece ser leída. Más allá de mí como autora, creo que es una historia que vale la pena conocer. Ojalá llegue a muchos lugares y, sobre todo, ojalá que cuando alguien cierre la última página se quede pensando y siga haciéndose preguntas mucho después de terminarla.
Y si hay algo que realmente me emociona es ver a mi familia y a mis amigos orgullosos. Ellos vivieron todo el proceso. Vieron los dos años de trabajo, las dudas, las reescrituras y todo lo que hubo detrás de este libro. Compartir ese orgullo con ellos tiene un valor enorme para mí.

IC: ¿Donde se puede conseguir? donde pueden leerlo los vecinos de San Andrés de Giles?
LA: 1993: Las Cartas está disponible completo para leer en Wattpad, para quienes prefieran descubrir la historia de esa manera.
También se puede conseguir en Amazon y en Mercado Libre.
Y para quienes quieran el libro físico, por el momento está disponible en San Andrés de Giles en Lalis Clothes, Suero 317, y en Forrajería El Trébol, en Avellaneda y Maipú.
Además, en el Instagram de la autora, @emeeleambrut, están todos los enlaces para acceder a las distintas plataformas y conocer más sobre el libro.
Y si no usan Instagram, pueden comunicarse directamente al 2325 56-2717 para pedir su ejemplar. Estamos realizando envíos a todo el país.
Esta semana, por ejemplo, salen ejemplares para Tigre, Luján, San Antonio de Areco y también algunos vuelan a Bariloche con mi editora. Así que, estén donde estén, 1993: Las Cartas puede llegar hasta ustedes.
La presentación en nuestra ciudad se realizará en la biblioteca Alberdi el 28 de agosto a las 19:30







