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Catalina Santia: “Cocinar es una forma de cuidar, de nutrir y de transmitir amor”

Desde José Ignacio, Uruguay, Catalina nos cuenta sobre su carrera en la gastronomía vegetariana, un trabajo que late al ritmo de sus convicciones.

Catalina Santia es vegetariana desde muy chica. Esa decisión que tomó en su adolescencia, le permitió entender la vida de otra manera y la llevó a lugares impensados. Actualmente encontró en la gastronomía vegetariana el equilibrio perfecto entre su pasión por cocinar y sus convicciones. Hoy está cocinando para una banda británica en un estudio de grabación ubicado en José Ignacio, Uruguay. Charlamos con ella sobre su viaje, sus aprendizajes y su camino recorrido.

Infociudad: Para remontarnos al inicio de este camino ¿Cómo comienza tu historia con el vegetarianismo?

Catalina Santía: Mi historia con el vegetarianismo comenzó cuando tenía 16 años. Un día llegó a mis manos un video de un matadero y recuerdo que algo hizo clic. Fue un instante muy profundo, pude ver una realidad que hasta ese momento había permanecido invisible para mí, y sentí con total claridad que no quería seguir participando de eso. De un día para el otro dejé de comer carne. Hoy parece una decisión más fácil de tomar porque existe mucha más información, pero en aquel momento no la había y fue un camino de mucho aprendizaje, de prueba y error, de entender cómo alimentarme y cómo acompañar a mi cuerpo en ese proceso.

No fue solamente un cambio de alimentación; fue una transformación de conciencia, porque también conocí mucho de mi cuerpo y de mi manera de funcionar en cuanto a lo energético, así como un camino de autodescubrimiento. Con el tiempo comprendí que aquello que había comenzado como una decisión por los animales era en realidad una invitación a mirar la vida de otra manera también, y así sigue siendo… Empecé a sentir con más fuerza que todo está interconectado, los animales, la tierra, las plantas, las personas, nuestros pensamientos y nuestras acciones, absolutamente todo.

Durante mucho tiempo me afectó profundamente el sufrimiento animal. Y aún hoy, cuando veo un camión transportando vacas, se me llenan los ojos de lágrimas y mi mente no termina de entender por qué hacemos sufrir tanto a otras vidas. No lo vivo desde el juicio, sino desde una sensibilidad muy profunda hacia la vida misma. Para mí, el vegetarianismo nunca fue una etiqueta ni una dieta y esto es muy importante, fue el inicio de un gran despertar. Una forma de abrir el corazón, de cultivar más conciencia, más gratitud y más respeto por todos los seres. Fue entender que cada elección que hacemos puede ser un acto de amor y de transformación total. Con los años descubrí que cuando uno expande la conciencia, la compasión deja de tener fronteras. Ya no se trata solamente de proteger a los animales; se trata de aprender a habitar el mundo con más bondad, más presencia y más amor. Y quizás eso es lo que significa para mí este camino, poder reconocer que no estamos separados de nada y que somos parte de una misma red de vida. Y que cuidar esa vida, en todas sus formas, es uno de los actos más hermosos que podemos ofrecer. Para mí, el vegetarianismo fue mucho más que dejar de comer carne, fue el momento en que entendí que no estamos separados de la vida, sino que somos parte de ella. Y no me arrepiento nunca jamás del gran camino que tomé y la decisión de ver la vida desde este lado.


IC: Hace muchos años que sostenés una alimentación y una filosofía de vida ligada al vegetarianismo. ¿En qué momento te diste cuenta de que también querías llevar esos valores a tu trabajo?

CS: La verdad es que no hubo un momento exacto en el que dijera: “Ahora voy a llevar estos valores a mi trabajo”. Más bien ocurrió al revés. Llegó un punto en el que ya no podía separar una cosa de la otra y a medida que fui profundizando en este tipo de alimentación, la manera de vivir y ver el mundo y la comprensión de que todo está conectado, empecé a darme cuenta de que cocinar era mucho más que preparar alimentos. Cocinar era una forma de cuidar, de nutrir, de transmitir amor y de generar un impacto positivo en la vida de las personas. Sin embargo, mi camino profesional no fue exclusivamente vegetariano. Durante muchos años trabajé en distintas cocinas donde cocinaba todo tipo de alimentos, incluyendo carnes, y mi filosofía y elección no valían nada ahí adentro. Y esa experiencia también me enseñó algo muy valioso, y es que la conciencia no se transmite desde la imposición, sino desde el ejemplo.

Con el tiempo entendí que no se trata de dividir el mundo entre quienes comen de una manera y quienes comen de otra. Para mí, esta filosofía tiene mucho que ver con integrar, con acompañar procesos y con lograr inspirar sin juzgar. Por eso, incluso cuando me toca cocinar para personas que eligen consumir carne, siempre busco que haya una mesa abundante en vegetales, colores, texturas y alimentos vivos. Me gusta que los platos transmitan vitalidad, alegría y belleza. Porque más allá de las etiquetas, eso es lo que quiero compartir. Para mí, este tipo de alimentación representa la vida. Representa la conexión con la tierra, con las estaciones, con los alimentos en su estado más noble. Representa la gratitud, un estado de creatividad y celebración. Y creo que muchas veces las personas se acercan a una alimentación más consciente no porque alguien les diga qué hacer, sino porque descubren que puede ser muy rica, abundante, colorida y profundamente nutritiva. Y quizás ahí encontré mi propósito, no en convencer a nadie, sino en abrir una puerta y brindar opciones para todos. Mostrar que existen otras formas de alimentarnos y de relacionarnos con la comida y la vida misma. Formas que pueden traer más bienestar, más conciencia y más amor a nuestra vida cotidiana. Hoy siento que mi trabajo consiste en eso, en tender puentes. Entre las personas y los alimentos, entre la tierra y el plato, entre la conciencia y la acción. Porque al final, más allá de cualquier etiqueta, lo que busco transmitir es amor por la vida y que al final todo es uno y no hay dualidad alguna.

Catalina santia: "cocinar es una forma de cuidar, de nutrir y de transmitir amor"
Hace 10 años atrás Catalina junto a uno de sus primeros caterings para una productora en Buenos Aires: todo vegetal.

IC: Muchas personas creen que para dedicarse a la gastronomía hay que adaptarse a las demandas del mercado. Vos hiciste algo opuesto a eso. ¿Cómo es construir una carrera profesional sin resignar tus convicciones? ¿Y qué resultados te trajo esa decisión?

CS: Creo que muchas personas sienten que para crecer profesionalmente tienen que adaptarse a lo que el mercado pide, incluso cuando eso implica dejar de lado una parte de sí mismas. Mi experiencia fue diferente. No porque quisiera ir en contra de nada, sino porque siempre sentí la necesidad de escuchar mi propia voz, y a veces eso implica animarse a cuestionar lo que parece establecido. Creo que la evolución ocurre cuando alguien se atreve a levantar la mano y preguntar si existe otra manera de hacer las cosas, y no porque tenga todas las respuestas, sino porque siente que hay un camino más coherente con lo que lleva dentro.

No voy a decir que fue fácil. Durante muchos años trabajé en cocinas donde mi filosofía personal quedaba en segundo plano. Cocinaba lo que había que cocinar y cumplía con mi trabajo, pero muchas veces sentía una distancia entre lo que hacía y lo que profundamente sentía. Y yo dentro mío sabía que había otra manera de hacer las cosas, pero de todas formas era lo que me tocaba hacer y lo aceptaba. Sin embargo, hoy entiendo que esa etapa también fue una gran maestría, porque me enseñó disciplina, técnica, humildad y respeto por el oficio, y no me arrepiento de nada. Me permitió aprender de muchísimas personas y comprender la gastronomía desde distintos lugares.

Con el tiempo descubrí que la verdadera coherencia no consiste en imponer una idea, sino en encontrar la forma de expresarla a través de lo que uno hace. Y en mi caso, esa expresión apareció a través de la comida. Siento que cada plato es un reflejo de lo que habita en mí. Por eso me gusta cocinar desde la abundancia, desde el color, desde la gratitud y desde la alegría. Porque para mí esta forma de alimentarse no representa restricción; representa vida. La gastronomía puede ser un espacio muy hermoso, pero también un espacio de mucha competencia. Durante años observé eso de cerca y comprendí que no era el camino que quería recorrer. Nunca sentí que mi propósito fuera competir con otros cocineros, sino aprender de ellos, compartir y poner mi energía al servicio de algo que considero valioso. Por eso decidí construir mi carrera desde otro lugar que fue desde la coherencia. Escuchando aquello que mi corazón me decía incluso cuando muchas personas pensaban diferente. Escuchando esa intuición que apareció cuando tenía 16 años y que nunca volvió a abandonarme.

Y lo más hermoso es que, cuando uno empieza a ser verdaderamente fiel a sí mismo, la vida encuentra formas inesperadas de responder. Lo que comenzó como una decisión personal terminó convirtiéndose en un camino profesional. Hoy tengo la posibilidad de cocinar para personas de distintas partes del mundo, para músicos, familias, retiros y espacios donde la alimentación consciente ocupa un lugar muy importante. Y no porque haya perseguido un resultado específico, sino porque fui aprendiendo a ser coherente con aquello que quería transmitir. Creo que ese es el gran aprendizaje que me dejó este recorrido: cuando escuchamos profundamente quiénes somos y actuamos en consecuencia, las oportunidades empiezan a alinearse con esa verdad. Y aunque el camino no siempre sea el más sencillo, termina siendo el más auténtico. Porque al final del día, el verdadero éxito no consiste en llegar más lejos que otros. Consiste en poder mirar lo que hacés y reconocer tu propia esencia en ello.

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Cocinar naturaleza: En José Ignacio, en la chacra en la que trabajó durante el verano

IC: En este último tiempo empezaste a tener experiencias en Uruguay. Contanos un poco sobre eso: ¿cómo fue llegar hasta allá? ¿Cómo fue tu trabajo de cocina privada en José Ignacio?

CS: Uruguay llegó en un momento muy especial de mi vida. Hacía años que tenía el deseo de viajar y de hacer una temporada fuera de mi lugar de origen, pero por distintas razones siempre quedaba postergado. Hasta que un día apareció una oportunidad y decidí animarme. Curiosamente, esa primera propuesta terminó no siendo lo que esperaba. Pero como muchas veces sucede en la vida, cuando una puerta se cierra aparece otra que ni siquiera habíamos imaginado.

Llegué a Uruguay sin conocer a nadie, en plena temporada de verano, en un contexto de mucho movimiento, mucha demanda y muchos desafíos. Compartía habitación con varias personas, estaba lejos de mis afectos y atravesé muchas situaciones sola. No fue un camino fácil. Pero los viajes tienen algo muy especial: te enseñan quién sos cuando desaparece todo lo conocido, te curten sí o sí. Y ahí entendí que uno siempre se tiene a sí mismo. Que más allá de las circunstancias, somos nosotros quienes elegimos desde dónde vivir cada experiencia. Ese primer verano me enseñó muchísimo. Conocí personas maravillosas, aprendí, crecí y construí vínculos que continúan hasta el día de hoy. Y fue justamente a través de esas relaciones que comenzó a tejerse algo mucho más grande.

Después decidí quedarme a vivir en Uruguay porque encontré un lugar que resonaba profundamente conmigo. La cercanía con el mar, la naturaleza, los ritmos más simples y la calidad humana fueron cosas que me hicieron sentir en casa. Como le pasa a muchas personas que emigran, al principio no siempre trabajás exactamente de lo que soñás. A veces hay que empezar por donde se puede. Y yo también atravesé ese proceso. Trabajé en distintas cocinas, aprendí de cada experiencia y seguí compartiendo aquello que para mí era importante: mi forma de entender la alimentación y la vida.

Nunca sentí la necesidad de esconder mi filosofía. Al contrario. Siempre hablé de alimentación consciente, de cocina basada en plantas, de alimentos vivos, de la importancia de volver a conectarnos con la naturaleza a través de lo que comemos. De hecho, muchas veces compañeras de trabajo venían a preguntarme qué podían comer porque querían cuidarse y alimentarse mejor, y eso es hermoso. Cuando uno comparte genuinamente aquello en lo que cree, esa energía empieza a expandirse.

La oportunidad de hacer cocina privada en Uruguay llegó justamente gracias a una persona que conocí trabajando durante ese primer verano. Ella sabía quién era yo, cómo cocinaba y cuáles eran mis valores. Cuando surgió la búsqueda de alguien que pudiera ofrecer una propuesta vegetariana y consciente, pensó en mí. ¡Así que gracias Denisse! Eso fue muy significativo porque me mostró que nada de lo recorrido había sido en vano. La cocina privada en José Ignacio fue una experiencia profundamente enriquecedora. Me permitió llevar mi filosofía a un espacio íntimo, donde la alimentación se transforma en una experiencia cotidiana de cuidado, bienestar y disfrute.

Mirando hacia atrás, siento que todo ese camino fue una confirmación de algo que aprendí y es que cuando uno permanece fiel a aquello que siente verdadero, la vida encuentra maneras inesperadas de abrir puertas. Porque al final no fue solamente un trabajo lo que encontré en Uruguay. Encontré una comunidad, encontré oportunidades, encontré personas maravillosas y encontré la certeza de que vale la pena sostener nuestras convicciones incluso cuando el camino parece incierto. Y quizás la enseñanza más grande fue comprender que aquello que sembramos con amor, paciencia y coherencia, tarde o temprano florece. Doy gracias por eso, por escucharme a mí y doy gracias a cada persona que se cruza en mi camino, porque siempre somos puente en esta vida para seguir evolucionando.


IC: Ahora contanos un poco sobre el estudio de grabación en el que estás trabajando. ¿Cómo surgió esa oportunidad? ¿Y qué significa para vos conectar tu pasión por la cocina y la música?

CS: Esta pregunta toca una parte muy profunda de mi historia porque reúne muchas cosas que amo y que me acompañan desde siempre. La oportunidad de trabajar en este estudio de grabación llegó, una vez más, a través de los vínculos. Fue gracias a Sofi, una pastelera maravillosa que conocí acá en Uruguay, donde compartimos trabajo, conversaciones, experiencias y una forma muy humana de entender lo que hacemos. Cuando surgió esta propuesta de cocinar para una banda británica, ella estaba por viajar y no podía tomar el trabajo. Entonces pensó en mí y me recomendó, y eso es algo que me emociona muchísimo, porque siento que las personas somos puentes en la vida de otras personas. Somos hilos que se van entrelazando y que muchas veces nos acercan a experiencias que jamás hubiéramos imaginado vivir solos.

También hubo algo muy especial en esta oportunidad: la búsqueda estaba orientada hacia una cocina vegetariana y consciente, porque el cantante de la banda es activista y vegetariano. Y ahí volvió a aparecer algo que atraviesa toda mi historia: aquella decisión que tomé a los 16 años sigue abriendo puertas muchos años después. ¿Copado, verdad? Esto me recuerda constantemente que nada de lo que hacemos desde el corazón se pierde. Todo encuentra su lugar.

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Pero si hay algo que vuelve esta experiencia aún más significativa para mí, es la música. La música forma parte de mi vida desde antes de que yo tenga memoria. Mi papá es músico, mi mamá es artista, gran parte de mi familia está vinculada al arte. Crecí en una casa llena de instrumentos, de discos, de ensayos, de encuentros, de canciones y de músicos entrando y saliendo todo el tiempo. La música siempre está presente en mi familia. Y de alguna manera, desde muy chica sentía fascinación por este mundo. Recuerdo acompañar a mi papá a distintos lugares a tocar, observar a los músicos, ver cómo se creaban esos espacios de encuentro y pensar que algún día me gustaría formar parte de algo así.

Por eso hoy, estar cocinando dentro de un estudio de grabación donde se está gestando el disco de una banda, tiene para mí un significado enorme. Porque siento que, de alguna manera, todos los caminos de mi vida se encuentran en este lugar: la cocina, la música, el arte, la sensibilidad, los vínculos humanos y también el vegetarianismo. Mientras preparo una comida escucho guitarras afinándose, músicos compartiendo ideas, risas, conversaciones, canciones que están naciendo. Y me doy cuenta de que la cocina y la música tienen mucho más en común de lo que parece. Las dos son formas de crear y de expresarse. Las dos tienen la capacidad de emocionar, de reunir personas y de generar experiencias que permanecen en la memoria.

Y algo que me conmueve especialmente es poder presenciar ese lado tan humano de la música. No el escenario ni el espectáculo, sino el detrás de escena. El momento en que las canciones todavía están naciendo. El momento en que las personas simplemente comparten, crean y sueñan juntas. Siento una gratitud inmensa por estar acá. Porque cuando miro todo el recorrido, veo cómo cada decisión, cada persona y cada experiencia fueron construyendo este presente, y entonces entiendo que la vida tiene una forma muy hermosa de unir los hilos. Aquella niña que creció rodeada de música, aquella adolescente que eligió el vegetarianismo y aquella mujer que hoy decide dedicar su vida a la cocina se encuentran en un mismo lugar. Y poder vivir eso es, sin dudas, uno de los regalos más hermosos que me ha dado la vida y estoy muy agradecida de esto.

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Faro House, un lugar ideal para la inspiración: mar, bosque y múcha música en un solo lugar.

IC: Para cerrar con una reflexión: mirando hacia atrás, desde tus primeros pasos hasta este presente profesional, ¿qué mensaje le darías a quienes sienten que deben elegir y dividirse entre sus ideales y su desarrollo laboral?

CS: Diría que no se abandonen ni se traicionen a sí mismos, y que siempre hay una voz y una guía interna que nos orienta en el camino. No siempre tenemos que elegir entre nuestros ideales y nuestro desarrollo profesional, debería ser lo opuesto a eso, pero el mundo nos enseña a exigirnos y a ser eficaces continuamente sin siquiera parar a escucharnos. Y a veces lo que sucede es que necesitamos tiempo para aprender a unir esas dos partes. Muchas personas sienten que para crecer tienen que dejar algo de sí mismas en el camino y eso a veces es triste. Que primero hay que adaptarse, encajar, cumplir ciertas expectativas y que después, quizás algún día, podrán dedicarse a aquello en lo que realmente creen.

Mi experiencia me enseñó algo diferente (aunque no digo que fue fácil ni lo sea). Me enseña que la coherencia tiene un valor inmenso y no significa que todo vaya a ser fácil. No significa que el camino sea lineal. Tampoco significa que siempre podamos trabajar exactamente de lo que soñamos desde el primer día. Yo misma atravesé trabajos, experiencias y etapas que fueron desafiantes. Pero incluso en esos momentos intenté no perder de vista quién era y qué quería transmitir. Y con el tiempo descubrí que aquello que parecía una diferencia o una rareza terminó convirtiéndose en mi mayor fortaleza.

Por eso, si pudiera decirle algo a alguien que siente que debe dividirse entre sus valores y su profesión, le diría que se escuche profundamente. Que aprenda a confiar en esa voz interna que sabe cuándo algo está alineado y cuándo no, es parte de la vida. El mundo muchas veces va a opinar. Va a decirte cuál es el camino correcto, qué deberías hacer o cómo deberías vivir. Pero hay una sabiduría muy profunda que sólo cada persona puede escuchar dentro de sí misma, y cuando actuamos desde esa verdad, algo empieza a ordenarse. Tal vez no de inmediato. Tal vez no de la forma que imaginábamos. Pero la vida encuentra maneras sorprendentes de acercarnos a los lugares, las personas y las oportunidades que están en sintonía con quienes somos.

Hoy puedo decir que muchas de las experiencias más hermosas que me tocó vivir nacieron justamente de haber permanecido fiel a aquello que sentía en mi corazón y eso no lo cambio por nada, porque aprendí a honrarme como soy. Por eso no creo que tengamos que elegir entre ser quienes somos y desarrollarnos profesionalmente. Creo que el verdadero desafío es construir una vida en la que ambas cosas puedan caminar juntas. Y cuando eso sucede, el trabajo deja de ser solamente un trabajo y se convierte en una expresión auténtica de nuestra forma de estar en el mundo.

Y termino con estas palabras: quiero que entiendas que todo en tu mundo es perfecto como es, y que todo lo que tenga que ser para vos será, y lo que no es por algo también será. Que entiendas que cuando se cierran puertas en tu vida y solemos amargarnos, la vida está preparando otra cosa para vos aún mejor, otras puertas que nos llevan a lugares increíbles. Así que tenete fe y camina tu propio camino sintiendo tu corazón y la coherencia con vos mismo. Me da alegría saber que cada vez somos más los que estamos en un camino del despertar de conciencia, cada día hay más vegetarianos y personas que buscan ver la vida de otra forma (no digo con esto que tengas que ser vegetariano) simplemente que estamos en una era de un gran despertar y eso es maravilloso. El mundo es más bello cuando damos espacio a escucharnos y escuchar a los demás desde la compasión, y sólo el amor puede salvarnos siempre. Gracias por esta nota y por leerme si es que llegaste hasta acá. Te deseo mucha luz y amor siempre.

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