Un día como hoy, pero de 2015, la Argentina despertaba con una furia que ya no podía callar. El femicidio de Chiara Pérez, una adolescente de 14 años, embarazada, asesinada por su novio y enterrada en el patio de la casa familiar, con la complicidad de quienes debían protegerla, encendió la mecha. De aquel grito colectivo nació “Ni Una Menos”.
Once años después, este 3 de junio de 2026, volvemos a marchar. Y duele comprobar que lo hacemos con los mismos nudos en la garganta.
Hace apenas unos días, la desaparición de Agostina, otra niña de 14 años, mantuvo al país entero en vilo durante una semana. El final, como temíamos, fue el más atroz: la encontraron descuartizada en un descampado. Y otra vez, las preguntas que nos persiguen desde aquel 2015: ¿Si la justicia llegaba antes, aún estaría con vida? Preguntas que duelen. Preguntas que se repiten en cada caso, como un eco macabro. ¿Qué falta para poder salvarlas?
Mientras la Argentina entera lloraba a Agostina, en Temperley, provincia de Buenos Aires, otra tragedia se desarrollaba puertas adentro. Noelia Carolina Romero, de 30 años, estaba secuestrada por su novio, Tomás Adrián Núñez. Tuvo el valor de llamar al 911. “Mi novio me tiene secuestrada”, dijo, desesperada. Pero la policía esperó una orden judicial para ingresar. Cuando lo hizo, Núñez ya la había matado a puñaladas en su propia casa.
Llegaron tarde. Otra vez.
Las cifras son una sentencia: en Argentina, un hombre asesina a una mujer cada 31 horas. Prácticamente todos los días. Y en la mayoría de los casos, el femicida es la pareja o ex pareja. Detrás de cada número hay una familia destrozada, hijos que se quedan sin madre, padres que se quedan sin hijas, amigas que ya no volverán a ver.
Después de 11 años, nos duele pensar que siguen llegando tarde. Entonces, ¿qué falta?
En lo que va del 2026 hubo más de 80 víctimas. No son casos aislados.
Ya no es un tema que solo deban militar las mujeres, marchar las mujeres, repensar las mujeres. Nos tiene que doler a todos, como sociedad. Porque los violentos y femicidas no son monstruos que aparecen de la nada; caminan a nuestro lado. No es “un problema de mujeres”. Es de todos.
Preguntémonos, entonces: ¿por qué de esta sociedad, de la nuestra, salen hombres capaces de matar a quien decían amar? ¿Hombres capaces de asesinar, descuartizar y descartar niñas de 14 años como si fueran basura? ¿Y por qué hay otros hombres, ocupando roles claves en la justicia, que todavía llegan tarde para cuidarlas?
Miles de mujeres fuimos atravesadas por las consignas feministas desde hace once años. Nos vemos de una manera distinta: aliadas, compañeras, hermanas. Pero todavía falta una parte. Porque luchamos por un cambio, pero si del otro lado nada se quiere transformar, las cosas siguen igual. Mientras sigan creciendo hombres violentos en nuestra sociedad, en nuestras familias, en nuestros grupos de amigos.
Porque los hombres violentos no salen de abajo de las baldosas ni aparecen por sí solos. Estaban ahí desde antes, desde que eran niños.
Quizás ahí deberían estar las respuestas. Quizás ahí deberíamos apuntar: en criar entre todos hombres que no les de vergüenza sentir, expresarse. Hombres que aprendan a amar sin dominación, sin celos, sin creerse dueños de la vida de sus parejas. Hombres que no se cuiden entre ellos con pactos de silencio y complicidad. Hombres a los que les duela la injusticia, que se conmuevan como nosotras cada vez que matan a una mujer o a una niña. Hombres que no miren para otro lado.
En San Andrés de Giles, como en cada rincón del país, nos faltan vecinas. Hay niños que crecen sin sus madres. Hay mujeres que extrañan a sus amigas, que murieron en manos de quienes decían amarlas.
Por ellas, por todas las argentinas que hoy no están, es que seguimos soñando con una sociedad más justa. Pero solas no podemos. Necesitamos que toda la sociedad nos acompañe en el pedido de justicia. Por todas. Para que no haya Ni Una Menos.






