¿Qué les pasa a los adolescentes de hoy? Esa es la pregunta que muchos padres, docentes y adultos se hacen al ver el creciente malestar emocional en las nuevas generaciones. Para intentar responderla y comprender el contexto en el que crecen los jóvenes, conversamos con Federico Riccomini, psicólogo con vasta experiencia trabajando con adolescentes. A lo largo de la charla, el profesional desarma mitos, advierte sobre los riesgos del ciberacoso y la comparación constante, y reflexiona sobre cómo podemos acompañar mejor a quienes están atravesando una de las etapas más complejas y transformadoras de la vida.
Infociudad: En los últimos años pareciera que los problemas de salud mental en adolescentes crecen cada vez más. Desde tu experiencia profesional, ¿qué está pasando con los jóvenes de hoy? ¿Qué factores creés que más influyen en su bienestar emocional?
Federico Riccomini: En principio habría que evitar decir que los adolescentes de hoy están peor, o “más difíciles” como si fuera una afirmación absoluta. Antes que eso hay que pensar el contexto en el que viven los adolescentes de hoy – y todos nosotros- para poder entender, o al menos, saber como acompañar. Decir que están peor lo hace ver como si se tratara de una decisión personal. En la clínica vemos un aumento en las consultas y una mayor visibilización del sufrimiento emocional. Hoy se habla mas de ansiedad, de depresión, de autolesiones o ataques de pánico, o de angustias y malestares, y esto responde a un cambio cultural: hay mas herramientas para ponerle nombre al malestar y hay menos tolerancia al sufrimiento, a que quede invisibilizado. Hoy se habla más, eso sí puede afirmarse.
La adolescencia siempre fue una etapa compleja, es intrínsicamente complicada, y eso no cambió con el tiempo. Es un momento de profundas transformaciones: cambia el cuerpo, se redefine la identidad, aparecen nuevas preguntas sobre quien soy, que lugar ocupo y que quiero para mi vida. Es en si una etapa de crisis, un proceso de crecimiento y reorganización, esto no significa que sea una enfermedad.
Lo que sí cambió es el contexto social en el que se enmarca este proceso. Muchas personas crecen en familias atravesadas por dificultades económicas, cambios permanentes y una sensación de mayor desolación respecto al futuro. Cuando el contexto ofrece pocas certezas, construir un proyecto personal, “enamorarse” mas o menos de ese proyecto que nos sostiene, se vuelve más complejo.
A esto se le suma el fenómeno de las tecnologías digitales. Actualmente ocupan un lugar muy grande en nuestras vidas, y dentro de estas tecnologías cobran relevancia las redes sociales. La tecnología no es un problema en sí misma, pero modificaron la forma en que los jóvenes construyen su identidad y se relacionan. Hoy están mucho mas expuestos a la comparación constante, a la necesidad de mostrarse, de recibir aprobación inmediata y a la sensación de que siempre hay que estar bien o ser exitoso. Esto puede generar una enorme presión, sobre todo en una etapa como la adolescencia en la que la identidad esta en construcción, en la que la autoestima muchas veces se vale de la mirada externa.
A su vez, vivimos en una época en donde muchas referencias e instituciones tradicionales perdieron estabilidad. La familia, la escuela, el trabajo o incluso las figuras de autoridad ya no ocupan el mismo lugar que antes. Esto implica que muchos adolescentes tengan que construir sus propios puntos de referencia con menos apoyos simbólicos que antes; por otro lado, también permite una mayor libertad, el problema es que cuando carece de bordes, o de límites, termina siendo una energía que se disipa, que no conduce hacia algunas certezas necesarias en esta época.
Con esto quiero decir que el padecimiento mental en el adolescente no es únicamente un problema individual. El bienestar emocional depende de los vínculos que los jóvenes puedan construir con sus familias, con sus pares, con la escuela y con otros adultos significativos. También depende de las oportunidades que tengan para estudiar y participar, oportunidades de ser escuchados, de ser incluidos y de proyectar un futuro posible. La salud mental depende en gran parte de la calidad de los lazos sociales que construimos, y esto nos involucra a todos.
Por esto me parece importante no patologizar la adolescencia. Sentir angustia, tener dudas o atravesar momentos de tristeza forma parte del crecimiento, digamos del “camino normal” de la adolescencia. El desafío está en identificar cuando ese sufrimiento deja de ser algo esperable y comienza a intervenir de manera significativa en la vida cotidiana. Los ojos y oídos de la familia, de la escuela y de los profesionales pueden marcar una diferencia si ponen atención a estos cambios y, si se acercan a ver y a escuchar.
En definitiva, hablar de la adolescencia hoy es entender que estamos frente a una generación que enfrenta desafíos diferentes en cuanto al contexto, y similares en cuanto a los cambios que esta etapa predispone. Comprender el contexto, sin minimizar el sufrimiento, sin reducirlo a un diagnóstico, es probablemente el primer paso para acompañarlos mejor.
IC: Las redes sociales ocupan un lugar central en la vida de los adolescentes. ¿Cómo impactan en la construcción de la autoestima, la identidad y la forma en que se relacionan con los demás? ¿Qué riesgos observas con mayor frecuencia?
FR: Las redes sociales forman parte del mundo en el que los adolescentes crecen, y también del mundo que habitamos los adultos. Son un espacio más. Un espacio donde nos vinculamos, aprendemos, nos expresamos, nos informamos y también un lugar donde se construye pertenencia, como lo puede ser un club o la escuela. En si las redes no son ni buenas ni malas, dependerá de su uso y del lugar que ocupen en nuestras vidas; asi como la experiencia de habitar un club no es buena ni mala de antemano.
La adolescencia es una etapa en la que la identidad se encuentra en reconstrucción. Uno necesita probar distintas versiones de sí mismo, sentirse reconocido por otros y encontrar un grupo de pertenencia. Las redes potencian y permiten que en sus interacciones se genere parte de ese proceso, porque amplían la posibilidad de mostrarse y de recibir respuestas, casi instantáneamente. El problema aparece cuando el valor personal empieza a depender demasiado de la validación externa: de los “me gusta”, de los seguidores o de la aprobación de personas que quizás no forman pare de los vínculos mas cercanos. La aprobación o desaprobación queda en manos anónimas.
Tampoco sirve pretender no darle importancia a la validación externa, todos necesitamos ser mirados y reconocidos por otros para construir nuestra identidad. Eso no es nuevo. Lo novedoso es que hoy esa mirada está disponible las 24 horas y puede venir de muchos lados. Esa exposición permanente puede hacer que muchos adolescentes – y adultos – sientan que siempre están siendo evaluados. A su vez, existe una comparación constante. En las redes se suele mostrar versiones editadas de la vida, acortadas: logros, momentos felices y cuerpos ideales. Aunque sepamos que eso no representa la realidad completa, emocionalmente la comparación tiene efectos.
En cuanto a los vínculos, las redes facilitaron las formas de relacionarse y sostener vínculos, pero también permitieron que algunos conflictos adquieran una dimensión mayor y un nuevo espacio. Una discusión ya no queda limitada al grupo interviniente, puede hacerse pública, viralizarse y por ende mantenerse activa mucho mas tiempo. El ciberacoso, la exclusión digital o la difusión de imágenes sin consentimiento son situaciones que generan un enorme sufrimiento y que muchas veces continúan fuera de los espacios físicos donde son producidos. Esta nueva dimensión muchas veces no encuentra refugio, puede comenzar en un colegio y acompañar al adolescente hasta su casa, puede no encontrar un corte.
Podemos decir que las redes sociales amplifican cuestiones que ya existen: inseguridades, conflictos familiares, dificultades para vincularse y necesidades de reconocimiento. El impacto depende de la historia de cada uno, de la calidad de los vínculos y del acompañamiento que reciban de los adultos. Por eso no todos los adolescentes se ven afectados de la misma manera.
El desafío es ayudar a los adolescentes a desarrollar una mirada critica sobre lo que consumen y comparten, sobre los efectos que pueden tener ciertas formas de vincularse. Que puedan entender que una pantalla nunca muestra la vida completa de una persona, que el valor no viene del algoritmo ni de las cantidades. Cuando un adolescente cuenta con adultos que escuchan, que ponen límites sanos y que están disponibles para conversar sin juzgar, las redes dejan de ser el único lugar donde encontrar reconocimiento y pertenencia.
IC: El bullying ya no termina cuando termina el horario escolar: hoy existe también el acoso virtual, que puede estar presente las 24 horas. ¿Qué consecuencias psicológicas puede tener el ciberacoso y qué deberían hacer los adultos cuando detectan estas situaciones?
FR: Antes, al menos, existía la posibilidad de que el adolescente encuentre espacios de respiro, el ciberacoso anulo esa posibilidad. El hostigamiento entra con la persona a su casa, lo sigue hasta el colegio, a través del celular puede continuar las 24hs. La sensación de no tener un lugar donde refugiarse tiene consecuencias psicológicas, es uno de los aspectos que mas sufrimiento genera. Sumado a que las redes pueden potenciar el impacto, un comentario humillante, una foto un video pueden difundirse muy rápido. Para un adolescente que esta reconstruyendo su identidad y cuya pertenencia a los grupos tiene un enorme valor, esa exposición y ese sufrimiento puede sentirse devastadora.
El ciberacoso puede ser el desencadenante de diferentes síntomas: ansiedad, depresión, aislamiento, dificultades para dormir, perdida de autoestima, autolesiones, etcétera. Aunque no siempre sea la única causa, puede agravar el sufrimiento que ya existía. Por eso es importante evaluar cada situación en su contexto.
Durante la adolescencia, la mirada y la opinión de los pares adquiere una relevancia particular. Cuando esa mirada se vuelve sistemáticamente humillante, el daño supera al momento de la agresión: puede seguir afectando en la forma en que el joven se percibe a si mismo, o en el lugar que siente que ocupa entre los demás.
Los adultos, las instituciones y los profesionales que convivimos con adolescentes podemos hacer algo para evitar, aminorar y frenar este tipo de situaciones. Pero también podemos empeorarlo, si se minimiza lo que esta pasando aumenta la sensación de soledad: “no le des importancia”, “apaga el celular y listo”, “solo pasa en las redes”. Lo primero que necesita un adolescente es sentir que hay un adulto dispuesto a escuchar, a tomar en serio lo que ocurre y a acompañarlo sin juzgarlo.
Después viene la intervención. La familia, la escuela y las instituciones que tengan una responsabilidad, el entorno que rodee a los adolescentes – nunca es uno solo, ni quien recibe el acoso ni quien lo ejerce- deben trabajar juntos. Es importante registrar lo sucedido, activar los protocolos institucionales y proteger al adolescente sin exponerlo aún más. No alcanza con sancionar a quien agrede, es necesario comprender qué dinámica grupal permitió que esa violencia se sostuviera y trabajar sobre eso. El bullying y el ciberacoso suelen involucrar espectadores, silencios y maneras de manejarse en el ámbito grupal que también necesitan ser abordadas.
Nuevamente una herramienta fundamental para la prevención, dentro y fuera de las pantallas, es construir(se) adultos presentes, capaces de escuchar y de transmitir al adolescente que no tienen que enfrentar ese sufrimiento en soledad. Hablar y escuchar salvan, estar disponibles, quedarse un rato más, preguntar igual, sostener, es lo que puede hacer la diferencia. Y si se requiere, es importante buscar ayuda profesional, pero un consultorio no debería reemplazar el estar disponible de esos otros adultos más cercanos.
IC: Muchos adolescentes sienten una enorme presión por responder a ciertos modelos de éxito, belleza o felicidad que ven en internet. ¿Cómo influye esa comparación constante en la aparición de cuadros de ansiedad, depresión?
FR: Compararse con otros tampoco es algo nuevo, ni una característica de los adolescentes. Todos construimos parte de nuestra identidad mirando a otros. El problema no es la comparación en sí, sino lo constante que puede ser esa comparación y que ocurra en un escenario donde casi todo lo que vemos esta seleccionado, acotado y editado con pretensión de perfección. La dificultad es compararse con una imagen idealizada.
Es una comparación desigual, las redes sociales nos muestran y nos hacen creer lo que serían cuerpos perfectos, vidas exitosas, relaciones felices sin conflictos y logros permanentes. El algoritmo premia lo que llama la atención, lo que se va de lo cotidiano. Un adolescente compara su vida real, sus dudas, sus inseguridades y sus frustraciones con una versión cuidadosamente construida de la vida de los demás.
Necesitamos ser reconocidos para saber quienes somos, nuestra identidad se construye en relación con la mirada del otro. Pero cuando esa mirada queda únicamente ligada a la aprobación externa – a los “me gusta”, a los comentarios o a la cantidad de seguidores – la autoestima puede volverse muy frágil. El riesgo es que el propio valor dependa cada vez más de una validación que nunca termina de ser suficiente.
Hoy en día la cultura en la que vivimos nos transmite la idea de que siempre deberíamos ser felices, productivos, atractivos y exitoso, en sus formas y sus maneras. Pareciera que no hay lugar para equivocarse, aburrirse, o sentirse mal. Cuando un adolescente atraviesa emociones que son completamente normales, como la tristeza, la frustración o la incertidumbre, puede llegar a sentir que hay algo mal, que su experiencia no coincide con el ideal que ve en las pantallas. Puede llegar a patologizarse algo que es normal. Asi como hoy tenemos mayores espacios para hablar de padecimiento mental, también tenemos a disposición un montón de palabras de orden clínico para nombrar experiencias cotidianas, o esperables frente a la desigualdad de la comparación.
La lógica de comparación permanente puede aumentar la sensación de insuficiencia y convertirse en un factor que favorezca o intensifique cuadros de ansiedad y depresión en adolescentes que ya se encuentran en una situación de vulnerabilidad. Las redes sociales no provocan estos cuadros por sí solas.
Como dijimos, ser reconocidos por la mirada del otro es una necesidad para saber quienes somos: que otro nos vea, nos nombre y nos otorgue un lugar simbólico es una necesidad para constituirnos como sujetos. Por esto, una de las tareas mas importantes de los adultos es ayudar a desarrollar una mirada crítica sobre esos modelos, quitarle poder a la comparación. Que el valor propio se construya sobre experiencias reales, vínculos significativos, y no únicamente sobre la aprobación que llega desde una pantalla. Ser reconocidos precisa de al menos dos personas, los adultos y las instituciones que habitamos nos permiten construir lazos con los adolescentes, ver al otro, preguntarle, tenerlo en cuenta, dedicarle tiempo aun cuando parece que no lo hay. Construir y sostener el lazo hace la diferencia.
IC: Como sociedad, muchas veces nos cuesta reconocer que un adolescente está atravesando un sufrimiento profundo. ¿Cuáles son las señales de alerta que no deberíamos minimizar y de qué manera conviene acercarse a un joven que parece estar pasándola mal?
FR: Hay señales de alerta que podemos observar frente a alguien que la esta pasando mal. Lo primero que tenemos que pensar es que frente a una situación de padecimiento no hay que esperar que aparezca una crisis para intervenir. Probablemente el adolescente no vaya a decir claramente “necesito ayuda”, el malestar suele expresarse de maneras múltiples.
Los cambios importantes respecto de las rutinas, de las formas, o de la personalidad son un principal indicio. Por ejemplo, un aislamiento marcado, la perdida de interés por actividades que disfrutaba, cambios bruscos en el estado de ánimo, dificultades para dormir, alteraciones en el apetito, el abandono de algunos vínculos, o un descenso importante en el rendimiento escolar. Ninguna de estas señales por si sola confirma un problema de salud mental, pero sí nos indica que esa persona necesita ser escuchada.
El sufrimiento siempre encuentra alguna forma de expresarse, no siempre lo hace con palabras, pero aparece en el cuerpo, en el comportamiento o en los vínculos. Esto nos permite cambiar el eje de una pregunta que solemos hacernos los adultos frente a los cambios, en vez de solo pensar “¿Qué le pasa?”, también es útil preguntarnos “¿Qué nos está queriendo decir con lo que esta haciendo?”. En este punto es importante hablar sobre una idea instalada en el imaginario social que minimiza y cierra las puertas al dialogo: creer que los adolescentes “solo hacen cosas para llamar la atención. Incluso si eso fuera cierto, la pregunta debería ser por qué alguien necesita recurrir a ciertos comportamientos para sentirse visto. Toda búsqueda de atención habla, en algún punto, de una necesidad de reconocimiento o pedido de ayuda. Descalificarla solo aumenta la sensación de soledad y el sufrimiento.
La manera de acercarse primero requiere de estar disponibles, escuchar sin apurarnos a dar soluciones. Muchas veces, con la mejor intención, los adultos solemos querer dar soluciones a la angustia del otro, porque también nos pesa a nosotros; frases como “ya se te va a pasar”, “no es para tanto”, aunque busquen tranquilizar suelen generar el efecto contrario. Si la persona siente que su experiencia no es comprendida puede dejar de intentar hablar.
Acompañar implica crear un espacio donde se pueda expresar lo que se siente sin miedo a ser juzgado. No hace falta tener todas las respuestas. Muchas veces alcanza con transmitir un mensaje mas simple: veo lo que te está pasando, me importa lo que te esta pasando y no tenes que atravesarlo solo. Esta disponibilidad ya tiene un enorme valor.
Cuando el sufrimiento es intenso, cuando excede la capacidad que la persona tiene para tramitar lo que le esta pasando, cuando persiste en el tiempo, cuando afecta la vida cotidiana, pedir ayuda profesional no debe ser vivido como un fracaso, ni como una etiqueta para la familia o para el adolescente. Al contrario, es una forma de cuidado. Cuanto antes se interviene, mayores son las posibilidades de acompañar ese proceso.
En definitiva, la mejor prevención sigue siendo la calidad de los vínculos. Los adolescentes no necesitan adultos perfectos, necesitan adultos presentes, capaces de escuchar, de poner limites cuando hace falta y, sobre todo, de transmitir la idea y el gesto de que incluso en los momentos más difíciles siempre habrá alguien dispuesto a acompañar.
IC: Pensando en las familias, docentes y en toda la comunidad de San Andrés de Giles, ¿qué mensaje te gustaría dejar? ¿Qué podemos hacer entre todos para construir espacios donde los adolescentes se sientan escuchados, contenidos y sepan que pedir ayuda siempre es una opción?
FR: En principio me gustaría que podamos pensar que la salud mental no es un tema exclusivo de los psicólogos. Los espacios de cuidado empiezan mucho antes de que un adolescente llegue a un consultorio. Empiezan con alguna conversación en casa, con un docente que registra un cambio de actitud, con un adulto que hace una pregunta con interés genuino, que pregunta en serio cómo esta ese joven, y con adultos dispuestos a escuchar las respuestas. Incluso son más potentes estos espacios de cuidado en los círculos cercanos que rodean a esa persona, que lo que pueda llegar a ocurrir en un consultorio.
En este sentido, lo importante es generar las condiciones para escuchar a los adolescentes. Como dijimos, escuchar no es solamente oír, implica estar disponibles, suspender el juicio y tratar de comprender lo que ese joven este viviendo, aunque su manera de expresarse sea muy distinta a la nuestra.
Las escuelas, los clubes, los espacios sociales y culturales ocupan un lugar fundamental. Son los principales espacios de sociabilización de los adolescentes. Cuando una institución promueve el respeto, la participación, el dialogo y la construcción de vínculos saludables, también está haciendo prevención en salud mental. Cada lugar en el que el adolescente pueda ser reconocido por quien es, y no solo por su rendimiento, fortalece su bienestar emocional.
Si bien el contexto es fundamental para entender, acompañar y prevenir el malestar en los adolescentes, también es necesario entender que pedir ayuda no es un signo de debilidad. Actualmente vivimos un culto a la individualidad, una idea de que hay que poder con todo solo, una autosuficiencia condenada a fracasar. Cuando en realidad la posibilidad de reconocer que uno necesita apoyo en algo es un acto de fortaleza y de cuidado. Cuanto más logremos naturalizar esta idea de fortaleza, más fácil será para los jóvenes consultar antes de que el sufrimiento se vuelva una crisis.
Creo que la mejor prevención no pasa únicamente por detectar problemas, sino por construir comunidades e instituciones donde los adolescentes sepan que tienen un lugar, que su palabra vale y que, incluso cuando se atraviesan momentos difíciles, habrá un adulto dispuesto a escuchar, sin juzgar. Sentirse escuchado no resuelve todos los problemas, pero es el primer paso para que alguien pueda empezar a salir de ellos.






