Después de dos golpes, Graciela León abre la puerta de su casa e invita a pasar. Lleva pantalones marrones y una polera celeste como su chaleco, sobre el que destaca una escarapela metálica en honor al 17 de agosto.
La primera sala de la casa es una declaración de principios. Los libros se acumulan en la mesa ratona del centro, en la biblioteca que está en la pared del fondo, en las sillas y sillones ubicados en los rincones. Forman parte de una arquitectura que actúa como un espejo de su identidad.
Dicen los entendidos que la adquisición de la noción del tiempo es tardía – explica, mientras se sienta junto a una mesa de fórmica y pone las manos sobre sus piernas – En mi caso fue así, yo no podía manejar la cuestión del tiempo, y un día, pasados los 20 años, me pregunté ¿Qué pasó acá en Giles antes? No sé nada de la historia de mi pueblo.
Al recordar su adultez temprana, se inclina hacia adelante con preocupación, como si volviera a ser aquella joven atormentada por el desconocimiento. “Ahí comenzó el interés, y empecé a investigar y buscar. No paré más, sobre todo porque encuentro en la historia algo muy interesante y muy vivo: la historia no es algo muerto, es algo que siempre da sorpresas. Deja muchas enseñanzas“, añade.
Empezar desde cero
Los primeros trabajos de investigación historiográfica fueron desarrollados por Secundino García, quien en 1986 presentó el libro “Historia de San Andrés de Giles: desde sus orígenes hasta 1930“. El material previo consistía en algunos escritos de Vicente Cutillas, datos estadísticos municipales e información reservada en el Archivo Histórico Nacional solo accesible a historiadores y profesores.
Empecé a investigar con lo que encontré en Giles y leyendo libros de la historia grande de la patria, para ir descubriendo contactos entre la historia local y la historia nacional – precisa la profesora- Yo no podía tener acceso a los archivos, por eso me manejé con lo que había aquí. Fue muy importante la memoria de la gente, yo he entrevistado a muchas personas mayores que me han contado diversos episodios.
La carta
Son los años ’90. En la casa de los Bullrich – familiares de la actual candidata a presidenta – una carta ingresa por el buzón de la puerta. Dice que cerca de un pueblo llamado Azcuénaga hay una estancia que le perteneció a la unitaria Clara Saenz Valiente, esposa del rosista Lorenzo Torres; agrega que los Bullrich comparten árbol genealógico con la mujer y pide algún dato para poder obtener más información. La misiva está firmada por Graciela León.
El destinatario sabía que Apellaniz, un pariente suyo más cercano a la historia de la familia, podía ayudarla. Lo que ´desconocía era que ese hombre tenía los datos que la historiadora había rastreado durante años.
Me dio toda la genealogía de Clara y Lorenzo, los hijos que tuvieron, sus nombres, las fechas en las que nacieron – relata, y abre un poco más los ojos, sin poder evitar que la emoción del descubrimiento volviera a embargarla como el primer día – Es el hecho más importante que descubrí. Me puso muy contenta llegar a la familia cuyos antepasados fueron dueños de la estancia Santa Helena. Se decía que había pertenecido a Lorenzo Torres, pero las fechas no me cuadraban. Con la carta de Apellaniz descubrí que estaba a nombre del hijo de Torres, que se llamaba igual que él.
Al reflexionar sobre aquella anécdota, expresa: “muchas veces uno está buscando con muchas ansias algo y no aparece, hasta que de pronto aparece. Ahí es cuando digo: ‘yo estaba buscando este dato, o este dato me buscó a mí. Sucede porque uno se empeña y trabaja con mucho amor“.
La llegada a la literatura
“Fue un pecado de juventud“, comenta León con modestia a la hora de hablar del libro de poesía con el que debutó en el mundo de la literatura. Tenía 29 años y su pasión por el pasado seguía intacta: “A través de los poemas, relataba la historia y la actualidad de Giles. Quería transmitir el amor, el asombro, que me causaba la historia de mi pueblo“.
Después vendrían “Tiempo de crecer”, “Para ustedes con cariño” y “Los cuentos de Graciela“, tres compilados de pequeños relatos que mezclarían ficción con realidad.
La primera publicación histórica sería “Desde mi pueblo hasta Malvinas“. Con respecto a este trabajo, señala: “Los combatientes vinieron a casa y yo grabé el testimonio. Yo pertenecía a ese grupo de personas que no quería saber nada con la guerra. No es que la condenáramos, simplemente era un capítulo doloroso que no queríamos ahondar. Pero con los combatientes aprendí qué es una guerra, lo que es la valentía y el sacrificio de ellos; y cómo volvieron distintos, amando más que antes a la Patria. Porque ellos tuvieron la experiencia directa de lo que es pelear por algo que nos pertenece. A lo mejor no es la pelea lo que hay que hacer, pero ellos lo hicieron y cumplieron“.
Continuaría su recorrido histórico con “Delia Etcheverry, gilense, educadora y socialista“, antes de publicar su último material, “Poblar entre cardales“.
El lugar de la trascendencia
La página de Wikipedia dedicada a San Andrés de Giles, tiene un apartado en el que aparecen las figuras más destacadas del partido. La única mujer de la lista es Graciela León.
Me parece una exageración – comenta – No sé si voy a ser trascendente. Lo único que deseo es que lo poquito que hago, sirva para algo. Esa es la máxima aspiración. La trascendencia es relativa, basta que lo que yo hago, sirva.
Y concluye: “uno debe ser consciente de lo que puede y no puede hacer. Y lo que puede hacer, es porque Dios le ha dado algún don. Entonces si yo puedo escribir, no es para vanagloria personal. Lo hago para los demás“.
También hay que tener en cuenta que es como un eslabón, nosotros no estamos ajenos ni hemos cortado con lo anterior. Somos los continuadores, no hay que caer en el error de levantar el dedo acusatorio hacia cuestiones del pasado, porque nosotros no vivimos esa épòca y no podemos comparar nuestro pensamiento con el de siglos anteriores”.



