El Giles de 1938 era muy distinto a este de calles asfaltadas, luz eléctrica y carteles luminosos. La mayoría de los caminos eran de tierra, por lo que la lluvia complicaba la circulación.
Esto hacía que para los pibes que vivían en la zona de la Plaza Mitre, los clubes del centro quedaran muy lejos. Es por eso que, según cuenta José Rocha en “Historias Gilenses“, los jóvenes hablaron con “Manolo” García para instalar un club, ya que él junto a su familia eran dueños de la manzana en la que se encuentra la institución actualmente.
Manolo aceptó la propuesta, alquilandole su casa al club. A partir de ese momento, comenzó la organización del establecimiento: Tomando como base al Victoria, se crea el primer estatuto y se incorporan los primeros socios.
La asamblea de fundación que se reunió el 1 de septiembre de 1938 fijaría como presidente a Manolo García y la sede con cantina sería habilitada recién el 2 de octubre.

Gracias al esfuerzo de sus socios, en 1956 el club pudo crear la Subcomisión de Fútbol, y el equipo debutaría contra Argentino de Carmen de Areco. En mayo participaría en su primer torneo oficial de la Liga, disputando una final que ganaría con un tanteador de 5 a 1.
La pista de baile sería construida en 1963, luego de que Rodolfo García, en ese momento dueño de la propiedad, autorizara la demolición de un viejo galpón. Esto se hizo con la mano de obra gratuita de socios como Marcelino y Armado Laboría, Dante Ríos, Juan Cavallo, Francisco Veneroni, Martín Ríos, Ernesto “Yito” Agotegaray y Miguel Ángel Ríos. Finalmente la pista sería inaugurada el 14 de septiembre, con la orquesta de Félix Paladino.
En 1969 se lograría la personería jurídica y al año siguiente, se le compraría el edificio a la familia García. Cinco años después, el establecimiento sería remodelado y ampliado, adquiriendo la fisonomía que tiene hoy en día.
Desde que empezó la iniciativa de aquellos jóvenes de fines de la década del 30, cientos de apellidos han pasado por este club que ha sido apropiado por los vecinos y transformado en un símbolo de la cultura gilense. Ochenta y dos años después, el Rawson sigue siendo elegido como punto de encuentro y aguarda a que termine la crisis para reiniciar la actividad.



