Llegar al barrio “El Esfuerzo” es más fácil que en otras épocas. La apertura de calles, el mejoramiento de la calzada y el ordenamiento del tendido eléctrico mejoraron notablemente la estructura urbana de un grupo de vecinos que vivió más de una década en el olvido. Los pastos altos escondían su identidad para el resto de la población. Así lo contamos en el 2016, cuando escribimos “El Esfuerzo de los olvidados”. Si bien todavía falta y mucho para garantizar las condiciones necesarias de salubridad, el camino es el correcto.
Son las dos de la tarde y el silencio reina en el barrio de los trabajadores. Las casas en su mayoría fueron construidas por los mismos propietarios, en aquel momento, el Estado local les facilitó los materiales para que puedan comenzar a construir sus sueños de ladrillos. Algunas de ellas aún están en proceso de armado, mientras que otras, en los mismos terrenos, ya tienen más de dos edificaciones. La familia se fue asentando alrededor de los padres. Algo que se repite en cada barrio de la ciudad.
Brisa Romero me espera en su casa con el mate preparado. Un símbolo de confianza en nuestra cultura. No nos conocíamos, de hecho, una amiga en común nos hizo el contacto. Su historia me cautivó desde el primer momento, pero como todo periodista no me conformé con el relato de otros. Yo mismo quería escucharla y por qué no terminar escribiendo sobre su lucha. Una batalla que gana todos los días y posiblemente servirá como fuente de inspiración.
Por mucho tiempo la vida de mi compañera de mate estuvo en stand by. Pero hoy su sonrisa refleja esperanza. Brisa habla pausado, piensa cada palabra y se toma un minuto para reflexionar sobre su pasado. Brisa carga una mochila pesada: empezó a consumir a los 12 años, la adicción le ganó de mano y hasta terminó detenida por estar en un vehículo con diferentes sustancias. Todo eso en solo seis años. Hoy con 18 no se propone comenzar una nueva vida, sino más bien, empezar a vivir de una vez por todas.
– ¿Cómo fue el momento en el que decidiste tratarte?
– En mi caso no hubo un motivo a pesar de haber terminado hasta detenida por esto. Yo miraba a mi mamá que sufría y no le daba bolilla. Ahora es diferente. Cuando uno está en consumo la conciencia está dormida, no le ves la gravedad a nada. Yo ahora veo a mi mamá llorando por la mínima cosa y me pongo a abrazarla.
Un día ella se enteró de la organización “Vientos de Libertad” que tenía un tratamiento en Luján. Al principio no me gustaba nada, yo decía que me iba a morir consumiendo, que nunca me iba a recuperar. Y con el tiempo me fui dando cuenta que uno puede salir si se lo propone y le pone voluntad. Eso no lo elegía más, ya sabía que me hacía sufrir peor.
– ¿Cómo eran tus días antes de conocer “Vientos de Libertad”?
– Yo pensaba que lo controlaba, pero no es así. Esto no lo controlas. Un adicto no se da cuenta que está tapando su vida con consumo. Yo salía todos los fines de semana y no sabía por qué. Mis días eran ir a la esquina a consumir y no una cosa, muchas. Desde marihuana, cocaína hasta pasta base. No me importaba ser menor, ni hacerle mal a la gente. Me mande muchas cagadas.
Hay gente que habla de consumo responsable y trabaja en la semana para comprarse drogas para usar los findes ¿Trabajar para drogarse es responsable? En mi caso fueron muchos años que lastimé a la gente que me quería. Yo empecé escapándome de mi casa a los 12 años para consumir. Hay un montón de pibes en Giles que empiezan así. Dejé a muchos de mis amigos de lado porque consumen, es re triste. Pero no me quedó otra.
“Vientos de Libertad” es una asociación civil sin fines de lucro, que brinda un espacio dedicado exclusivamente a la contención, reeducación y rehabilitación de personas y familias las cuales atraviesan alguna situación problemática con las adicciones desde 2006. Brisa se inició en vientos con un tratamiento ambulatorio en un barrio de Luján, allí ayudaban en un merendero y realizaban diferentes talleres. Por ejemplo, ella estaba a cargo del programa de peluquería.
Luego de una recaída que sufrió a los cinco meses de ingresar, Brisa decidió internarse. Hoy lleva ocho meses limpia de estupefacientes y sus días están llenos de proyectos y metas por alcanzar. Esa voluntad la expresa con palabras, pero también con pequeños grandes gestos: “yo no me reía, no abrazaba, cuando empezas a valorar esas cosas es una señal de que te estas recuperando”.
– ¿Fue determinante tu familia en este proceso?
– Uno siempre necesita el apoyo familiar y la contención. En mi casa había muchos problemas, algunos como los que yo tenía, y nadie le veía la gravedad a lo que pasaba ni querían cambiar. Yo recaí en actitudes, le contestaba mal a todo el mundo, dejé la humildad de lado; un jueves, ya haciendo el ambulatorio, caí consumiendo en la casa de una amiga hasta el lunes.
Bajé la guardia y dije “esto no lo elijo”, sabía que esto me estaba haciendo perder todo. No tenía nada de nada. Yo trabajaba en el taller barrial de peluquera y me di cuenta que ahí perdí una oportunidad concreta, por eso me interné. Uno tiene que cambiar de raíz. Hay que cambiar muchas cosas, como la tolerancia, la paciencia, la comprensión, la humildad, aprender a ponerse en el lugar del otro.
– Cuándo volvías a Giles terminabas recayendo…
– Sí, pero por mis conductas. Yo sueño con tener un barrial de “Vientos de Libertad” acá en Giles, hoy no hay un centro que trabaje de esa manera. Acá veía que no había oportunidades para mí. ¿Quién se iba a ocupar? Yo buscaba la salida fumando marihuana, pensando que eso me hacía menos mal.
La gente tiene que tomar conciencia porque esto existe. Y le hace muy mal a muchos pibes. No nos damos una idea que esto le pasa al que tenemos al lado también. En cada esquina hay chicos que pasan esta y no saben cómo salir.
Nos terminamos el primer termo y seguimos charlando. Brisa habla con admiración de “Vientos de Libertad” y pone el énfasis en la oportunidad que tuvo. Tiene 18 años, pero sus primeros pasos en la calle fueron en medio de una tormenta. De las más fuertes posibles. Consumo, pocas esperanzas y hasta un calabozo marcaron su niñez y posterior adolescencia. Pero ningún viento sopló tan fuerte como para derribarla. Brisa sigue peleando sabiendo que el sol va a salir.
– ¿Qué querés para tu futuro?
– Quiero seguir recuperándome. La lucha es todos los días, yo no me puedo conformar. No me quedo más con los brazos cruzados, estoy haciendo el Fines para terminar el colegio y quiero estudiar psicología social. Me gustaría trabajar acá en Giles, estoy buscando, pero es difícil, y ojalá también pueda ayudar a la gente que la pasa mal. Yo estoy para ellos, en esta vida nadie está solo.
Apago el grabador y solo me salen elogios hacia Brisa por su coraje. A pocas cuadras de las calles que transitamos todos los días, alguna historia cómo esta se esconde. No somos una isla. Detrás de ese pibe o piba que consume está el dolor y la desesperanza de una familia gilense.
Saludo a Brisa y a su amiga, que llegó para compartir el último mate que quedaba con nosotros. Salgo del “Esfuerzo” y a pocas cuadras, en otro barrio, un grupo de chicos, de no más de 14 años, comparten una cerveza a plena luz del día. No fue casualidad, tal vez pasé mil veces y no lo vi, o no lo quise ver. Lo buscaba en la TV, pero mi entrevistada del día me hizo saber que acá también pasa. Para ver, hay que saber mirar.



