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Las historias detrás de las detenidas desaparecidas en Giles

Hablamos con la nieta de una de las secuestradas y con una testigo clave del hecho.
Dominga Bazzana y Hannah Vyrynen

El 22 de mayo de 1977, dos Fords Falcon arribaron al campo “El Maral”, ubicado en el kilómetro 96 de la Ruta 7 y secuestraron a Hanna Vayrynen y a Dominga Bazzana, ambas de 67 años.

Desde aquel día, la historia de las desaparecidas detenidas en Giles permaneció oculta tras un manto de ignorancia y olvido. Sin embargo, gracias a una investigación realizada por este medio (ver nota aquí), el suceso volvió a salir a la luz.

Los Hietala

Guillermo y Reino Hietala eran dos militantes del Partido Revolucionario de los Trabajadores, oriundos de Zárate. Desde la aparición de la Alianza Anticomunista Argentina, fueron acosados constantemente, por lo que en 1976, Reino se refugió en El Maral junto a su madre Hannah; su suegra Dominga; sus hijos Silvia y Guillermo; y sus sobrinos Amanda y Laura.

El 20 de mayo de 1977, el hermano de Reino recibió una llamada de “La Negra”, una compañera del PRT que llevaba un tiempo sin asistir a las reuniones de la organización. Cuando Guillermo arribó al punto de encuentro junto a su esposa Estela Cali, un grupo de tareas apareció repentinamente y los secuestró. Los militares habían usado a La Negra para tenderles una trampa.

En cuanto Reino se dio cuenta de lo que había ocurrido, salió a toda velocidad a avisarles a los otros miembros del PRT. Sin embargo, no llegó a tiempo: ya todos habían caído en las fauces de los represores.

Guillermo Hietala. Fotografía: desaparecidosdecampanazarate.blogspot.com

El deseo de querer salvar a sus compañeros fue lo que lo mantuvo con vida. Es que mientras recorría la zona de Zárate y Campana, los sicarios estatales arribaron a Giles para sumarlo a la lista de desaparecidos. Como no lo encontraron, se llevaron a su suegra Dominga y a su madre Hannah, y dejaron a los niños librados a su suerte.

Luego de los secuestros, Reino se exilió en Brasil y después en Finlandia. Desde entonces, solo ha vuelto en tres oportunidades a la Argentina.

Las lágrimas de alerta

Algunas horas después de que Infociudad publicara la investigación, un mediodía asfixiante de otoño, debajo de la nota, una mujer comentó: “Fueron mis padres los que ayudaron a esos niños“.

La que escribió el comentario fue la vecina Gladys Estrella. En 1976, Sara, su madre, empezó a trabajar en El Maral. El campo de los Hietala estaba ubicado frente a la casa de su familia. Como Guillermo y Reino seguían militando, y querían permanecer ocultos, a los Estrella les dijeron que su apellido era Valugano.

La tarde del 22 de mayo, cuando ya habían pasado algunas horas de los secuestros, un vecino se acercó hasta el hogar de Gladys para avisarles que en la casa de los Valugano se oían lágrimas de nenes.

Automáticamente, Sara cruzó la ruta. Al llegar, se topó con una casa revuelta como si hubiera pasado un torbellino. Lo más estremecedor fue cómo encontró a Laura, un bebé de solo algunos meses de edad: el grupo de tareas había puesto el moisés arriba de un aparador, junto a una frazada que daba a una estufa. A los militares no les bastó con secuestrar a las abuelas, también querían prender fuego a la criatura.

Ante este panorama desolador, la madre de los Estrella decidió llevarse a los chicos a su casa. “A la noche, apareció don José” explica Gladys a Infociudad. José, era un nombre falso que Reino se había puesto para que no lo encontraran. “Apareció en un Torino sin patente. Apenas llegó nos explicó que habían secuestrado a las dos abuelas y nos preguntó si mi mamá y mi hermana mayor, Norma, podían ir con él hasta Luján. Mi papá no las dejó porque tenía miedo” recuerda la menor de la familia.

Los refugios

Cuando Reino abandonó el horno de ladrillos con sus dos sobrinas y sus hijos, manejó hasta Zárate. Al llegar a la casa de su tía, hermana de Hannah, decidió que los niños no podían quedarse ahí.

Nos terminaron llevando a la casa de unos primos, en las afueras de Capital, con la idea de que después ellos nos acerquen a la casa de nuestros abuelos maternos, Américo y Esther, explicando en una nota lo que había pasado” declara Laura en comunicación con Infociudad. Sin embargo, cuando llegaron a Buenos Aires, recibieron otro gran golpe: Los abuelos maternos también habían sido secuestrados.

Américo Cali y María Esther Filippi, junto a Amanda Hietala. Fotografía: desaparecidosdecampanazarate.blogspot.com/

Con el objetivo puesto en evitar que atrapen a los niños, se decidió dividirlos en los hogares de distintos familiares. “Mi hermana pedía verme todo el tiempo. En un control médico que me hicieron, la llevaron a ella. El pediatra se dio cuenta de que había una situación extraña. Yo no sé la cara que habrá puesto mi tía, pero alcanzó para que el médico diga ‘Ya lo entendí, no me diga nada más’.” – relata Laura – “El pediatra le dijo ‘Estas nenas ya pasaron por mucho, no pueden estar separadas ni un momento más’. A partir de ahí, empezamos a convivir las dos en una misma casa, siempre esperando que en algún momento aparecieran nuestros padres, nuestros abuelos“.

La vida después de los secuestros

Cuando Reino abandonó la casa de los Estrella, les dijo que se podían quedar a vivir en El Maral y quedarse con el ganado. Pese a que la oferta era muy tentadora, la familia demoró quince días en mudarse, ya que todavía persistía el miedo.

Después de dos semanas, todos cruzaron la ruta y empezaron a ordenar el lugar. En un momento, José, hermano de Gladys, encontró una extraña lata de metal, parecida a una pelota de Rugby, y se puso a jugar al fútbol. En ese momento no lo sabía, pero durante toda esa tarde estuvo pateando una de las tantas granadas que los hombres de los Falcons verdes habían dejado ocultas.

En el cumpleaños de 15 de Norma, un invitado se dio cuenta de que estaban jugando con un explosivo. Esa noche, en plena fiesta, una de las granadas estalló bajo un limonero e hirió con una de las esquirlas a un tío de la quinceañera.

A los pocos días, un grupo de oficiales del ejército se acercó hasta el lugar para averiguar cómo había llegado hasta esa chacra semejante arma letal. Las aves de rapiña que habían usurpado el Estado aprovecharon la situación para robar: se llevaron dinero, joyas y tapados de piel que los Hietala habían dejado en el campo. Además, secuestraron algunas armas encontradas en un galpón.

Casi no tengo recuerdos de lo que pasó.” – declara Laura Hietala – “Tengo dos imágenes. Recuerdo dos ruidos muy fuertes, gritos. Eso es algo que me acompañó durante muchos años y no sabía porqué. Cuando tuve 18 años, en uno de mis encuentros con mi tío, ellos tuvieron la oportunidad de contarnos qué era lo que había pasado.

Cuando volvió la democracia y se liberaron los presos políticos, aparecieron muchas personas que hasta entonces estaban catalogadas como desaparecidas: “Por ese motivo, nuestra ilusión era tremenda. Se hablaba de centros clandestinos de trabajo forzoso, de fosas. También estaba esa posibilidad. Con el tiempo, al no haber novedades, la idea de empezar a pensar que los desaparecidos estaban muertos fue creciendo. Por su puesto que son procesos muy duros, largos, individuales, porque cada uno lo fue viviendo a su manera” – expresa la hija de Guillermo y Estela – “Desde que tengo uso de razón y desde que hablo, no he hecho más que preguntar, preguntar y preguntar; de insistir; de reconstruir una historia familiar, poder darle a los nombres un cuerpo, personalidad. Ni siquiera teníamos una foto. Después, con el tiempo, vino otro tipo de construcción, que es a través de los pedidos de justicia y ese camino que todavía continúa“.

El reencuentro

Poco tiempo después de la explosión de la granada, los Estrella debieron mudarse a Giles. Como los Hietala tuvieron que abandonar de improvisto el campo, no terminaron de pagarlo, entonces el dueño reclamó la devolución de la propiedad.

Con el correr de los años, la familia logró dejar atrás todo lo que les había ocurrido durante la dictadura. Sin embargo, una tarde de 1995 se llevaron una gran sorpresa: un auto de la embajada finlandesa estacionó en la puerta de la casa y de él descendieron Reino, Amanda y Guillermo.

Fue muy emocionante, les preguntamos por las abuelas y nos dijeron que nunca más las habían encontrado.” – recuerda Gladys – “Después no supe más de ellos, hasta que el año pasado ví la carta que habían enviado para el acto del 24 de marzo que se hizo en Giles, y casi me muero de la emoción“.

La búsqueda de los responsables

La investigación por los secuestros de Hannah, Dominga, Guillermo, Estela, Américo y Esther, continúa desarrollándose. Por el momento solo hay un sospechoso que permanece con prisión domiciliaria por otros delitos: “Todo indica que esta persona es uno de los responsables, no el único. Se lo pudo ubicar después de saber que era parte de un grupo de tareas, junto a otras personas que ya están fallecidas. Pudimos identificar claramente la responsabilidad del Batallón 601 de Mercedes” precisa Laura, quien hoy oficia como querellante y testigo de la causa.

Con respecto al rol del destacamento mercedino, precisa: “Primero se pensó que Campo de Mayo no tenía relación con ese batallón. Pero se pudo comprobar que esa relación existía y que el área de inteligencia que funcionaba allí dependía de Campo de Mayo. Por eso nuestra causa termina entrando en la megacausa Campo de Mayo“.

A la izquierda, Amanda; a la derecha, Laura. Fotografía tomada en un homenaje a Estela Cali por parte de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires. Fuente: desaparecidosdecampanazarate.blogspot.com/

El impacto del 24 de marzo

No son simplemente nombres, no son solo desaparecidos. Para mí eso fue muy fuerte, porque primero me relacionaba con desaparecidos antes que con una madre, un padre, un abuelo“, confiesa Laura. “Al hablar con la gente que los conoció, empecé a ver los momentos felices y no solo lo trágico. Ahí empiezo a recolectar un monton de historias muy lindas. En el caso de mi padre, Guillermo, que era muy querido por sus compañeros, que lo recuerdan como una persona super simpática a la que le gustaba cocinar. Gracias a esos testimonios pude ir armando una imagen. Mi mamá, por ejemplo, era estudiante de bioquímica, muy querida por sus compañeras de la escuela“.

Actualmente, Laura vive en la casa de Américo y Esther: “Todos los vecinos me han compartido anécdotas. Mi abuela era enfermera, entonces los vecinos siempre me dicen que esta casa era una casa de puertas abiertas, porque no había horarios para venir a golpear para pedir un favor o por un asistencia médica. Lo mismo me dicen de Hannah y Dominga, que eran gente muy respetada en la ciudad. Por eso digo que el golpe no solo lo sufrimos nosotros como familia, sino el resto también“.

Cuarenta y cinco años después de la barbarie cometida a metros de la Ruta 7, la mujer sostiene: “hoy en día los 24 de marzo son muy movilizantes para mí. Tengo una combinación de sentimientos: de alguna forma aparece la nostalgia, es inevitable, aunque los familiares solemos atravesar de otra manera los aniversarios relacionados con nuestros seres queridos. En esto pasa algo que tiene que ver con la memoria, que me parece que es fundamental que como país no la perdamos; que no perdamos nuestra identidad y que podamos conocerla. Por otro lado, siempre hay vida. Es un tiempo de encuentro, donde te encontrás con hermanos de la vida, donde celebrás que a pesar de todo, acá estamos; donde el amor venció“.

Y concluye: “cuando puedo ir un 24 a la Plaza de Mayo, siento esta cosa de no sentirme nunca más sola. Porque hubo momentos en los que sentía que era mí historia, en silencio, en tiempos donde no se podía hablar, donde había que callar, que esconderse; donde no podías revelarte y sacar tu identidad. Esto es como una celebración en la que decís ‘No estás más sola y la historia no se puede ocultar’“.


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