“No dejó de sorprenderme la solidaridad de los vecinos de Giles”

Ayer a la tarde, se inauguró el Paseo de la Memoria en la avenida Lucas Scully. En este sentido, se colocó un cartel en conmemoración de las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, junto a la leyenda “Nunca Más” y se plantó un árbol dentro de la iniciativa bonaerense “Plantamos Memoria“.

Pero la jornada tuvo una sorpresa: Reino Hietala, familiar de Hanna Wayrynen y Dominga Bazzana, detenidas desaparecidas en nuestra ciudad, envió una carta relatando cómo fue vivir aquellos días de persecución y represión:

Fue en el invierno de 1976, por julio, cuando nos mudamos a San Andrés de Giles.

Veníamos de sufrir duros golpes que la dictadura militar que usurpó el poder el 24 de marzo de 1976 aplicaba sobre todos los elementos progresistas de la población. En esos días ser detenido equivalía a desaparecer. En setiembre de 1975 los servicios lograron ubicar mi casa en Pte. Derqui, pero por suerte pudimos evitar ser capturados, seguramente por muy poco, minutos o quizás alguna hora. Quedamos en la calle, toda la familia integrada por mi esposa, mis hijos Guillermo y Silvia de cuatro y un año, y la madre de mi esposa, doña Dominga.

Tuvimos suerte y en pocos días conseguimos alojamiento provisorio en un departamentito ubicado en Aristóbulo del Valle. Dos habitaciones, un baño y ningún mueble. Los primeros días dormíamos en el suelo sobre cartones y gracias a la ayuda de algunos, pocos, familiares y a la fundación Emaús pronto tuvimos camas y colchones. De mesas y sillas hacían función cajones de madera.

Era todo provisorio y peligroso puesto que si los vecinos hubieran visto como vivíamos les hubiera llamado la atención, quizás con consecuencias. Alquilar era más que complicado, nuestros hijos crecían y pronto tendrían que ir a la escuela y se nos ocurrió que quizás lo mejor sería buscar una zona rural, con terreno como para conseguir autoabastecimiento y así fue como, estudiando los avisos de Clarín, encontramos una finca humilde en venta.

Así llegamos a San Andrés de Giles. Apenas instalados comenzamos a criar pollos, sembrar, hacer quinta, compramos dos vacas, cerdos y comenzó para nosotros una etapa feliz, una de las pocas en una larga vida militante.

Vida militante que comenzó cuando fui electo delegado en una metalúrgica, cuando el gobierno del dictador Onganía cercenó derechos civiles y laborales, cuando la patronal se lanzó a exigir la renuncia a conquistas y derechos establecidos ya por el tiempo.

Los años de militancia fueron años de indignación. Una clase, la militar, al servicio de intereses extranjeros y de la clase explotadora argentina, que viola sin dudar la Constitución y las leyes, que recurre a la tortura, a la desaparición de militantes populares y que con soberbia se declara “reserva moral de la Nación” indignaron al grueso de la población de nuestro país. Surgieron inúmera cantidad de organizaciones de resistencia y yo ingresé en una, el PRT.

La finca estaba ubicada en el Km 92,600 de la Ruta 7, en la Entrada Maral. Hicimos muy buena relación con todos los vecinos que, con la generosidad natural de los argentinos, nos dieron mucha ayuda y consejos.

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El 20 de mayo de 1977 ya de noche, llegó mi madre avisando que mi hermano Guillermo y su esposa Estela habían desaparecido, posiblemente secuestrados ese día por la mañana.  La situación nos llenó de angustia y de inmediato salí a avisar a todos los contactos que tenía, considerando que mi casa estaba segura. En ella quedaron mi suegra, doña Dominga, mi madre Hanna, mi hija Silvia y las hijas de mi hermano, Amanda y Laura, la menor de solo 20 días de vida.

El domingo 22 salí una vez más, acompañado por mi esposa, Gloria, y mi hijo Guillermo. Durante el día comprobé que la represión había llegado a todas las casas de compañeros que yo conocía, matando a tiros en el lugar a algunos y secuestrando a otros. No me animé a llegar a nuestra casa y fui a ver a un vecino, que me contó que al mediodía había llegado el ejército y se habían llevado a mi suegra y a mi madre, dejando a los tres pequeños en un horno de ladrillos cercano. Una señora con la que teníamos muy buenas relaciones y que vivía en las proximidades fue a buscarlos y se los llevó a su casa.

Tuve mucha suerte y pude recuperar a los pequeños y llevarlos conmigo. El vecino que menciono me contó después de unos días que el ejército se había robado todo, las vacas y el ternero, las aves, los cerdos, el bombeador de agua, las chapas del galpón. Y manteniendo por tiempo una “ratonera”, por si nosotros volvíamos.

En el operativo participaron personal de Campo de Mayo y del cuartel de Mercedes.

No dejó de sorprenderme la solidaridad de los vecinos de Giles. Incluso años después, cuando regresamos por primera vez a recorrer la zona, nos recibieron con mucho cariño, con lágrimas en los ojos, contentos de que algunos de nosotros hubiéramos sobrevivido al genocidio.

De nuestra familia fueron secuestradas y desparecidas seis personas, cuatro de ellas mayores cuyo único delito era ser madre o padre.

La variante Delta circuló por San Andrés de Giles

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