Hay lugares donde la magia no necesita escenarios gigantescos para encenderse. Basta con alejarse un poco del ruido urbano y dejarse llevar por los encantos de la ruralidad. En Villa Ruiz, entre arboledas silenciosas y edificaciones pintorescas, un cartel sencillo con la palabra “Teatro” y una flecha indicadora regala la primera sonrisa al visitante. Es la antesala de un refugio cultural que nació en 2020, en medio de la incertidumbre, cuando la escenógrafa y actriz Dolores Riera junto a su esposo, el productor Silvio Falasconi, le dieron vida a un proyecto que fueron moldeando gran parte de su vida.
Atravesar el umbral del Teatro Villa Ruiz es como cruzar un portal hacia un cuento. Dar esos primeros pasos entretelones implica sumergirse en una atmósfera donde el tiempo parece detenerse. A medida que se avanza, la sala se revela con una intimidad perfecta: técnica impecable de luces y sonido, excelente visibilidad desde cualquier rincón y una puesta en escena que te transporta.
Sin embargo, el verdadero diferencial de este espacio es la proximidad. En una época en la que las pantallas y la tecnología nos llevan al individualismo y la lejanía, ingresar a este rincón es recuperar el sentido de comunidad. Es sentirse cerca del otro, palpitar las mismas emociones y cruzar miradas complices con el vecino de la fila de al lado. Allí, cuando la emoción aflora, los rostros de niños y adultos se iluminan de un modo que ninguna luz artificial podría replicar.
Esa complicidad colectiva se vivió a pleno ayer jueves en una función a sala llena. El escenario recibió a “Amor de Carnaval”, una pieza creada e interpretada por el artista Pablo Sáez que entrelazó el arte titiritero con la riqueza folklórica del noroeste argentino.
Ambientada en medio de los festejos populares de la Quebrada de Humahuaca, la obra desplegó una cautivante historia que culminó con un profundo mensaje de amor y respeto hacia la Pachamama. Con una interpretación andina exquisita y llena de matices, Sáez logró transportar a la platea al corazón de Jujuy. Cada personaje artesanal desprendía una belleza y un nivel de detalle que fascinó a los presentes.
Al finalizar la función, el encanto se volvió tangible. El titiritero invitó a los más pequeños a acercarse, obsequiándoles el momento mágico de sostener a los protagonistas de trapo y papel en sus propias manos. Mientras algunos curiosos buscaban al sabio curandero o a la entrañable Carmencita, fue el pintoresco Diablo el que terminó acaparando las miradas y las risas de la infancia.
Pero la experiencia en Ruiz no concluye cuando se baja el telón. El ritual se traslada al patio del predio, donde una merienda al aire libre aguarda a los espectadores. Con tazas de chocolate caliente y porciones de torta mediante, el espacio se convierte en un escenario de libertad: chicos corriendo entre los árboles, saltos en la cama elástica, festejos de goles en el metegol y charlas apasionadas sobre las travesuras de los títeres.
Cuándo todos pensábamos que “Amor de Carnaval” terminó con el saludo de Pablo a la platea, nos dimos cuenta que la función seguía corriendo. Porque si bien, muchos de esos chicos ya se conocían de las calles del pueblo; otros, quizás sin saberlo todavía, recordarán con los años que fue justamente allí, entre el vapor del chocolate y la magia del teatro de Villa Ruiz, como nació una nueva amistad.
Para conocer más sobre el Teatro de Villa Ruiz @teatrovillaruiz [Instagram]





