Cuando hablamos de cementerios en San Andrés de Giles, generalmente se piensa en dos: el conocido popularmente como Cementerio Viejo, ubicado camino a Albatros y el actual cementerio norte. Sin embargo, los registros históricos dan cuenta de cuatro. El primero fue un emplazamiento provisorio ubicado en los terrenos cedidos para el oratorio. El crecimiento poblacional motivó la búsqueda de un nuevo lugar para el descanso de los difuntos.
Fue el historiador Don Vicente Cutillas quien planificó la creación de un segundo cementerio más grande y ordenado, ya que el cementerio anterior ubicado en cercanías del oratorio estaba siendo prácticamente abandonado. Como relató en su libro José Rocha “llega el año 1849 y estando la parroquia sin sacerdote era insostenible el mantenimiento del cementerio que estaba a unas 700 varas al sud del templo, rodeado de zanjas y en precario estado”.
El 8 de julio de ese año Cutillas reunió a un buen número de vecinos en asamblea para decidir el traslado de los difuntos a su última morada, a un nuevo cementerio que se adecuara a un respetuoso y cristiano lugar conforme a los dictados de la iglesia católica. “Antes de resolver su ubicación, se convino en fabricar los ladrillos necesarios para la edificación, éstos estuvieron listos para su uso el 31 de enero de 1850. De inmediato se trabajó sobre el lugar, donde luego se estableció el cementerio. Se lo situo a 16 cuadras de la plaza, hacia el sur, hoy calles Etcheverry y San Lorenzo, en las manzanas que completan las calles Ituzaingo y Pichetto”, detalló en su libro Rocha.
“El plano de dicho cementerio que dibuja en su libro Don Vicente Cutillas no especifica si estaba construido en la esquina o a mitad de alguna de las dos primeras calles. Si se sabe que ocupaba un cuarto de manzana. En algún escrito se dice que estaba situado con frente a la actual calle Echeverry, lo que es casi seguro”, explica el libro Historias Gilenses.
Cutillas, primer vecino que se dedicó a registrar la historia local, cuenta en sus libros que al comenzar el plan solo tenía 16 pesos, pero no faltó coraje para iniciar las tareas, asi que entre varios vecinos pusieron manos a la obra e iniciaron a marcar los cimientos el 14 de febrero de 1850. El lugar es descripto como: “la entrada era una puerta de dos hojas, en total de tres varas de luz, la que era sostenida por dos fuertes pilares de ladrillo. A la derecha de la entrada, a seis varas, un cuarto de azotea de siete varas y casi cinco de ancho para capilla y depósito. En el centro del terreno una pilastra con cuatro gradas, sobre la que se colocó una gran cruz de madera. Ocho calles interiores, cuatro en cruz y cuatro en diagonal, daban forma al dibujo del camposanto. La cruz fue colocada el día 3 de mayo de 1850 y el 8 de mayo concluyó la obra”.
Sobre la ceremonia de inauguración, los registros históricos indican que fue llevada adelante por el presbistero J. N Pardo para proceder a la ceremonia de bendición. El 26 de junio de 1850 bendijo las obras y celebró misa en el cuarto del depósito. Pese a ser un día invernal frio y ventoso la concurrencia fue nutrida contándose más de 1.500 personas según afirma Cutillas. Ese día el obispo diocesano Dr. Don Mariano Medrano y Cabrera concedió 40 días de indulgencia a los devotos que rezaren en ese cementerio o contribuyeran con limosnas en alivio de las almas de los sepultados en él.
Hasta 1852 Cutillas se hizo cargo del cuidado y mantenimiento del lugar. Planto arboledas de sauces y paraísos y sembró las flores que adornaban el predio. Los registros de la época aseguran que era un lugar hermoso, de mucha paz. Llegado el 1858 una epidemia de cólera obligó a mudar el cementerio a un lugar mas alejado, pero esa es otra historia.




