Salió del supermercado con una pequeña bolsa de compras en la mano izquierda, mientras con la derecha revolvía en el bolsillo del jean en busca de las llaves del auto. Subió, dejó la bolsa en el asiento del acompañante y salió manejando tranquilo. El tránsito de media mañana no era tan pesado.
Se detuvo en un semáforo ni bien la luz se puso roja. Encendió la radio, a ver si escuchaba algo del partido de la noche. Comenzó a oír una sirena. Miró por el retrovisor, a ver si tenía que ceder el paso a los bomberos o a alguna ambulancia. El semáforo cambió, puso primera y avanzó. De pronto una camioneta doble cabina cruzó a toda velocidad delante de él, seguida por dos patrulleros.
Con unos reflejos increíbles consiguió frenar a tiempo. La camioneta pareció atravesar la trompa del auto, pero nada le hizo. Pasado el momento de sorpresa y susto, puso la marcha y siguió. Tomó la ruta, saliendo de la ciudad y luego desvió a la derecha, retomando por un lindo paseo de pinos, un camino residencial. Decidió pasar por la casa de sus primos, que hacía dos semanas que no veía. Se habían ido de vacaciones los dos juntos.
Ya no eran adolescentes, pero siempre habían sido mejores amigos y seguían haciendo vida de veiteañeros, pese a tener más de treinta. Eran muuy bien parecidos, muuy inteligentes y divertidos. Estaban en muy buen estado físico. Debían estarlo, puesto que en la semana trabajaban por las mañana y jugaban al fútbol en las noches, y los fines de semana eran verdaderas maratones, con seguidillas de asados, salidas nocturnos (donde abundaban el alcohol y las mujeres), y fútbol.
Estacionó el auto en la puerta. Antes de bajar los vio. El mayor estaba terminando de cortar el pasto en el jardín, a la derecha de la casa. Había perdido de vista a su hermano por un segundo y éste ya estaba apoyado en el cerco medianera, hablando con una chica, muy atractiva, pero que no parecía muy brillante. “Presa fácil”, pensó. Su primo mayor le contó de sus vacaciones y de las mil salidas, noches y días de farra. Al parecer, habían dormido solo doce horas en toda la semana.
Habían hecho una apuesta con las mujeres. “y gané yo”, dijo el menor llegando y mostrándola palma de la mano. Tenía un número anotado. Habían empatado veintiseis a veintiseis, pero con la conquista de la vecina, el más joven impuso la diferencia. El mayor le dijo que tenían algo para él y entró en la casa, mientras el otro volvía a contarle las cosas que habían hecho en las vacaciones. Al rato regresó el mayor con una pelota. Era la que ellos siempre usaban de chicos y a el nunca dejaban usar. Siendo varios años más chico, los grandes lo echaban bastante seguido de las canchas.
Como regalo, dejaba mucho que desear. No le quedaban más que tres gajos y mostraba dos “cicatrices”, donde se notaba el cariño de la tía. Pero el valor sentimental era muy importante para él y agradeció sinceramente emocionado, abrazándolos, pese a las quejas y las acusaciones de que se quería pasar “al otro bando”. Cargó la pelota con las compras y salió muy contento.
Estaba a dos cuadras de la casa de su tío abuelo, y pese a que quería llegar a su casa, decidió al menos pasar por la puerta. El tío debía tener unos sesenta y cinco años y estaba un poco loco. “Como todos”, pensó. Era una linda locura alegre la de su familia. Su tío abuelo estaba cambiando una goma del auto. Bajó la ventanilla, redujo un poco la velocidad y lo saludó con una mano y una gran sonrisa. El hombre lo miró sorprendido por un momento, levantó la mano casi por inercia para saludar. Luego de mirar le sonrió, con esa sonrisa tan de la familia y agitó la mano, despidiéndolo. Llegó a su casa. Su hermana estaba en la ventana, mirando melancólica hacia la calle. La saludó con la mano y ella le devolvió el saludo con la cabeza.
Sentada en el porche de la casa de enfrente estaba su vecina, su amor de siempre, amiga de juegos y confidencias menos de esa, la más importante. Le tiró un beso con la mano y ella le contestó con un “en un ratito cruzate”. Él hizo que sí con la cabeza y entró a su casa. Su padre estaba poniendo unos cuadros, subido a una montaña bastante inestable de muebles. Un sillón, una silla y un banquito.
Con más pericia que equilibrio, colocó el clavo y puso el cuadro. Era en realidad, un espejo, angosto y largo. Con la fuerza de sus vigorosos brazos quedó un momento colgado formando una figura muy graciosa, puesto que por debajo de la botamanga se veían sus muy delgadas piernas. Bajó con un salto y le puso una mano de una tonelada en el hombro al saludarlo.
Lo miró a los ojos, le sonrió con la sonrisa más encantadora de la familia y desde su enorme mano deslizó algo a la suya. En la mano de su padre parecía muy pequeño, pero en la suya era como una moneda de veiticinco centavos con una cadenita. Le palmeó el otro hombro y le indicó que saliera. Sin darse cuenta, había ido hasta la calle cuando miró lo que le había dado.
Era una pequeña foto de su madre con él en brazos. Se dio vuelta y vio a su padre abrazando por la cintura a su hermana que lo miraban desde la puerta. Él agradeció con una sonrisa y fue a la casa de enfrente. Entró como siempre, pidiendo permiso y fue directo a la cocina.
Ahí estaba ella, inclinada sobre un pequeño papel. Levantó la cabeza sobresaltada y le dijo “vamos”. Ella lo tomó de la mano con naturalidad y comenzó a hablar de cuando eran niños, sus juegos, sus paseos, sus días de escuela. Las primeras novias de él, los primeros novios de ella. Su adolescencia, sus salidas, todo ella lo recordaba y los dos hacían chistes con esos recuerdos tan alegres. él recordó que había dejado las compras en el auto y fueron hasta ahí. Él abrió la puerta del conductor y se sentó para alcanzar las cosas. La radio estaba encendida, la había olvidado por completo.
Movió la mano para apagarla pero se detuvo, escuchando “…Una persecución que terminó con dos delincuentes detenidos y un automovilista gravemente herido, al colicionar con los maleantes en un cruce de calles. El herido fue llevado de urgencia al hospital y..”. Ella apagó la radio. Le dio el papel donde había estado escribiendo y lo besó con mucha ternura en los labios.
Antes de que él pudiera reaccionar, ella cerró la puerta y le sonrió. El auto estaba en marcha, y él miró el asiento del acompañante. Ahí estaban las compras. Sonrió al ver la pelota. Colgó la medalla con la foto junto a su madre en el espejito y miró el papel que tenía en la mano. “TE AMÉ, TE AMO. TE AMARÉ”. Miró hacia afuera. En la vereda estaban sus primos, su tío abuelo, su hermana, su padre; todos con aquella sonrisa, abrazados. También estaba ella. Su vecina, su compañera, su amiga, su Amor. Puso primera y arrancó, avanzando por una calle larga y bonita, mirando sus recuerdos y la foto de su madre que le sonreía.
Tom Angerami.



