El Velódromo Municipal de San Andrés de Giles, un espacio concebido para el desarrollo del ciclismo y la promoción de la salud, atraviesa hoy una crisis de identidad. Lo que debería ser un centro de entrenamiento seguro se ha convertido en un escenario de convivencia forzada donde el desorden y la falta de respeto por las normas básicas ponen en riesgo a todos los concurrentes.
En el último tiempo, se ha vuelto habitual observar una diversidad de actividades que nada tienen que ver con el ciclismo. Personas paseando mascotas, niños realizando piruetas en bicicletas, monopatines eléctricos, gente circulando en sentido contrario y grupos que utilizan la cinta asfáltica como lugar de reunión o juego con pelotas son postales cotidianas.
Incluso la senda superior, diseñada específicamente para patinadores o para quienes están aprendiendo a circular, ya no se respeta. Este panorama no solo entorpece el entrenamiento de los ciclistas, sino que transforma cualquier sesión de práctica en una actividad de alto riesgo: un peatón distraído o un perro suelto en una pista son potenciales causantes de accidentes graves.
Uno de los reclamos más recurrentes de los usuarios habituales es la ausencia total de cartelería informativa. En el predio no existen indicadores que establezcan las reglas básicas: qué sectores están permitidos para cada actividad, en qué sentido se debe circular o qué elementos están prohibidos sobre la pista.
A este “vacío normativo” se le suma un deterioro visible en la infraestructura. El mantenimiento, en épocas difícil desde lo económico, parece haber quedado en un segundo plano: el pasto comienza a avanzar sobre los bordes de la pista, ganando metros al asfalto, mientras que el desgaste de la superficie ya es evidente en varios sectores.
Es comprensible que el velódromo ceda sus horas en momentos específicos, como cuando se utiliza la pista de atletismo o durante torneos de fútbol. Sin embargo, en el resto del tiempo, la falta de control lo sumerge en el caos. Practicar el deporte en ese espacio resulta una tarea complicada.
Con medidas básicas el velódromo podría recuperar su función original. Se trata de proteger un lugar clave para los primeros pasos en el deporte y para la práctica de una disciplina que es marca registrada en nuestra ciudad. De lo contrario, el desánimo seguirá alejando a los deportistas de su propio espacio.





