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Malvinas, la herida y la memoria

¿Por qué existen las guerras? Entre el ajedrez de los poderosos y el dolor de la carne y hueso, la docente Clara Angerami propone una relectura crítica de la Gesta de Malvinas.

Suenan los cañones. Hay reunión, vigilia y camaradería la primera noche de abril de cada año en la Plaza Saraví -¿o Plaza Colón? No parece haber acuerdo al respecto-, a 1.918 km de Puerto Argentino. Las emociones son confusas: ¿es una celebración del espíritu patriota? ¿Una conmemoración del heroísmo de los caídos?

Sólo queda claro que emociona. Y mucho.

Porque el asunto de las Malvinas toca una fibra sensible: recuerdos escolares dibujándolas en los mapas, memorias de actos escolares para los más jóvenes y, para los mayores, el recuerdo de una guerra real y tangible.

La geopolítica, hoy como en 1982 -y mucho antes-, nos obliga a jugarnos la vida en una partida de ajedrez entre naciones y capitales. Los ciudadanos somos, muchas veces, apenas peones en un juego orquestado por los poderosos.

La pregunta persiste: ¿por qué existen las guerras? Parece inocente, pero no lo es. En la década de 1980, el gobierno de facto se encontraba asediado por una profunda crisis económica y por un clima social cada vez más desgastado por la violencia de Estado. El mal llamado Proceso ya no podía ocultar su ineptitud ni sus fallas estructurales.

En ese contexto, y tras tensiones previas como el conflicto con Chile por el Canal del Beagle, el reclamo de soberanía en el Atlántico Sur volvía a escena. El desembarco en las islas en 1982 pudo haber sido pensado como un acto simbólico para sostener ese reclamo. Pero la política fue más allá.

En medio de una crisis económica y financiera global, el gobierno dictatorial de Leopoldo Fortunato Galtieri encontró en la acción bélica una herramienta de propaganda: desviar la atención apelando al nacionalismo. No ya desde la competencia deportiva como en 1978, sino con la sangre de jóvenes soldados.

Pero en esa partida no contaron con la “reina blanca”: Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, que también enfrentaba una crisis interna y encontró en la guerra una forma de fortalecerse políticamente.

Desde el año 2000, la Argentina ya no conmemora el “Día de las Malvinas”, sino el “Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas”. El cambio no es menor: con el tiempo, el foco se desplazó hacia lo verdaderamente importante, el pueblo de carne y hueso por sobre las abstracciones territoriales.

En 1833, cuando el Reino Unido ocupó las islas, la República Argentina aún no existía como tal. En 1982, en cambio, el dolor que siguió a la exaltación inicial (tras 74 días de conflicto) dejó al descubierto tanto el heroísmo de los combatientes como las profundas limitaciones del país para sostener esa guerra, pero también del propio Gobierno de facto para sostenerse.

Ese mismo dolor alimentó una creciente manifestación social que contribuiría al fin del régimen dictatorial. No por intervención extranjera u organización política, sino por la presión de una sociedad que ya no toleraba más la violencia económica y política, y que finalmente pudo decir: nunca más.


Por Clara Angerami, profesora de historia de San Andrés de Giles.

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