Cada 2 de abril la Plaza Saraví se llena de gilenses que a media noche encienden su antorcha y recuerdan a Jorge Alfredo Maciel, el único hijo de esta tierra que no volvió de las Islas Malvinas. Un vecino que se fue para ser recordado siempre.
Jorge nació un jueves 29 de noviembre de 1962 en San Andrés de Giles. Hijo de Manuel Alfredo Maciel, oriundo de Pergamino, y Nélida Ester Fuentes. Creció en Villa San Alberto, donde trabajaban sus padres, en el tambo del Sr. Santía. Los días de niño, Jorge los pasaba andando a caballo con su amigo Hugo Ferreyra, y en la Escuela N° 23, donde sus maestras le enseñaron algo que nunca olvidó: que las Malvinas son argentinas.
No le gustaba mucho el campo, confesaba. Prefería jugar a la pelota –hincha de Boca como su tío Luis–, dibujaba para las fiestas patrias y, cuando nadie lo veía, tocaba la guitarra, que le enseñó el maestro Sixto Irrazábal. “Me daba vergüenza”, decía entre risas tímidas. Era callado, vergonzoso. Pero esa timidez se transformaba en convicción cuando hablaba de su patria.
Voluntario, no obligado
A diferencia de tantos jóvenes que fueron enviados a la guerra sin elección, Jorge Maciel decidió ir. Lo había anticipado. Una vez le dijo a su mamá que si había una guerra con Chile o por Malvinas, iba a ir. Y cumplió.
En la Infantería de Marina, primero en La Plata y luego en Puerto Belgrano, se ganó el respeto de sus superiores. El suboficial Humberto Henriquez, lo puso a cargo de la sala de armas. Allí durmió muchas noches, cuidando lo que más le importaba.
Cuando llegó el momento de cruzar a las islas, nadie lo empujó. En dos oportunidades Humberto preguntó quién quería quedarse en el batallón y Maciel no quiso. Se ofreció como voluntario para completar los grupos de ametralladoras. Era de la clase 63. Y fue.
Desde las islas escribió una carta a su familia que todavía duele leer: “No se preocupen por mí, que si me matan, no se pierde nada”.
Monte Longdon, la noche del infierno
En las islas, le tocó Monte Longdon, en la isla Soledad. Allí no había árboles como en San Alberto, solo altura, frío y lluvia. Era abastecedor de una ametralladora 12,7, un arma poderosa que aprendió a usar rapidamente.
La noche del 11 al 12 de junio de 1982, Jorge estaba de guardia. Recién llegaba de un reconocimiento, agotado, apenas se había descalzado una bota cuando escucharon gritos en otro idioma. Así que se abrochó el correaje y el casco y salió a combatir. La oscuridad se iluminó con trazantes y bengalas. Gritaban “¡viva la Patria!” para darse coraje.
Como a las 21.30, sintió un ardor intenso en la columna. Un proyectil lo había herido. Supo que iba a morir. Sus compañeros no lo dejaron solo: Pedrito Miranda, Juan “Chiquito” Zalazar, Osvaldo Colombo, Sergio Scarano, el suboficial Pedemonte. Lo acomodaron junto a su ametralladora, le dieron agua, ánimo. Allí se quedó, junto a otros compañeros caídos, de guardia eterna.
Hoy, Jorge descansa en las Malvinas. Pero en San Andrés de Giles su recuerdo está vivo. Lleva su nombre una plaza en Villa San Alberto, una escuela técnica, un camino, un camión que recorre el país. Hay un monumento en el cementerio local, un cuadro pintado por Julieta Ocampo, canciones de Marcelo Molinari y Juando, poesías de Adoquín Blanco, Agustín Quagliariello y Mariano Gallo. Tantos homenajes más.
Y cada 2 de abril, detrás de la estatua “Maciel, el Soldado del Campo”, hecha por Marcelo Daverio, cientos de vecinos se reúnen para seguir recordándolo, cantando el himno a capella, con 649 antorchas prendidas.





