Una vez, en un asado entre amigos, me preguntaron desde cuándo soy periodista. Les respondí que prácticamente desde que empecé a hablar. Se me rieron en la cara, claro, y alimentaron la teoría de que soy un exagerado (que ojo, no es lo mismo que ser un mentiroso). Tenía cómo explicarlo, aunque mucho no interesó: para ellos, el “título” de exagerado ya era suficiente. Y en estos tiempos, los títulos mandan.
Mis recuerdos de la infancia son un loop de juegos a la radio o la TV después de visitar los estudios de Radio Vall o del extinto Canal 26 con mi madrina, Lorena Stupiello. Ella fue quien me regaló ese primer grabador que transformó el juego en oficio. Si buscan culpables algún día, ella es una.
Poco después, el periodismo se mezcló con el olor a nafta de los autos de carrera. Mi viejo, Ariel, formaba parte de un equipo que transmitía el TC Regional junto a Aníbal Gauna, Marcelo Ríos, Juano Stupiello y Anselmo Luraschi. Con mi voz finita, pero con mucha garra, hacía mi aporte leyendo clasificaciones y los resultados de las carreras. Mi mamá, Carolina, todavía cuenta que cuando empezaba Carburando me quedaba petrificado frente a la tele tarareando la cortina musical. “Carola” era la relatora oficial de mis propias carreras de bicicleta por los pasillos de casa.
En el Colegio Nacional me hice un poco más periodista. Hubo docentes que fomentaron mi lectura y escritura; y directivos que, sabiendo que era de los pocos “caraduras”, me convocaban para cada micrófono disponible en los actos patrios. En la secundaria, dentro de la materia de Jorge Rivara, nació un proyecto que recuerdo con un cariño especial: El Nacional, el diario del colegio. Fue un furor. No solo ganamos algo de plata, sino que causábamos un quilombo lindo en cada recreo.
Los años pasaron y mis tardes se dividieron entre estudios de radio y talleres mecánicos. Relataba carreras o partidos de fútbol hasta que llegó el momento de emigrar. El periodismo ya era indiscutible. Me formé en la escuela de Quique Wolff y luego con la Licenciatura en Periodismo, mientras aprendía el oficio de la imprenta con mi gran amigo Leandro Lobo, a quien le agradezco haberme enseñado a ensuciarme las manos con tinta y manejar algunos programas de diseño.
Siempre repito que tuve la suerte de trabajar de lo que me gusta desde muy chico. A mis 22 años, Marina Moretti recién asumida como senadora, confió en este joven estudiante para ser parte su comunicación, apostando por un gilense con muchas ganas y una gran inexperiencia en un ambiente donde solían mandar los nombres con décadas de pasillo en La Plata. Fiel a su estilo.
Esa oportunidad fue mi segunda universidad.
Luego llegó Infociudad. Fue una idea que tuve la fortuna de compartir con Juan Sofía, aquel profesor de geografía del Nacional que la vida me volvió a cruzar para soñar juntos. Como ya les conté, el sótano de mi abuela Noemí fue nuestro primer hogar (Ver historia).
Desde el día uno, nuestra obsesión no fue la primicia ni lo urgente. Queríamos un espacio que pusiera en valor a los vecinos, la historia y esos rincones de Giles que nos inflan el pecho. Al tener todos otros trabajos, nos dimos el lujo —que no todos los medios tienen— de escribir sobre lo que nos causa satisfacción.
Infociudad no combate colegas ni se disputa la verdad; tiene una identidad auténtica, una mirada que se puede compartir o no, pero que es propia. Si me preguntan hoy cuál es la misión de Infociudad, diría que es hacer un Giles mejor. No queremos ser simples relatores; queremos contribuir, replicar buenas ideas y fomentar un debate que nos haga crecer. Con aciertos y errores, seguimos ese objetivo.
Este medio me dio la oportunidad de trabajar con amigos y de hacer nuevos. Sofía Stupiello es un ejemplo, juntos formamos un equipo que se divierte, se emociona y nunca deja de proyectar. Tengo mucha suerte de transitar este camino con Sofi de quien aprendo permanentemente.
A veces digo que no me siento “periodista” en el sentido tradicional del profesional que investiga y hace de la curiosidad o la duda, una nota que cambia realidades. Particularmente me atraviesan los medios y la comunicación. Me apasionan. Fue esa misma pasión la que, mientras gritaba goles en una cabina del Papi Fútbol de Cucullu en una noche de verano -por el pancho y la coca-, me permitió conocer a Ornela. Años después, tuvimos a Amelia y formamos nuestra familia ¡Ya se pueden dar una idea lo que le debo al oficio de las palabras!
Por eso, la comunicación no solo me dio a Infociudad, de quien estoy profundamente orgulloso y hoy celebramos; me dio la vida que agradezco cada mañana. Gracias a todos los que pasaron por Infociudad -seguro de alguien me olvidé y le pido perdón-, a mis mayores lectores, mamá, papá y mi hermano; y a ustedes, que se hacen sentir cerca cada día.
Gracias también a todas y todos los que escribieron en este día sus columnas para Infociudad, hermosas palabras.
Un fuerte abrazo.
Gonzalo Ifrán




