El camino de Flora llegó a su fin, pero lo hizo lejos de las rejas que la confinaron durante gran parte de su existencia. La tigresa de Bengala, que se volvió un emblema del desmantelamiento del antiguo zoológico de Luján, falleció en las últimas horas en el santuario AAP Primadomus, ubicado en Alicante, España.
Según informaron los especialistas que cuidaban de ella, el animal venía atravesando un proceso de deterioro físico lógico para un ejemplar de su especie que ya superaba los 20 años. Pese a los esfuerzos veterinarios, su cuadro se volvió irreversible, marcando el final de una de las historias de rescate más seguidas por los proteccionistas de la zona.
La vida de Flora cambió radicalmente en el año 2021. Tras años de reclamos por las condiciones de los animales en el predio lujanense, se logró coordinar un complejo operativo logístico para trasladarla hacia Europa. Aquel viaje no fue solo un cambio de coordenadas, sino la posibilidad de que, por primera vez, Flora pisara tierra firme, sintiera la vegetación y viviera sin la exposición al público.
En el santuario español, la tigresa logró desarrollar conductas naturales que el cautiverio le había arrebatado. Pasó sus últimos años bajo el sol del Mediterráneo, en un entorno diseñado para la rehabilitación de grandes felinos rescatados del comercio ilegal o el entretenimiento.
La partida de Flora reabre el debate sobre el destino de los animales que aún permanecen en instituciones similares en nuestro país. Su traslado fue posible gracias al trabajo articulado entre organismos estatales y fundaciones internacionales, sentando un precedente sobre la viabilidad de los santuarios como alternativa al zoológico tradicional.
Desde las organizaciones que participaron de su liberación, destacaron que, aunque la tristeza por su muerte es grande, queda el consuelo de que Flora pudo conocer la dignidad en el tramo final de su vida. Su historia quedará como un recordatorio de que la libertad, incluso cuando llega tarde, es el único final justo para estas especies.





