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CROMAÑÓN: El recuerdo de una noche fatal

La previaEl 30 de diciembre de 2004, Callejeros tocaba por tercer día consecutivo en Cromañon, un boliche de Balvanera. La que según el Diario Clarín había sido la banda revelación del año, presentaba “Rocanroles sin Destino” su último material discográfico.Antes de subir al escenario, Omar Chabán, inquilino del local, le pidió al público que dejen de tirar bengalas, ya que se podía prender fuego el lugar y terminar en una situación como la ocurrida en agosto de ese año en un supermercado paraguayo, en el cual murieron 327 personas.Antes de comenzar a tocar, Patricio Fontanet, líder de Callejeros insistió con el pedido. Como ya no había bengalas encendidas, empezaron a sonar los primeros acordes.El inicio de la canción fue acompañado de la aparición de nuevas candelas, cuyas bolitas de fuego impactaban sobre la mediasombra del techo. Esto hizo que la tela se encendiera y quemara los cables de la luz. Fue la antesala del horror.El infierno en la tierraLas llamas del cielo raso desprendieron un olor denso, amargo, asfixiante, que cubría de hollín todo lo que tocaba. La luz desapareció en un instante y en su lugar, apareció el deseo irrefrenable de aferrarse a la vida. Como el lugar no tenía ventanas, salir a la calle implicaba caminar a ciegas, tratando de recordar dónde quedaba la entrada, mientras el humo invadía los pulmones y el oxígeno aparecía a cuentagotas.Cromañon estaba habilitado para recibir a más de mil personas, sin embargo, esa noche había más de tres mil. A la oscuridad y al humo, se le sumaba tener que dar pasos lentos, chocando siempre contra el cuerpo transpirado y desesperado de los demás. Se trataba de una maratón mortal: Salir significaba pisar las espaldas, las cabezas, las piernas de los que ya no aguantaban y caían desmayados. La salida de Cromañon era un camino de cuerpos inconscientes.Esa noche, Chabán no quiso que nadie entrara al recital por las puertas de emergencia, evitando pagar los quince pesos que valía la entrada. Para esto, cerró las puertas de emergencia con candados y alambres. El legendario productor del rock nacional se salió con la suya: Nadie pudo entrar por allí, pero tampoco nadie pudo salir. Cientos de pibes corrieron hacia la luz verde que indicaba la ubicación de las puertas de emergencia, pero al llegar, se encontraban taponados y empujados por la masa de espectadores.Del otro lado, se podían escuchar cómo los golpes impactaban contra la puerta, hasta ir apagándose de a poco, como esas canciones que terminan disminuyendo el volumen lentamente hasta que no se escucha nada. Uno a uno los adolescentes caían dormidos, anhelando que alguien tenga piedad y les alcance una cuota de oxígeno.Quienes eligieron la puerta principal de Cromañon, tampoco la tuvieron fácil. Para llegar a ella se chocaron con obstáculos como columnas y escaleras. Al llegar a la salida, se encontraban con que el portón estaba cerrado y tenían que salir de a uno y agachados por la diminuta puerta del medio.La Buenos Aires gobernada por Aníbal Ibarra, no tenía preparado un protocolo para las grandes emergencias. Fue así que los propios fans de Callejeros tuvieron que ponerse en el rol de enfermeros y bomberos, y entrar en repetidas ocasiones al local para rescatar a quienes no habían llegado a la calle.El día despuésLos hospitales explotaron. Los padres llegaban desde toda la ciudad y distintos puntos del conurbano para buscar a sus hijos. Muchos no los encontraban y tuvieron que empezar una peregrinación que los llevaba de hospital en hospital y de morgue en morgue.No sabían que eran testigos de la tragedia no natural más importante de la historia argentina: 194 personas murieron asfixiadas y más de mil fueron heridas.En los días posteriores a la masacre, los inspectores de la Ciudad de Buenos Aires clausuraron muchísimos clubes nocturnos. Era tarde, mientras ellos trataban de recuperar el tiempo perdido, cientos de padres estaban en los cementerios llorando los restos de sus hijos.Las responsabilidadesEl dueño del edificio de Cromañón era Rafael Levy, un empresario acusado de trata de personas para la explotación sexual y laboral. El local tenía columnas y barras no declaradas en los planos. Las ventanas que sí aparecían allí, habían sido tapiadas. Extractores de humo no había, ya que el techo estaba ocupado por tres canchas de fútbol 5.Entre la mediasombra y el cielo raso, se extendía un colchón de espuma de poliuretano, responsable de expandir el monóxido de carbono. Además, muchos matafuegos estaban vacíos. Los que estaban llenos habían vencido dos meses antes.La tragedia ocurrió porque Cromañón estaba abierto: Bomberos, policías e inspectores cobraron religiosamente, mes a mes, las coimas que llevaron a que luego murieran casi doscientas personas.Durante mucho tiempo se acusó a Callejeros como responsables de lo sucedido esa noche. Más allá de que el organizador del show fue Omar Chabán, es un error cargar las tintas contra la banda. El desastre fue generado por la falta de control. Los músicos no controlan, no inspeccionan, no regulan. Hacen música. Pretender culpar a Callejeros es como acusar a los jugadores de River por los desmanes producidos por los hinchas cuando descendieron a la B Nacional. Son protagonistas de un espectáculo, no inspectores de seguridad.Lo cierto es que la banda cumplió condena. También lo hicieron inspectores y bomberos. Chabán murió en 2014 dentro de una celda común.Actualmente, Rafael Levy se encuentra en libertad y está remodelando Cromañón. Afuera del lugar, se montó un santuario que recuerda a las víctimas.A lo largo de estos últimos 16 años, cuatro sobrevivientes se quitaron la vida y otro falleció a causa de una neumopatía que estuvo fuertemente influenciada por lo sucedido el 30 de diciembre del 2004.El 2021 llegará sin detenidos por la masacre de Cromañón. Sin embargo, los padres y los sobrevivientes se siguen movilizando como desde el primer día. Al igual que las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, entendieron que el dolor que han sufrido no lo pueden trasladar ni corregir, pero sí pueden enarbolar la bandera de la memoria, esa que nos recuerda de dónde venimos y nos ayuda a vislumbrar qué caminos hay que tomar para no repetir los mismos errores

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