


Infociudad accedió a fotografías históricas que revelan cómo eran los servicios funerarios en la década del 40, cuando los velorios se hacían en las casas y los fallecidos eran trasladados en una imponente carroza tirada por caballos percherones.
En una época donde el tiempo transcurría más lento y las tradiciones marcaban el pulso de la vida cotidiana, San Andrés de Giles guarda entre sus recuerdos una historia poco conocida pero profundamente arraigada en la identidad local: la de los servicios fúnebres que acompañaban a las familias en sus momentos de despedida.
La vecina Ana Diacobo atesora en su hogar un verdadero patrimonio histórico: fotografías de hace muchas décadas pertenecientes a la familia Rosso, que retratan no solo las calles de un pueblo que recién comenzaba a conformarse, sino también los rituales funerarios de la época en la provincia de Buenos Aires.

Su suegro, Regino Rosso, fue socio de un negocio que marcó una época: el “Cortejo Fúnebre de Cocheria Bruno y Rosso”. Ofrecían un servicio que combinaba solemnidad y distinción, utilizando para los traslados una gran carroza fúnebre con cúpula y cruz, tirada por imponentes caballos de raza percherones, completamente negros.
El protocolo era impecable. El cochero, encargado de conducir el carruaje, vestía a la usanza inglesa: traje negro y sombrero bombín, aportando una elegancia que convertía al cortejo en una postal inolvidable para quienes lo presenciaban por las calles del pueblo.
El recorrido comenzaba en el domicilio del fallecido, donde se realizaba el velatorio. Desde allí, la carroza partía hacia la Iglesia para el responso correspondiente, para finalmente dirigirse al Cementerio Norte de San Andrés de Giles.

La práctica de velar a los difuntos en las propias casas era costumbre inamovible en aquellos años. Los velorios se extendían durante aproximadamente 24 horas, tiempo durante el cual familiares y amigos se reunían para despedir al ser querido. Eran encuentros comunitarios donde se compartían historias, se revivían pasajes de la vida del fallecido y se brindaba apoyo mutuo.
Con el amanecer, los más soñolientos se retiraban a sus hogares para descansar brevemente y luego regresar para asistir al funeral, completando así el ciclo de despedida.
Entre las cajas de fotografías antiguas, Ana también conserva el plano original de cómo era la funeraria en sus años de actividad. El establecimiento contaba con una caballeriza propia donde ubicaban a los percherones, y una cochera donde resguardaban las finas y enormes carrozas de época.
El edificio donde funcionaba este emprendimiento estaba ubicado en el lugar que hoy ocupa el Colegio Nacional de nuestra ciudad. La familia Rosso vivía allí mismo, en la misma propiedad donde tenían la funeraria.

Sin embargo, un hecho histórico marcaría el final de esta actividad: en 1951, la propiedad fue expropiada para dar paso a la construcción del histórico Colegio Nacional de San Andrés de Giles. La familia Rosso debió mudarse a una vivienda cercana, pero el negocio de la funeraria no continuó luego de la expropiación y terminó cerrándose definitivamente.
Hoy, el recuerdo de aquellos años permanece vivo gracias a los registros fotográficos que atesora Ana Diacobo. Las imágenes no solo muestran cómo eran los rituales fúnebres de mediados del siglo XX, sino que también constituyen un valioso documento histórico que retrata las calles de un San Andrés de Giles que comenzaba a definir su fisonomía.
Estas fotografías, que capturan la elegancia de los cortejos, la imponencia de los caballos percherones y la solemnidad de las despedidas, son un testimonio invaluable de las costumbres de una época en la provincia de Buenos Aires, donde hasta el último adiós se vestía de ceremonia y tradición.