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Ariel Puyelli: “sufrí abuso sexual de chico”

El poeta gilense Ariel Puyelli, escribió una nota para Clarín, en la que confesó haber sido víctima de un abuso. Bajo el título “Mundos íntimos. Sufrí abuso sexual de chico. Todo es confuso en esa etapa: llegué a pensar que no era víctima sino cómplice”, el escritor recordó el episodio e hizo un repaso de cómo lo afectó a lo largo de su vida.

La nota

No miraba hacia abajo
con vergüenza.
Ni era tímido.

Buscaba las piezas
de lo roto
para pegarlas
​y volver al entero.

Escribí esto más de cuarenta años después de haber sido abusado sexualmente dos veces, a los nueve y a los diez años. En ambos casos, por dos familiares. La poesía me ayuda a decodificar imágenes, fotos interiores, ciertos retratos, algunas situaciones. Darle ese contexto al recuerdo de aquel niño que fui, me ayudó a encontrarle un contexto diferente a lo que antes era vergüenza y culpa. Los abusos no son poéticos, pero la palabra sirve y mucho.

Un espacio donde sentirse protegido
No voy a contar quiénes fueron los abusadores ni detalles de los abusos porque no quiero. ¿Cuál sería la razón para hacerlo? Uno de ellos está muerto, al otro no lo voy a denunciar ante la Justicia y la familia más cercana está informada. Contar al público general detalles de los hechos me parecería otro abuso a aquel niño que fui. Lo que pasó fue lo suficientemente traumático para que, hasta bien entrada la adultez, no supiera cómo relacionarme con el sexo opuesto en una actitud de compromiso y entrega y otras consecuencias que señalaré más abajo.

El abusado teme confiar porque teme ser traicionado y tiene profundos problemas de comunicación. Desde los 21 años soy periodista, desde unos años más tarde soy escritor y educador; es decir que esencialmente soy comunicador. Pero también soy el que tuvo que aprender a comunicar-se a los 50 años.

Mi historia es una más de tantas historias de hombres que recién en la adultez pueden ver, reconocer y verbalizar abusos en la infancia, sean del tipo que sean. Hombres que frente a noticias relacionadas a abusos se indignan y condenan, pero que, en el mejor de los casos, no alcanzan a comprender que “no fueron responsables ni cómplices” de sus propios abusos y se perpetúan en la culpa, la vergüenza y el silencio. Como lo hice yo hasta el 2013, cuando pasé a la segunda página del libro “La cacería del ángel”, de Sebastián Di Silvestro, en el que relata abusos sexuales de eclesiásticos y laicos relacionados a ellos, hacia niños de Turdera, una ciudad bonaerense que no conozco. Quizás sea parecida a la mía natal, San Andrés de Giles, que por entonces era más pueblito de campo que hoy y en el que nunca se habló abiertamente de abusos. Mucho menos a niños.

Nací en 1963. Crecí en una familia de seis hermanos varones. Soy el tercero. O el cuarto, contando una muerte gestacional. Madre ama de casa y padre bancario. Clase media. Madre desamorada y padre ausente. Por otra parte, tratando de rescatar otro tipo de huellas genéticas, madre lectora y amante de la música clásica y padre casero y de casi nula vida social. Desde chico supe que el banco no era lo mío, como sí lo fue para mi padre y mis dos hermanos mayores. Creo que inconscientemente culpaba a los números -a sus empleos contables- de que mi padre estuviera poco tiempo en casa. Hoy lo veo diferente, claro.



No tengo hijos. Alguna vez lo deseé (no sé si tener un hijo o un niño en mi casa) y cuando formé una pareja estable, pasados los cuarenta años, me di cuenta de que realmente no lo deseaba. No quise tener hijos. Afortunadamente coincidimos con mi esposa. Yo sentía interiormente que “no quería traer a este mundo” a un niño. Me refería al mundo según lo percibió aquel pibito que a los diez años empezó a estar en un permanente estado de alerta, a tener trastornos de sueño, de relaciones con los otros y con la aceptación de su cuerpo, que quería tomar whisky y fumar cigarrillos porque eso lo introducía en el mundo de los adultos y al ser adulto dejaba de peligrar su integridad física y psicológica. Si crecía rápido, se volvía grande rápido y podía defenderse.

En un acto escolar, Ariel Puyelli vestido con ropa folklórica. Por esa época, vivió los momentos oscuros. 

Mis dos hermanos mayores fueron alumnos internos o pupilos en un colegio católico toda la secundaria, por lo que regresaban a la casa familiar solo en tiempos de vacaciones. A los diez u once años mis padres me convirtieron en hermano mayor, con lo que eso significa en una familia numerosa. Tuve que ser la mano derecha de mi madre, su Juanita (¿te acordás de Doña Petrona?), muchas veces un milico, en ocasiones una especie de tutor y esporádicamente el maestro particular de mis otros tres hermanos o algunos de ellos. Cuando le conté a uno de mis psicólogos que además mi madre me obligaba a acompañarla a los velorios del pueblo porque “a mi padre no le gustaban”, me dijo que madre me convirtió en su esposo. Todavía hoy me cuesta digerir el concepto porque desgraciadamente me resuena.

Tuve mi intento de evasión de esas responsabilidades (o una especie de licencia) metiéndome de pupilo yo también un año, el primer año de la secundaria, en ese colegio de Ramos Mejía. Un ciclo lectivo me bastó para darme cuenta de que no era la mejor decisión. Casi sesenta niños y adolescentes en una institución religiosa, cerrada herméticamente a la realidad del mundo exterior y con aquellos secretos a voces entre los más grandes y algunos de los más chicos… Era preferible regresar al pueblo.

Mi familia, como la de varios compañeros de colegio o del barrio, era un matriarcado. Feroz y absoluto. Sin lugar a opiniones ni sentimentalismos. “Yo los hice bien machitos”, declamaba mi madre cuando alguno mostraba algún rasgo de sensibilidad. Yo me sabía varón y no tenía conflicto con ello, pero en ese contexto y mucho menos en el de una sociedad homofóbica podía contar lo que me había pasado y me confundía, me atormentaba, me apretaba la garganta, sobre todo los primeros años de adolescencia y cada vez que estaba cerca de los que me habían obligado a cargar ese secreto que pesaba una tonelada.

Sentí que debía aferrarme al silencio, porque estaba seguro de que si contaba lo que había pasado, iba a ser castigado, humillado, señalado en el círculo íntimo y en la sociedad de ese pueblo pequeño donde todos se enteran de todo; y principalmente en mi mundo social, el colegio parroquial, colegio de varones que hacían alarde de su hombría a las trompadas y a base de bullying, frente a la mirada pasiva de los adultos que enarbolaban el mensaje “defendete, no seas mariquita”.

El tamaño de mi secreto me asfixiaba en ocasiones. El no saber cómo procesar lo que había ocurrido era un tormento. No se me ocurría que podía ser víctima, sino más bien cómplice. Si todo había sido un juego inocente, era muy sospechoso el recelo del otro para que no lo contara. Ser cómplice de algo que otros niños no hacían, según entendía, era extraño. Algo estaba mal. Y, como le ocurre a la mayoría de las víctimas, finalmente me convencí de que lo que estaba mal era yo.

Después de varios años de terapia, a los 55 años, pude hablar con mis padres, contarles acerca de los abusos. Yo pude hablar, pero ellos no pudieron, no quisieron o no supieron enfrentarlo y cortaron la relación conmigo unos meses antes de que ambos fallecieran. “¿Por qué tenés que contarlo ahora”?, fue la gran pregunta que me hicieron y que tuvo eco en un par de hermanos. No sabía por dónde responder: si por el “tener que contarlo” o por el “ahora”. Mi relación con ellos venía siendo cada año más distante, principalmente con mi madre. Si bien pude hacer un duelo anticipado que amortiguó el impacto de sus muertes, siempre quedará algo pendiente. De todos modos, creo haber hecho las paces con ellos. Con respecto al abusador que sobrevive, no lo sé. Cuando lo enfrenté al recuerdo del hecho –no a mi trauma– dijo que no lo recordaba. Sé que luego lo repitió frente a otros de la familia con la misma cara de desconcierto. La amnesia de los abusadores es fenomenal. Sospecho que él también fue víctima en su infancia o adolescencia.

Si algo aprendí en estos años, es que hay que hablar. Cuando y como se pueda. Sé de personas que recién han podido contar este tipo de traumas infantiles a los 70, 80 o 90 años. Y muchos más se llevan sus historias a la tumba. Las víctimas que se sienten contenidas, cuando pueden hablar, descargan gran parte del peso. Yo lo experimenté. En primer lugar, con mi esposa. Luego con un psiquiatra amigo, que lo primero que me hizo destacar fue cómo, “a pesar de todo” había podido constituirme en un hombre capaz de amar, de formar un hogar, de llevar una vida digna. Más tarde, armado hasta los dientes, buceando en las profundidades, con el acompañamiento de psicólogos. Todo tiene un costo y aquí no hay excepción alguna. Desde rupturas de relaciones como las que cité más arriba, hasta acusaciones, pueden ocurrir hechos desagradables y perturbadores o re traumatizantes. Tuve suerte de resistirlos gracias al apoyo, la comprensión y el respeto de las personas que elegí como red de contención. Mi yo adulto pudo enfrentar a los otros adultos y al mismo tiempo proteger a mi niño y sus heridas.

Las cicatrices de nuestros pedazos reparados son nuestra memoria. El asunto es reparar y enfrentar el duelo. Cuando a los cincuenta hice una revisión de mi vida y me di cuenta de cuánto y cómo habían influido en mi personalidad los traumas de la infancia, primero sentí enojo, porque esos hechos y otros, ajenos a mi responsabilidad, me habían desviado del camino que supuestamente tenía trazado para mi desarrollo potencial. Si mis acciones y reacciones estuvieron siempre condicionadas por aquellos eventos traumáticos, ¿hasta qué punto había vivido y actuado libremente?

Fue una sensación espantosa. Me enojé no solo con quienes se habían aprovechado de mi inocencia, sino sobre todo de quienes debieron cuidarme y protegerme; de esos mismos que tuvieron que haberse dado cuenta de que algo me había pasado, de que algo había cambiado en mí, de que algo se había hecho pedazos en mi alma. Luego sentí tristeza por aquel chico tan machucado emocionalmente. Más tarde, vergüenza por algunas de mis relaciones y la forma en las que las llevé adelante. Pero finalmente, entendí que en realidad todo eso componía el camino. Ni más ni menos. Y descubrir los recursos que esa misma personalidad traía consigo para dejar de ser víctima y convertirse en sobreviviente, fue un hallazgo. La palabra escrita fue siempre uno de esos recursos.

En mi revisión literaria, pude ver cuántas líneas de mis libros infantiles había escrito mi niño interior y cuántas había escrito yo, el que escribe esto, el que se está pasando la vida trabajando en construirse como autor, en el sentido más amplio, más existencial.

Miro una de las fotos que tengo en mi escritorio: Colegio de Hermanas, cinco años, primera semana de primer grado. En esa foto era feliz. Creo que estaba entero. Quiero creerlo.

En esa foto ahora que escribo esto, creo encontrar otra información: escribí todo lo que escribí para ese niño en particular. Sólo para él. Lo que él hizo, en todo caso, fue utilizar a este adulto para compartir los textos con otros niños.

Le explico que no era tan perro verde por tener muy pocos amigos, enfrascarse en los libros y la radio, por buscar la soledad, dormir con un solo ojo y desconfiar del contacto con los otros. Era que tenía miedo a abrirse y ser lastimado. Y hoy, la historia es otra.


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