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Historias de Malvinas: Alberto Fleitas

En el año 2003, la historiadora local Graciela León, publicó “De mi Pueblo a Malvinas”, un libro en el que recoge los testimonios de alguno de los veteranos gilenses de la Guerra de 1982.

El relato de Alberto Fleitas

Cuando se inicia el conflicto de Malvinas, yo me encontraba recién incorporado al Servicio Militar en la IX Brigada Aérea de Comodoro Rivadavia. De entrada, me tocó bien lejos, en el sur, que, en realidad, era lo que a mi me gustaba: ir a conocer otros lugares lejanos.

Una semana antes, comenzaron a prepararnos. Nos dijeron que regresaríamos de licencia a nuestros pueblos. En esos días previos a la guerra, no advertimos nada anormal. Todo era paz para nosotros. Cumplíamos las guardias y los trabajos propios de un soldado.

El 2 de abril, tomamos el armamento pesado y ahí nos preguntamos: ¿A dónde vamos?

El mismo 2, a la tarde, llegamos en avión a Malvinas. El desembarco había ocurrido de madrugada y nosotros arribamos a la tarde. Tranquilo y desolado.

Al descender en el aeropuerto, vimos muy pocos militares puesto que nuestras fuerzas hacía pocas horas que habían tomado posesión de las islas. Eramos los primeros y todo estaba tranquilo y muy desolado.

El paisaje no me llamó demasiado la atención porque lo encontraba muy parecido al de Santa Cruz: las montañas , los cerros , el mar , las piedras. Nos dedicamos a hacer pozos para nosotros y para los que Iban después.

Nos ubicaron detrás del aeropuerto y alli armamos las carpas donde dormiríamos. Nos dedicamos a hacer pozos para nosotros y para los que iban llegando. Después realizábamos tareas propias de soldados , como las guardias.

Los días transcurrían serenamente hasta el 1º de mayo . Ese día comenzaron los bombardeos. Nuestro grupo, integrado por unos 48 soldados , oficiales y suboficiales , se dispuso a dormir cómodamente . Era muy raro que nos metiéramos en las bolsas de dormir. Como nunca pasaba nada, nos quitamos cascos y borceguies . Yo me dormi tan profundamente que no oí el estruendo de las bombas que cayeron: una de ellas, a dos metros de la carpa, había abierto un cráter .

Me despertó un compañero a los sacudones:

— ¡Vamos, que empezó la guerra!

Cuando abrí los ojos vi que la carpa estaba volada en su parte superior. Manoteamos los cascos, los borceguíes, las armas y nos refugiamos en los pozos. Un oficial nos pidió que nos nombráramos para ver quiénes estaban. Faltaba mi compañero Bordón, con quien éramos muy amigos. Él era mi hermano de la guerra.

Pensamos que estaría en otro sector. Cuando pasaron los bombardeos, regresamos a la posición y hallamos muerto, en la carpa, al soldado Bordón. Una esquirla lo había alcanzado en la cabeza. Fue el peor momento que viví en la guerra, y del cual casi nunca hablo. Después de haber visto a mi compañero muerto, pensé: “Ya no me importa nada. Si me toca a mí, me toca”.

Con él íbamos todos los días a llevar el desayuno y la comida a los soldados que estaban en los puestos de vigilancia. Nos indicaron que lo dejáramos ahí porque se harían cargo de su cuerpo los que quedaban.

Nosotros nos retiramos a otra posición, más segura, cercana a las piedras. Armamos nuevamente las carpas, más o menos a una altura de un metro, con capacidad para cuatro o cinco soldados. Lo malo es que se nos venía el mar a la noche y nos mojaba todo. No podíamos alejarnos porque necesitábamos el refugio de las piedras para los bombardeos, que a partir del 1º de mayo fueron constantes. Ese día, vimos en la lejanía las luces de tres fragatas inglesas que se aproximaban.

Nuestra misión era la de cubrir esa zona. Como éramos fusileros, debíamos vigilar y hacer frente a ese desembarco. Todo el resto de la costa estaba controlada por otro regimientos.

Cada dos o tres días caminábamos al aeropuerto, distante unos tres kilómetros, a buscar alimentos y otras cosas. A la comida la íbamos a buscar con un cilindro a un puesto de cocina que estaba a 700 metros, cerca de un faro.

La gente de la fuerza aérea nunca tuvo problemas con la alimentación. Comíamos muy bien, por lo general la ración era guiso de mondongo muy sustancioso. Bebíamos gaseosa en lata.

Agua de manantial

Al agua la obteníamos de un manantial cercano. Allí llenábamos jarros o botellas de agua muy pura y riquísima que caía entre las piedras. Yo llegué con 67 kilos y volví con 80. Creo que fuimos los más favorecidos, los que no pasamos hambre.

En cuanto al clima, los fríos, los vientos, yo me adapté rápidamente porque como hacía tres meses que estaba incorporado en Comodoro Rivadavia, me acostumbré al paisaje y al tiempo de esa zona. Por la mañana nos despertábamos. a eso de las siete, salíamos; nos formábamos e izábamos la bandera en un mástil portátil que habíamos llevado y que plantamos en el lugar. Mientras subía la bandera, cantábamos el Himno Nacional.

Luego del desayuno, tomábamos las herramientas: palas y picos. Los picos los utilizábamos en caso de hallar piedras en la tierra. Trabajábamos con palas chicas que no cortaban mucho. Llenábamos bolsas con tierra y formábamos parapetos, que son como paredes defensivas.

Luego venía el almuerzo, y a la tarde descansábamos un rato. A la noche llegaba un cabo y destinaba tres o cuatro soldados para los diferentes puestos de guardia. Observábamos el mar, especialmente.

En los momentos de descanso, charlábamos, leíamos las cartas de nuestras familias; al que le gustaba fumar, fumaba; otros leían y jugaban a las cartas.

Se esperaban mucho las cartas. Llegaban dos veces por semana. Como mi compañero Ávila descargaba los aviones, separaba las cartas para nuestro grupo.

En caso de enfermedad, teníamos un médico de la Brigada que nos atendía. Tratábamos de mantenernos presentables. No nos afeitábamos todos los días porque con barba estábamos mejor camuflados.

Antes del 1º de mayo podíamos bañarnos, pero luego era imposible, a menos que nos animáramos a tirarnos al agua helada. Veíamos con frecuencia pingüinos, patos y muchas aves, pero cuando comenzaron los bombardeos, desaparecieron, ya que los estruendos eran terribles.

Vienen desembarcando

Una noche, antes del 1º de mayo, estaba de guardia y veo unos bultos que se movían y caminaban, uno detrás de otro, por un canal seco. Percibía claramente unas pecheras blancas.

De inmediato se lo conté a un compañero:

— ¡Mirá! ¡Ahí vienen desembarcando! Viene gente ¡Fijate, allá van! Avisale al Cabo.

Mi compañero le informó de inmediato al Cabo:

— ¡Parece que hay gente! Se ven manchas blancas que salen del mar y van para el aeropuerto.

El cabo fue a observar y corroboró lo que nosotros veíamos:

— Sí. — murmuró — Parece gente que va al aeropuerto. Lo unico que falta es que no hayamos vistos desembarcar y tomen el aeropuerto.

“¿Para qué estamos nosotros acá?” pensé yo. Llamamos por teléfono al aeropuerto, comunicándole la novedad. Como ellos podían visualizar mejor, al rato nos dijeron que nos quedáramos tranquilos, puesto que se trataba de pingüinos que regresaban del mar en busca de los nidales. En ese lugar no utilizábamos infrarrojo, sino que observábamos a simple vista. Los pingüinos son muy grandes y a una distancia de 200 metros, es plena oscuridad, es fácil confundirse.

Nuestro jefe era el Teniente Luppo. Yo integraba un grupo de cinco soldados que estábamos a cargo del Cabo Hugo Brizuela. Era muy joven, apenas unos 20 años. Provenía de Córdoba. Estaba recién recibido, tenía mucha fuerza espiritual. Nos daba ánimo constantemente y nos decía que no debíamos tener miedo. Era muy compañero nuestro y ya nos había advertido que, si teníamos problema con otros cabos, se lo informáramos de inmediato.

Llegó un momento en el que abandonamos la posición de las piedras. Nos dirigimos a un faro y nos instalamos en el interior. El faro estaba desactivado.  Durante dos noches cubrimos el lugar y luego regresamos al aeropuerto.

Ahí volvimos a armar las carpas, estábamos muy cerca del aeropuerto del GOE,  Grupo integrado por oficiales y suboficiales. Ellos utilizaron una calera abandonada en cuyo interior las antiguas maquinarias formaban una estructura muy segura.  Este refugio sirvió también para nosotros. El GOE utilizaba infrarrojo para ver en la oscuridad, era tan potente que si en el aeropuerto, que está a unos 150 metros de nuestra posición, un soldado fumaba, se veía al cigarrillo como si fuera una linterna. Además se veía claramente las personas, los soldados, etcétera.

Cuando llegaban los aviones de noche, nosotros encendíamos las balizas de aceite en la cabecera de la pista. Cuando el avión aterrizaba,  las apagábamos para que no viera el enemigo. El avión era descargado con los motores en marcha, cuando iba a despegar volvíamos a encender las balizas. 

La zona era una de las más castigadas ya que los ingleses intentaron destruir la pista y el radar. Durante el día, bombardeaban los aviones y a la noche sufríamos el cañoneo naval, que era lo más terrible.  A los aviones por lo menos los podíamos ver desde los pozos, pero en la oscuridad no sabíamos a dónde caerían las bombas que arrojan desde las fragatas.  Tenían bastante puntería.

En mi caso yo nunca sentía miedo, no sé realmente si sería inconsciencia pero si me decían “Andá a buscar agua al aeropuerto o cualquier otro elemento”, yo era capaz de ir bajo el cañoneo

Una noche, cuando estábamos con el Grupo de Operaciones Especiales, nos correspondió  la tarea de custodiar algunos aviones Aeromach que habían quedado en la pista junto a  algún Pucará.

A eso de las siete de la tarde, nos metimos en el refugio. Un Cabo del GOE, dijo:  

— Yo voy a hacer el primer turno de guardia. ¿Después quiénes van?

Nos organizamos para cubrir las guardias junto a los aviones.  No había pasado una hora, cuando comenzó el cañonero. El Cabo regresó a la calera:

— ¡Qué vamos a hacer guardia! ¡No se puede! Tenemos que permanecer todos en el refugio. 

No pudimos dormir en toda la noche, parecía que las bombas estallaban a escasos metros de la calera. Por lo tanto, nos quedamos sentados esperando que llegara el día. Cerca de nuestra posición había baterías antiaéreas. Cuando el cielo estaba despejado nos entreteníamos observando los disparos contra las aviones ingleses. Cuando disparaba la artillería se hacía un humito en el cielo. Nos divertíamos con eso, esperando que alguna vez acertaran, pero era muy difícil lograrlo. 

Llegó un momento en el que comenzamos a darnos cuenta que al final estaba próximo. Se decía que los ingleses avanzaban. Un regimiento que estaba detrás nuestro fue llevado al frente y regresó un solo soldado. Pensábamos,  “ahora nos toca a nosotros”.  Por suerte no fue así, aunque a veces me da bronca: estuve allá y no disparé un solo tiro. Aunque comprendo que cumplimos con la misión que nos encomendaron. Las guerras se ganan combatiendo y, a veces, sin combatir.

 Nos rendimos

Una mañana estaba sentado en la cocina, y me dediqué a limpiar mi fusil. Lo desarmé completo y comencé la tarea. Llegó entonces un Superior y me dijo: “ ármelo y déjelo porque nos rendimos”. 

Ni siquiera lo armé, lo dejé como estaba. Fue un momento muy duro para nosotros, ya no podíamos hacer nada. Habíamos cumplido con nuestra misión,  pero ya que estábamos ahí, nos hubiera gustado tenerlo en frente al enemigo.

Apenas unos minutos después de tomar conocimiento de la rendición, vimos pasar a un inglés. Ya andaban caminando entre nosotros. Los conocimos por la ropa y el aspecto.

Apenas nos avisaron pensé: “Ya están acá ¿Cómo llegaron tan rápido? 

Nuestros superiores nos indicaron que no prestáramos ninguna ayuda a los ingleses, que no tocáramos nada, y que si nos mandaban alguna parte, no fuéramos.

El pueblo estaba lleno de elementos tirados por todas partes: cascos latas etcétera. Había que juntar todo y llevarlo al puesto de avanzada, donde también entregamos las armas. 

Una vez cumplida la entrega de armas, regresamos con nuestro jefes al aeropuerto. Estábamos en calidad de prisioneros. Una vez finalizada la guerra, los kelpers salieron a la calle, ya no tenían miedo. Con nosotros se han portado bien, no nos maltrataron. Por parte de los soldados argentinos, tampoco hubo agresividad contra la población de Puerto argentino. En cuanto a los ingleses, podemos decir que el trato fue bueno. 

Por supuesto que cuando algún soldado argentino mostraba enojo o se hacía el cancherito, lo bailaban un poco: salto de rana cuerpo a tierra etcétera

Nos dolía ver que los están bailando, pero se la habían buscado ¿Para qué hacerse el malo si ya se había terminado todo y no había nada que hacer? Volvíamos a nuestras casas, así que lo mejor era quedarse tranquilos. 

Transcurridos un par de días, nos conducen a la costa,  nos palpan para evitar que llevemos algún objeto y nos embarcan al Bahía Paraíso.

Uno de nuestros jefes, el teniente Luppo, al ser interrogado por los ingleses sobre su actividad militar dijo que era artillero. Esta declaración dio motivó a que lo dejaran diez días más en las islas, y que lo emplearan para desactivar bombas.

En el Bahía Paraíso navegamos hasta Puerto Quilla, desde donde partimos en un avión Foker hasta Comodoro Rivadavia.

Una vez en esta ciudad, nos dirigimos a  la IX  Brigada Aérea, que era nuestro asiento. Allí nos esperaban nuestros compañeros que se habían quedado. Fue emocionante, nos llevaban para todos lados con mucha alegría.

 Mis padres vivían en el horno de los señores Salvador Claín y Ángel Rodeja. Yo enviaba las cartas a nombre del señor Rodeja y él se las hacía llegar a mis padres. Tuve una licencia de 15 días y pude reencontrarme con mi familia. Luego regresé a Comodoro. Nos dieron otro permiso, hasta que el 1º de noviembre tuvimos la baja definitiva. 

Cuando me incorporé a la Fuerza Aérea, tenía intenciones de quedar enganchado y seguir la carrera. De no haber ocurrido lo de la Guerra, lo hubiese hecho. Pero luego de vivir esa experiencia desistí de continuar. 

Dee todas maneras, me costó mucho dejar a mis compañeros, con quienes habíamos creado tan fuertes lazos de amistad. Me daba lástima salir y dejarlos. 

Creo que la guerra no me cambió, sigo siendo el mismo. Lo único que lamento es la muerte de mi compañero. Estoy orgulloso de haber ido a Malvinas. Cuando era chico en la escuela Nº 24 nos hablaban de las Islas, nos decían que eran argentinas, las veíamos en el mapa. Nunca imaginé que las iba a conocer así, como combatiente

En la actualidad tengo tres hijos: Lorena de doce años; Mauro de diez; y Denis de cuatro. Solemos tener largas charlas sobre mi experiencia de guerra en Malvinas. Me cuesta hablar lo reconozco, pero cuando empiezo a hablar… ¡No paro más! 

Creo que debo transmitir a mis hijos lo vivido, porque eso habrá de pasar a mis nietos. Es como una herencia de familia. 

En tiempos de nuestro regreso de la guerra, solamente tocaba el tema con otros veteranos. Parecía que las demás personas no nos creían. Cuando me veían mucho más gordo que al partir para Malvinas,  me decían: “pero vos no fuiste a la Guerra, fuiste de fiesta”.  

Era raro que alguien se interesara por el tema y me preguntara. Los que me conocían   solían interrogarme: 

— ¿A dónde estuviste vos?

— Estuve en Malvinas.

—  ¿En qué parte? Mirá cómo estás de gordo. Vos no estuviste allá.

A mí me dolían mucho todos estos comentarios. Al final prefería callarme la boca:

—  Sí, tenés razón. No te voy a pagar para que me creas.

En cambio, ahora me parece que la gente va tomando más conciencia sobre lo ocurrido. Será tal vez por todo lo que se está haciendo por los actos que organiza el Centro de Combatientes de Giles. 

Notamos que cada vez se acerca más público junto al monumento a los caídos en Malvinas y conversa más con los veteranos Será que los años van pasando y se comprenden mejor los hechos. Cuando en los actos públicos el Centro de Combatientes participa y me corresponde ser abanderado, llevo la bandera con mucho orgullo como argentino y como veterano .

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