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Historias de Malvinas: Sergio Nascimbene

En el año 2003, la historiadora gilense Graciela León publicó “De mi pueblo a Malvinas“, un libro en el que se brinda información sobre las islas y se comparten testimonios de los vecinos que formaron parte del conflicto.

El relato de Sergio Nascimbene

En abril de 1982 yo me encontraba prestando servicio militar en la Novena Brigada Aérea, en Comodóro Rivadavia. Sabíamos que se iba a dar un acontecimiento muy importante porque comenzaron a prepararnos una semana antes del 2 de abril. Sospechábamos que íbamos a un lugar de mucho frío, porque llevábamos ropa más abrigada que la que usábamos comunmente en Comodoro Rivadavia.

Por el armamento, nos dábamos cuenta que se enfrentaría una situación bélica, o bien haciendo guardias o bien en batalla. La instrucción fue acelerada apenas cuatro o cinco días antes.

El 2 de abril, a la tarde, nos permitieron escuchar el mensaje del entonces presidente de la Nación, General Galtieri, en Plaza de Mayo. Se caía de maduro cuál sería nuestro destino. Ese mismo día, a las cinco, partimos hacía Malvinas.

Llegamos de noche. Lo primero que vimos fue la plataforma y la torre de central del aeropuerto, bastante modesta, con algunas luces. Caminamos unos 200 metros y nos encontramos con una carpa para 50 personas que habia armado para nosotros el contingente que partió una hora antes que el nuestro.

Dejamos nuestros equipos adentro de la carpa. Pasaron minutos y aparecieron entonces integrantes del GOE, Grupo de Operaciones Especiales,de nuestra Fuerza Aérea, a pedir soldados para hacer guardias. Designaron a un grupo de cinco soldados, entre los que me contaba yo y nos destinaron a vigilar la costa de inmediato. Los del GOE nos explicaron que había marines ingleses que no pudieron ser arrestados en la toma de Malvinas cumplida durante la mañana. Nuestra misión era la de vigilar, ya sea para avistar y detener a estos ingleses que aún estaban en las inmediaciones, o bien repeler al enemigo.

A las mueve de la noche ya estábamos ubicados en la nueva posición, muy precariamente, puesto que solo contábamos con las bolsas de dormir. En el lugar había un barranco y grandes piedras. No había playa, pero podíamos ver el mar. Pasamos toda la noche en estas condiciones, cumpliendo las guardias que consistían en dos horas de vigilancia y cuatro de descanso, y así sucesivamente en forma continua.

Al día siguiente, nos llegó la noticia de que los marines habían sido capturados, por lo tanto, la operación de toma de Malvinas, se consideraba cerrada. También recibimos otra información con carácter de trascendido: la flota inglesa se aprestaba a zarpar rumbo a Malvinas. En momento, entre soldados y oficiales de las fuerzas armadas, nadie creía que se iban a acercar, y si venían, que no habría enfrentamientos poque, quizás, se iba a detener a tiempo.

Regresamos después de un par de dias a la carpa cerca de la torre de vuelo, donde permanecimos todo el mes de abril, practicamente. Durante el dia, descargatamos aviones y a la noche, haciamos guardias frente a nuestra carpa, euidabamos aviones en el aeropuerto y en una oportunidad, un grupo de soldados nos dirigimos al pueblo para controlar un radar,

El movimiento de los aviones era muy intenso. Llegaban unas veinte o treinta máquinas por día, transportando alimentos y armamentos. La llegada de armamentos se incrementó mucho cuando se desató la guerra en sí. Yo creía que toda la gente que iba llegando a Malvinas eran soldados que cumplían el servicio en el sur.

Más o menos el 20 de abril, yo estaba haciendo guardia en el aeropuerto. Iba caminando y oigo que alguien me grita, era Alberto Puglelli. Fue una emoción muy grande ese encuentro. Además, pasaron muchas cosas en mi cabeza: “Están convocados de todo el país”, pensé. La guerra tomó otra dimensión. No era algo centralizado en el sur, sino que abarcaba toda Argentina y estaba llegando gran cantidad de gente.

En los últimos días de abril, la Fuerza Aérea recibió información sobre la proximidad de la flota inglesa. Las guardias comenzaron a reforzarse. Nuestra compañía estaba formada por cuarenta soldados y diez oficiales y suboficiales. Durante la noche, la mitad de esa compañía se dirigía a una posición ubicada a un kilómetro de distancia, sobre la costa. Alli se habían cabado trincheras precarias donde se vigilaba. A la noche siguiente, iba la otra mitad de la compañía y el resto descansaba.

El 1º de Mayo me correspondió la guardia en la trinchera. A eso de las cinco de la mañana, comenzó a sonar la alarma de proximidad de aviones. A los pocos minutos se escuchaban estruendos muy fuertes. No sabíamos dónde habían caído las bombas, hasta que vimos dos columnas de humo oscuro que salían del lugar de nuestras baterías antiaéreas. El cielo se pobló de las luces de las balas trazantes en busca de nuevos aviones enemigos.

Nuestro estado de excitación era tan grande, que no podíamos elaborar muchos pensamientos. A las ocho de la mañana, aproximadamente, dejamos la trinchera y nos dirigimos a la carpa. En el camino nos encontramos con el resto de nuestros compañeros que venían al encuentro.

– No vayan al aeropuerto porque está destruido – informaron.

Casi no pudimos terminar este diálogo porque se vino un nuevo ataque aéreo con mayor número de aviones. Vimos unos cinco aparatos que, en vuelo rasante, atacaban nuevamente el aeropuerto. Inclusive, vimos claramente las bombas que se desprendían de los aviones, la caída y la explosión de las mismas. Nos tiramos todos cuerpo a tierra y a los pocos segundos, no bien pasaron los aviones, corrimos a las trincheras que no estaban lejos. A partir de ese momento, esos pozos serían nuestras nuevas posiciones, puesto que al aeropuerto no podíamos regresar porque era un sitio muy peligroso, objetivo de los ataques ingleses. Por otra parte, nuestra carpa y sus alrededores estaban destruídos.

A través de charlas mantenidas con oficiales y suboficiales, nos enteramos que los aviones que atacaron a las cinco de la mañana eran los denominados Vulcan, con gran capacidad para transportar bombas. Provenían de la Isla Ascención. Fueron uno o dos aparatos. Los que llegaron a las ocho eran los Harrier, más pequenos y operados desde portaaviones, porque no tenían autonomia de vuelo como para venir de muy lejos.

En ese primer ataque del 1° de mayo, murió nuestro compañero Héctor Bordon, que dormía en la carpa. Yo no lo vi muerto porque estaba en la trinchera. También hubo heridos a los que ese mismo día se los transportó al continente. Nuestra vida era rutinaria y en condiciones muy precarias, puesto que los pozos improvisados para estar de guardia una horas se convirtieron en la vivienda permanente durante veinticinco días.

Había mucha humedad. Dormiamos adentro o afuera, a la intemperie, tapándonos con un nylon, o lo que teníamos a mano. Al cabo de los dias, fuimos al aeropuerto a buscar una lona que era un pedazo de carpa. Lo extendimos en el piso, le pusimos una estaca para lograr que se levante y tomara forma. En esta especie de carpa,

teníamos que estar acostados, pero nos resguardaba bastante. Hubo un momento en el cual nos habituamos al paisaje y al clima. Como estábamos constantemente al frío, al fin terminamos acostumbrándonos.

En las noches en que me tocaba hacer guardia, me llamaba la atención el reflejo de la luna en el mar, las distintas tonalidades de la escasa luz que había a la noche, sobre las aguas, las rocas y la estrecha faja de playa. Todo esto me quedó grabado: tal vez porque en esos momentos estaba solo. En las horas de guardia, se pensaba mucho, se observaba mucho más.

Para mí, mirar la luna era una forma de comunicación con mi gente, mis

familiares, mis amigos del continente.

Yo sabía que, del paisaje, la luna era común para todos, entonces al mirarla, me parecía que me comunicaba con los más queridos. A veces, a la noche, escuchábamos el parloteo de los pingüinos en la playa.

Había mucha humedad. Dormíamos adentro o afuera, a la intemperie, tapándonos con un nylon, o lo que teníamos a mano. Al cabo de los días, fuimos al aeropuerto a buscar una lona que era un pedazo de carpa. Lo extendimos en el piso, le pusimos una estaca para lograr que se levante y tomara forma. En esta especie de carpa teníamos que estar acostados, pero nos resguardaba bastante. Hubo un momento en el cual nos habituamos al paisaje y al clima. Como estábamos constantemente al frío, al fin terminamos acostumbrándonos.

En las noches en que me tocaba hacer guardia, me llamaba la atención el reflejo de la luna en el mar, las distintas tonalidades de la escasa luz que había a la noche, sobre las aguas, las rocas y la estrecha faja de playa. Todo esto me quedó grabado: tal vez porque en esos momentos estaba solo. En las horas de guardia, se pensaba mucho, se observaba mucho más.

Para mí, mirar la luna era una forma de comunicación con mi gente, mis familiares, mis amigos del continente. Yo sabía que, del paisaje, la luna era común para todos, entonces al mirarla, me parecía que me comunicaba con los más queridos. A veces, a la noche, escuchábamos el parloteo de los pingüinos en la playa.
En ese momentos de ocio charlamos mucho. Comunes eran los lamentos: “¡Mirá cómo estamos!”, “¿Qué pasará?”, “¿Cómo será un enfrentamiento?”, “¿Moriremos?”.

En ótros momentos tratábamos de pensar positivamente, justificando lo que estábamos haciendo, intentando hallarle un sentido y eso nos tranquilizaba. Si estábamos allí, lo hacíamos en representación de un país, de la patria. Alguien tenía que estar y nos gratificaba la idea de que éramos nosotros los que debíamos representar la soberanía. Estas ideas nos ayudaban psicológicamente.

El Jefe de la Compañia era el Teniente Luppo. El alférez Aguerre era el superior más cercano. Nuestra relación con los superiores era distante.

Formé una amistad a toda prueba con el soldado Roberto Disanzo, con quien compartimos muchas horas de guardia y trinchera. Sufrimos mucho juntos y eso nos hermanó. Aún hoy nos visitamos muy seguido y podemos decir que la amistad que tenemos viene de Malvinas. Ni hablar de la amistad con los combatientes de Giles, que llevó a unirnos después de la guerra y a trabajar en el monumento. Yo no estuve en Malvinas con los chicos de Giles, salvo con Fleitas y con Ávila, que estaban en mi grupo.

A partir del 1º de mayo, teníamos bombardeos todos los días. Nuestra posición en la playa, resultaba más segura porque se encontraba a un kilómetro del centro de los ataques que era la pista y la torre de control. No obstante, cuando oíamos la alarma de proximidad de aviones, nos metíamos en la trinchera o detrás de las rocas para encontrar un lugar con mayor resguardo. Prácticamente todos los días teniamos bombardeos de aviones y cañoneo de barcos por la noche, para lo cual, los barcos se acercaban a la isla. Durante una hora y media disparaban sobre las posiciones. El efecto psicológico era muy fuerte porque el sonido y la caída de las bombas, si bien no eran tan poderosas como las de los aviones, nos producían un stress mayor.

A fines de mayo, se produjo un ataque masivo de la aviación argentina a la flota inglesa, en el estrecho de San Carlos. Varios aviones Pucará, una vez cumplida la misión, aterrizaron en el aeropuerto. Un aparato A 4 llegó averiado. Buscaba pista para descender, pero la avería era muy seria. El piloto debió eyectarse y la máquina terminó estrellándose muy cerca de nuestras posiciones, lo cual fue muy impresionante, era una muestra de que se estaba combatiendo

A fines de mayo nos fuimos a hacer guardia con el Grupo de Operaciones Especiales de la Fuerza Aérea. Alli estábamos mejor porque ellos tenían mayor acceso a comida, ya que preparaban diariamente un almuerzo. La trinchera estaba en mejores condiciones. Tenían mejor armamento. Podíamos limpiar nuestras armas. Recibimos un muy buen trato por parte de ellos.

El GOE trabajaba con gran profesionalidad e ingenio. No tenían armas óptimas para evitar un desembarco. Entonces, como en el aeropuerto había aviones averiados por el cañoneo nocturno, sacaron las ametralladoras del aparato, les improvisaron un trípode, una plataforma, armaron un disparador, les improvisaron una trinchera y de esa forma, dispusieron el armamento para barrer la playa en caso de desembarco.

No digo que hubiesen evitado el desembarco, pero lo hubieran dificultado, Se veía en esos hombres del GOE una permanente actitud de combate. Estaban bien preparados y con el pensamiento puesto en la guerra. Nos enseñaron cómo hacer una guardia y hasta cómo fumar un cigarrillo y que no se viera la brasa, puesto que, durante la noche, el pequeño fuego del cigarrillo puede poner en evidencia la posición y uno se convierte en un blanco fácil para el enemigo.

Pudimos adosar al arma una mira de infrarrojo que nos permitía ver con claridad a una buena distancia, casi hasta la playa, de tal manera que si se producía un desembarco, podíamos advertirlo.

La comunicación con mi familia era muy pobre. Ellos sabían dónde estaba. Prácticamente, de todas las cartas que les escribí no recibieron ninguna y yo tampoco.

A través de la IX Brigada, mis padres tenían acceso a alguna información. A mi me dolía mucho saber que mi familiares estuviesen sufriendo. De alguna manera, nosotros éramos los protagonistas, y a nuestros sufrimientos los conocíamos de immediato y la podíamos llegar a controlar. Pero pesaba mucho pensar que alguien más estaba sufriendo.

A medida que transcurría el tiempo, oíamos por las noches enfrentamientos armados cada vez más cercanos a nuestras posiciones. En realidad, no se estaban acercando a nuestras posiciones, sino a la ciudad. Nosotros estábamos del otro lado de la ciudad de Puerto Argentino. Los ingleses venían avanzando desde los desembarcos en San Calos. Suponíamos que el objetivo era la ciudad.

Alrededor nuestro había muchas posiciones del Ejército. Llegaban con frecuencia camiones que reclutaban soldados para llevarlos al frente. Sospechábamos que, en algún momento, nos tocaría a nosotros subir a un camión y partir para el frente, pero no sucedió.

En las últimas jornadas había algunos momentos en los que deseábamos que todo terminara, porque psicológicamente nos sentíamos en inferioridad de condiciones, pensábamos que no teníamos lo necesario, que no estábamos físicamente ni anímicamente para enfrentarnos.

La última batalla en las proximidades de la ciudad fue muy intenso. Al día siguiente se dio el alto al fuego y debimos entregar las armas. Se las dimos a un superior nuestro y fueron transportadas en un Jeep a un lugar común, ubicado en mitad de camino entre la ciudad de Puerto Argentino y el aeropuerto. Unos dos días después, pasamos por allí y vimos en una gran pila a todos nuestros fusiles.

Luego de la rendición vi llorar a integrantes del GOE porque no querían rendirse.

Una vez entregadas las armas, todo se desarrolló de una manera muy normal que yo no esperaba, ya que me imaginaba que iba a ser tomado prisionero y sufriría la agresión de los ingleses.

No sucedió nada de esto. Los ingleses caminaban al lado de nosotros con cierta indiferencia. No se comunicaban por razones idiomáticas. Era un gran número de militares que estaban cumpliendo su trabajo.

Nosotros esperábamos que alguien nos dijera “De acá se tienen que ir”. En ningún momento vi una muestra de agresividad por parte de los ingleses, ni siquiera cuando fuimos a la ciudad guiados por ellos, para abordar la balsa hacia el buque “Bahía Paraíso”. Íbamos caminando con cierto orden. No realizamos ningún tipo de trabajo.

Antes de subir a la balsa, fuimos interrogados en castellano por un oficial inglés, quien preguntaba en nombre y el grado. Después de una revisación muy simple, nos permitieron abordar la balsa. Nuestros superiores debieron permanecer alrededor de 25 días más en las islas, realizando distintas tareas pedidas por los ingleses.

Regresamos al continente en el buque Bahía Paraíso. Allí me encontré con la mayoría de los soldados de San Andrés de Giles, fue una emoción muy grande. Viajamos hasta Puerto Punta Quilla, provincia de Santa Cruz, y de allí en avión hasta Comodoro Rivadavia. En nuestra base permanecimos unos días. Nos tomaron testimonio personas que, supongo, eran del Servicio de Inteligencia.

Se ordenó un vuelo para transportarnos a Buenos Aires ya que la mayoría de los soldados éramos de esta provincia. El 23 de junio pude acceder a la licencia y regresar a Giles.

En lo personal valoro ese compañerismo y amistad que surgen en situaciones extremas. He sido afortunado en experimentarlo, en ver nacer en los compañeros, un intenso sentimiento de unión. Destaco también esos momentos de actitud y pensamiento positivo al sentir que estábamos en representación de todos.

En cuanto a lo negativo, está la muerte de nuestros compañeros, la falta de planificación adecuada para llevar adelante esa guerra y en el hecho de haber perdido.

Sé que las Malvinas son nuestras, pero creo que aún estamos lejos de recuperarlas, más todavía si es por medio del uso de las armas. Tal vez es lo más importante es sentirlas nuestras.

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