El descendiente de una figura histórica que vivió en Giles y fundó una bodega

"Goyo" Aráoz de Lamadrid es el chozno de un legendario combatiente unitario, elogiado por Sarmiento. Luego de vivir en Giles, abrió su propia bodega en San Javier, Córdoba. A través de Twitter, el periodista Matías Longoni relató la historia del emprendimiento.
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Matías Longoni es un periodista especializado en agro. A través de Twitter, anoche relató su experiencia en la finca de Gregorio Aráoz de Lamadrid, chozno y tocayo del legendario combatiente unitario. “Goyo”, vivió algunos años en San Andrés de Giles, para luego mudarse a Córdoba. A partir de allí, su vida cambiaría totalmente.

La crónica de Matías Longoni

Esta otra historia de Traslasierra va a despertar profundas envidias, pues a mi ya me sucedió. Este hombre parece enamorado de la vida, de su mujer, y de su nuevo lugar en el mundo que dice será el definitivo. Ubiquémonos en San Javier, cerro arriba.

El hombre se llama Gregorio Araoz de Lamadrid. Sí, como aquel militar que luchó por la Independencia, que enfrentó a los federales, y que fue definido por Sarmiento como “el más valiente de los valientes“. Por la fama de su chozno, este hombre prefiere que le digan Goyo.

Resulta que Goyo, que trabajó en EE.UU., que fundó varios colegios, que manejaba un criadero de cerdos en San Andrés de Giles, un día decidió comprar un “pedazo de monte” en una de los pueblos más bellos del valle de Traslasierra. A la finca le puso El Tala. Ya explicaré.

Queda claro que Goyo Araoz de Lamadrid tiene resto para hacer lo que quiere, en dinero y en talento. Mucho tiempo se la pasó trabajando como paisajista, otro tanto como administrador. Hacen falta muchas fotos para mostrar qué hizo con esas 11 hectáreas de sierras cordobesas.

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Primero hizo su casa, con ánimo de pasar allí solo breves temporadas. Pero luego se fue aquerenciando con el lugar, con sus vecinos, con los artistas de San Javier. Comenzó a comprarles obras a ellos, para adornar los entornos. Hizo algunos pocos dormitorios para recibir visitas.

Luego comenzó a implantar algunas hectáreas de vides, para probar hacer su propio vino “entre montes”. La presencia de árboles nativos entre las hileras de vides me confirmó que respetó los árboles más grandes. ¿No te dan sombra?, pregunto. Los poda dejando las copas bien arriba.

Todos los rincones han sido intervenidos, pero con respeto y suma delicadeza. Goyo está encima de todos los detalles y va de aquí para allá, parece cansado en algunas lomadas. La bodeguita la armó en la parte más alta del predio. Yo también me canso trepando, pero hay que llegar.

Antes de eso, hacemos parada en un invernadero construido con madera y talento. En el medio hay una estatua cosechera en minifalda. Bromeamos que si fuera real, no habría problemas para conseguir manos en tiempo de vendimia. Aquí no lo hay: cosechan Goyo y los suyos más cercanos.

La cosechera de bronce no será presa fácil, pues aparece custodiada por miles de espinas. Gregorio tiene una colección de 7 mil cáctus que va coleccionando de sus viajes o que le traen sus amigos. Silencio y varias fotos en esta parada.

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A esta altura, a la altura de San Javier, uno tiene ganas de matar a Goyo: hacer justicia. Pero todavía falta llegar a la bodega y queremos ver. Promete porque hemos visto implantadas casi todos los varietales que añoramos de nunca haberlos probado bien. Cabernet Frank incluido.

La bodeguita, como suponíamos, es casi un museo. Hay esculturas, cuadros y cosas raras colgando de los techos y paredes. Bajamos hacia una cava que guarda las botellas de vendimias anteriores, que todavía “no son suficientes como para sacar conclusiones”, nos dice Gregorio.

La bodeguita Araoz de Lamadrid produce 18 mil botellas anuales, que no llegan a salir de Traslasierras pues son vendidas allí, entre turistas, sibaritas y gente que quiere por lo menos tomar un trago de esto. Cuando me dicen precio, a mi me parece caro. Me lo llevo en la retina.

De todos modos, pruebo pequeños sorbos de cada cosa y las copas vacías se van acumulando. “En Córdoba hay tolerancia cero“, me dice uno, pero no parece. Goyo hasta luce macabro ostentando su poder sobre nosotros, simples mortales.

Se hizo parte del lugar el tal Goyo. Admiro a los hombres que -desde la riqueza y más desde la pobreza- son capaces de transformar sus entornos hasta fundirse en ellos como paisaje. Este tipo lo hizo: con otras bodegas hasta comenzó a elaborar un vino chuncano: DOC Traslasierra.

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No le busques el pelo al huevo Matías. Aceptá que este hombre ha decidido vivir allí a pesar de que podría hacerlo en cualquier otro lado. Y sobre todo que ha decidido vivir plenamente lo que le queda de vida. No es la riqueza. Es aquella decisión la que me produce tanta envidia.

¿Podrá alguien ponerle un fin a todo esto? Allí, cuando mastico lo peor, Goyo me cuenta cómo surgió el nombre de su vino de alta gama, que vale 1.900. Resulta que al unitario Araoz de Lamadrid en la batalla de El Tala le metieron no se cuantos sablazos y plomo… Pero sobrevivió.

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