La historia de la vecina que recorrió el mundo a través del arte

El circo llegó a Hurlingham. La carpa se instaló en un predio del oeste del conurbano, y los payasos, trapecistas, magos y actores invaden las calles derramando arte por doquier. Virginia los mira, y con seis años toma una decisión: abandonar a su familia para irse con el circo. Ya había preparado el bolso, cuando la descubrió su hermana. El proyecto de gira circense se frustró a los pocos minutos de haberse iniciado, sin embargo, dejaría huellas profundas.

Hoy Virginia Molina tiene 41 años y vive en Villa Ruiz. A lo largo de los últimos 23 años, su objetivo continuo fue poder contentar a esa nena que veía en el circo una forma de vivir. “Empecé a los 18 años en la escuela de circo La Arena haciendo trapecio fijo. Al año, descubrí el trapecio a vuelo y se convirtió en mi especialidad” relata. “Tuve la suerte de formarme con uno de los mejores profesores de trapecio de la Argentina, Gustavo ‘Mono’ Silva, que no solo me enseñó la técnica, sino que también me transmitió su arte y pasión“.

Esos primeros vuelos y saltos, fueron la antesala de una carrera que la llevaría a recorrer el planeta. El primer destino fue Bélgica: “viajé para allá a los 23 años, para audicionar para una de las mejores escuelas de circo contemporáneo del mundo. Afortunadamente entré“. La llegada a Europa significó empezar con un entrenamiento diario de ocho horas de duración, junto a profesores y estudiantes de todo el mundo. “Focalicé en trapecio a vuelo, pero también me formé integralmente con otras disciplinas como acrobacia, parada de manos, teatro, ballet, danza contemporánea, cama elástica, entre otras” explica.

Antes de partir hacia los Países Bajos, Virginia había realizado una formación intensiva junto a uno de los referentes del circo argentino, Gerardo Hochmann. Fue así que al volver a la Argentina, enseguida fue tenida en cuenta por su ex profesor: “hicimos un año de investigación y creación que finalizó con el espectáculo “Sanos y Salvos“. Fue un año de crecimiento, pero también difícil porque me rompí el ligamento cruzado de la rodilla y tardé varios meses en ser diagnosticada. Finalmente me operaron un mes antes del estreno y pude incorporarme a la función unos meses después“.

La reincorporación no sólo significó volver a hacer arte, sino que también implicó retomar los viajes. Con Sanos y Salvos, visitaron cuarenta ciudades del interior del país y participaron del Festival Internacional de Circo de Venezuela. También actuaron en la Ciudad Cultural Konex y en el Buenos Aires Design.

Durante esa gira, comenzamos a salir con mi actual compañero, Rodrigo Oses, y después de haber realizado varios espectáculos en Argentina con ‘Circo Ilógico‘, nuestra propia compañía, decidimos viajar a Nueva Zelanda” expresa Virginia. Al llegar, buscaron descansar del circo durante un tiempo y trabajaron en viñedos, restaurantes y hoteles.

Nueva Zelanda está formado por dos islas: la isla norte y la isla sur. La pareja se encontraba en el norte, pero decidió ir al sur para ingresar a una universidad que contaba con la carrera de circo. “Allá nos contactamos con un director inglés que venía de la rama del teatro y que iba a hacer una creación para un festival. Nos convocó para formar parte del equipo” recuerda. Si bien el director ya había formado el grupo de trabajo, necesitaba alguien que haga trapecio y palo chino, disciplinas en las que se especializaban Virginia y Rodrigo. “Fue un aprendizaje increíble porque se trabajaba desde otro lado” sostiene.

Cuando finalizó esta obra, en 2009, se contactaron con Deborah Pope, una artista inglesa pionera a nivel mundial del circo contemporáneo: “ella creaba obras de un modo mucho más teatral, lo cual nos encantó“. Pope les ofreció una oportunidad única: participar de una obra junto a la orquesta sinfónica de Wellington, la capital de Nueva Zelanda.

Luego de actuar junto a los músicos neozelandeses, participaron de “Deadly“, otra obra de la misma directora, en la que se mezclaba una relación de pareja con los siete pecados capitales:  “participamos de un festival e hicimos una temporada en un teatro. Recibimos un montón de de críticas buenísimas. Era la primera vez que hacíamos una función nosotros solos en teatro. Fue un desafío muy grande porque era para adultos, con un tema bastante intenso como es la separación de una pareja“.

Estas dos primeras obras, desencadenarían un proceso artístico que los llevaría a formar parte de otros cinco espectáculos a lo largo de todo el año: “fue una experiencia increíble y un crecimiento como artistas impresionante“. A esto se le sumaba el trabajo de docentes en una escuela de circo.

La docencia del arte y el arte de la docencia

A nuestro país recién regresarían en 2011. El hecho de convivir con la naturaleza neozelandesa, hizo que al volver pensaran en destinos alejados de la Capital Federal: “buscamos en los alrededores y encontramos a Villa Ruiz, que nos encantó“. Cuando la pareja se instaló en la localidad vecina a Carlos Keen, comenzó a trabajar en un galpón ubicado en el terreno de su casa, para poder dar clases de circo. Finalmente, la escuela quedaría inaugurada en 2015. “Hoy tenemos alumnos entre los tres y los cincuenta años. Damos clases de las especialidades y también de circo integral” precisa Virginia.

Con respecto a los beneficios de esta rama artística, opina: “el circo, como ayuda humana, es una herramienta que está buenísima, no solo porque ayuda a soltarte, sino fundamentalmente porque el circo abarca un montón de disciplinas. Entonces cualquier persona que quiera probar, va a encontrar una que le va a resultar más fácil, que le va a gustar más. Eso genera autoestima por un lado y empatía por el otro, porque así como encontrás una disciplina que te es más fácil, vas a encontrar una que no, pero que a otro sí se le va a hacer más fácil y te va a poder ayudar“. Y remarca: “es una disciplina de equipo, que uno desarrolla algo, el otro otra cosa, y entre todos se forma un uno“.

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Virginia Molina haciendo trapecio

Pero más allá de las consecuencias positivas a nivel social, también ayuda a mantener ejercitado el cuerpo: “es una actividad que si uno la hace a un nivel intenso, tenés el entrenamiento de un deportista de alto rendimiento. A eso se le suma la parte creativa, porque es un arte, no un deporte en el que uno sale a competir con otro“. En este sentido, aclara: “todo eso que entrenás es para después expresar algo, ya sea una emoción o un sentimiento. Esas tres facetas lo hacen un arte muy potente“.

La pandemia y el circo

El freno a las actividades sociales, significó un gran golpe para todos los artistas, y los cirqueros no quedaron al margen: “fue muy duro porque las herramientas las tenés en una valija: salís y hacés funciones a la gorra, das un taller, siempre tenés la chance de generar trabajo. Pero el año pasado no teníamos por dónde hacerlo. Justo habíamos ampliado el galpón para tener más lugar y sumar alumnos, y nos agarró la pandemia. Fue tremendo“.

Los subsidios del Ministerio de Cultura de la nación y del Fondo Nacional de las Artes, junto a algunos trabajos paralelos, los ayudaron a salir adelante. Además, participaron de funciones vía streaming, y pudieron dar talleres y seminarios virtuales. Recién retomaron la clases presenciales en octubre, hasta que llegaron las nuevas restricciones del 2021.

Las escuelas

Para sumarse a las clases de Virginia y Rodrigo, hay que comunicarse vía mail: [email protected]. Si bien la escuela funciona en Villa Ruiz, la municipalidad inaugurará otra escuela de circo, también dirigida por la pareja cirquera, que funcionará en nuestra ciudad y tendrá talleres rodantes que recorrerán todas las localidades y parajes.

La idea es llevar el taller de circo a todo rincón donde haya un niño, joven o adulto que tenga ganas de practicarlo en San Andrés de Giles” explica Virginia.

Más de tres décadas después, Virginia sigue haciendo lo mismo que aquella nena de seis años: armar el bolso para irse de viaje utilizando al arte como vehículo.

 

 

La variante Delta circuló por San Andrés de Giles

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