Alguien está en problemas: capítulo I

Rienzi Leonardo Curotto

 

ILUSTRADA POR

Magdalena Uncal Basso

 

 A Monina

 

Agradecimientos a

María Margarita Curotto, Mariana Ferraresi Curotto, Magdalena Uncal Basso, Gonzalo Ifrán, Marina Moretti, Juan Francisco Uriarte Buteler, Enrique Traverso, Cecilia Monferrán, Neu Guzmán Rodriguez y Luc, Sofía Gulú, Paula Bagnasco, Federico Gallo, Felipe Sosa;

a mi padre.

 

Revisada y corregida en

La Quebrada del Naranjo, sitio del brujo Olivari, departamento Fray Mamerto Esquiú, La Carrera, Catamarca

Por

Juan Francisco Uriarte Buteler

 

capitulo 1b 

I

Ocasionalmente, no se sabe por qué, la aparición de ciertas personas causa desestabilizaciones en aquellos lugares que, de un momento a otro y en adelante se los ve, empiezan a formar parte.

En el velorio de doña Elvira, Iván Resaac se rasca regularmente la cabeza. El recién viudo parecería estar atenazado, como maniatado desde algún recóndito lugar del entendimiento. Y es cierto que hay cosas que no se explican, pero el menoscabo que lo que fue provoca en lo improbable, le tiene inquieto, como advertido desde todos los flancos; desde un punto ciego, bajo amenaza.

¿Qué respuesta explica que, momentos antes a la hora de almorzar, su esposa cayera redonda en medio de las góndolas del supermercado de la esquina?

Obra Social al día: de las mejores. Estudios médicos completos hacía nada: perfectos. Vida medianamente normal, tranquila, cómoda por su inalterabilidad en lo cotidiano. Ningún trastorno, ninguna complicación. ¿Problemas?, jamás. Ni entre ellos. Ni con algo. Ni con el afuera.

No sé si alguien más entre los que estábamos en el velorio notó que a Iván Resaac parecía que se le había perdido algo. Sí, su esposa, pero más allá de eso… algo más puntual, más abstracto, más útil para sí mismo: algo propio. Andaba alocado de aquí para allá, como necesitado de urgencia por hacer cosas en extremo lejanas a lo que se haría en tales circunstancias; y más, suponiendo que tal estado, y ante tamaña pérdida, por lo general asegura al menos aplomo en los ánimos. Se ve que aquello otro que le tenía así no sólo lo comprometía interiormente, sino también en la conducta observable. Se podría decir que hacía un esfuerzo moral a cada rato al reincorporarse de su atolondrado desenfreno a algo más creíble y visiblemente trágico.

La locura está más cerca de esa serie de pequeñas frustraciones diarias y continuas, cuasi programadas en su insistencia y desorden, que no de una repentina y completa tragedia.

Y esto es lo que intenté decirle antes y más de una vez a Iván Resaac, en el bar, donde todos íbamos. Él andaba obsesionado con un personaje que, aparecido un día como por arte de magia, caímos con el curso de las semanas en la certeza que se trataba de un nuevo vecino. Bastante antes del velorio, cuando me comentó, no entendía de pequeñitas catástrofes que me dijo le habían empezado a suceder a él después de que este sujeto apareciera y era como si se le hubiesen pegado.

 

La variante Delta circuló por San Andrés de Giles

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