El Hogar Jorge Coll tiene historia

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El pasado lunes 15 de mayo se realizó un emotivo acto en del Hogar Infantil local para inaugurar la señalética del edificio. Orfilio Latorre fue el invitado más especial. El año pasado publicó la “Historia del Instituto Jorge Eduardo Coll”, un libro que recorre la creación, realización y puesta en marcha  de la institución.

Apenas le menciono el acto del Hogar, “Cholo”, como lo conocemos los vecinos, confiesa lo emocionado que estuvo.  La inocencia y el amor de los niños se manifestaron en besos y abrazos de bienvenida.  Cada año es invitado a dar charlas en las escuelas. “Las maestras me llaman para que les cuente sobre el Giles que yo viví, tengo un montón de pergaminos con dibujos y agradecimientos de los niños”, comenta sonriente y orgulloso.

Desde 2007, ya jubilado, dedicó  días enteros de trabajo a la investigación del Instituto Jorge Coll. Todo comenzó cuando su amigo el Dr. Luis Héctor Freije, por entonces Director de la institución, le consulto sobre la fundación de la misma. “No tenía idea del porqué del nombre, nadie sabía quién era Coll, tampoco había documentación de ninguna especie”, explica el autor, quien aceptó el desafío y se puso a investigar.

Mediante un amigo que vivió en el Hogar, contactó a una maestra que trabajó allí en el año 1939 y confirmó que los primeros niños llegaron en 1938. Sin embargo, no conseguía datar la inauguración. Tras visitar la Biblioteca local y revisar el Diario Norte, la Biblioteca Nacional y el archivo del diario La Nación, comprobó que nunca se inauguró oficialmente. “Lo habilitaron y trajeron niños en 1938, pero nunca se inauguró, por eso nunca salió en las noticias”, asegura. “Lo único que encontré en los diarios fue una visita que hizo el gobernador. Llegó en tren y lo recibieron los alumnos y docentes de la Escuela N° 1 con un discurso”, recuerda.

La identidad de Jorge Eduardo Coll fue un misterio para él, hasta que una mañana despertó soñando con ese nombre. “Eran las seis de la mañana y se me ocurrió que tenía que estar en el diccionario. Me levante, agarre uno chiquito que tengo en mi casa, y allí estaba Coll”.

Jorge Eduardo Coll nació en Buenos Aires en 1882. “Se dedicó a los niños desde sus 16 años hasta que murió, fue Ministro de Justicia e Instrucción Pública”, cuenta Cholo. Además, dejó un valioso legado en materia de asistencia social. Se interesó de manera especial por la responsabilidad del Estado en la formación de los jóvenes, especialmente aquellos en situaciones vulnerables, es por eso que fue partidario de un enfoque preventivo en la lucha contra la delincuencia juvenil. En la tapa de su libro, nuestro vecino destacó una frase de Coll que resume sus convicciones: “La infancia desvalida debe ser educada y redimida, no por caridad, sino por un deber de la asistencia social”.

Además de su último libro, Orfilio Latorre cuenta con dos obras más: “Amonedación Argentina”, sobre todos los billetes y monedas del país y “Más de dos siglos de historia postal” sobre la historia del correo argentino, donde trabajó gran parte de su vida. “En ese libro hay cosas que la historia no dice, por ejemplo sobre los chasquis, primeros carteros que nacieron con la revolución”.  Comenta que durante sus años de trabajo en el Correo local fue socio de dos revistas postales. “Las guardaba todas, eso me sirvió para hacer el libro, hay cosas maravillosas”.

Luego de jubilarse Cholo se volcó a la escritura y finalizó tres libros que enriquecieron la historia  escrita de nuestra ciudad. Para “Historia del Instituto Jorge Eduardo Coll” hizo tres borradores a máquina de escribir y lo envió luego a digitalizar. “Un joven amigo, universitario, me ayudo en la corrección gramatical. Cuando lo terminé fui al Centro de Cultura para publicarlo, me trataron muy bien”. La Dirección de Cultura y Turismo de la Municipalidad imprimió y encuadernó su obra, la cual se encuentra junto a sus otras dos publicaciones en la Biblioteca Popular Alberdi.

Como dice en el prólogo de su último libro, llevó adelante su trabajo porque cree que “todo ciudadano debe tener por finalidad suprema contribuir al progreso social, ser útil a la Patría, hacer bien al mundo”, y apenas si logró hacerlo. Nos deja a toda la comunidad sus palabras, sus horas de trabajo, y sus viajes de investigación. “Trabaje mucho para Giles y nunca cobré un centavo, siempre fui un bohemio medio tonto, pero muero rico de contento”, concluye Cholo y no puedo más que agradecerle.

 

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