La vida en el pueblo y en la gran ciudad

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Por Alan Casas- Georg Simmel fue un sociólogo alemán de fines del  siglo XIX y principios del XX. En uno de sus ensayos más famosos, “Las grandes urbes y la vida del espíritu”, observa y caracteriza las formas de interacción que se reproducen en las grandes ciudades (como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires), y las compara con las que se desarrollan en los pueblos o ciudades más pequeñas (tal es el caso de nuestro querido  San Andrés de Giles).

La gran ciudad es concebida como un conjunto de aglomeraciones, de edificios, de ininterrumpido tráfico de personas y mercancías, siendo una de sus características principales la cercanía  espacial, muchas veces asociada a una distancia espiritual. En este sentido, Simmel afirma que “no hay mayor soledad que la que se da en medio de la multitud”. Un claro ejemplo de esto es viajar en subte en hora pico, donde físicamente estamos demasiado cerca. Literalmente  pegados a los demás pasajeros. Sin embargo, no interactuamos con los demás, tampoco sabemos quiénes son, ni hacia dónde se dirigen.

La característica principal de las grandes urbes, según Simmel, es la disminución de sentimientos en las relaciones cotidianas, que se vuelven más racionales, lejanas y frías. En cambio, en las pequeñas ciudades las personas se relacionan a partir de lazos sentimentales. Además, explica que la vida en estos lugares es más lenta, tranquila y costumbrista.

Es decir, en las grandes ciudades las personas interactúan a través del cálculo y la razón, y en los pueblos como el nuestro, nos conectamos desde lo afectivo, pero ¿por qué?

Simmel explica que, frente a los múltiples estímulos nerviosos e intercambio de impresiones, los habitantes de la ciudad recurren a mecanismos de defensa de su interioridad, como la reserva, la antipatía y la indiferencia. Sería muy difícil saludar a todas las personas que vemos en plaza Miserere o plaza Constitución; en cambio no sucede lo mismo con los vecinos que nos cruzamos en la plaza San Martín.

La gran ciudad es el lugar del tráfico, de la velocidad, del movimiento. Es el lugar del anonimato, de lo descartable, de lo efímero, donde todo pasa rápido: los autos, los colectivos, la gente y el tiempo. Nunca alcanzan las horas; se llega tarde a casi todos lados. Frente a esto, el citadino recurre a su mecanismo de defensa: la racionalidad con la que actúa lo preserva ante la violencia de la gran ciudad. Pasan también los vecinos,  los compañeros de trabajo, las cajeras del supermercado con las cuales de pronto empezas a tener cierta confianza, a charlar sobre cosas cotidianas como el clima, hasta que de repente un día te enteras que fueron trasladadas a otra sucursal.

En las ciudades chicas el tiempo no nos pisa los talones. Allí reina la tranquilidad, el silencio, la charla y el intercambio. Cosas que parecen pequeñas dejan de serlo cuando dejas de vivirlas: entrar a un comercio y que te llamen por tu nombre: “Casita, ¿qué vas a llevar?, o “el otro día estuve con tu viejo en el banco”, o salir a hacer un mandado y en el camino encontrarte con conocidos que te preguntan cómo estas, te desean buen día o te preguntan si “sos el hijo de…”

Actualmente vivo en Capital, en una esquina donde se cruzan dos avenidas. Estoy seguro de que en 15 minutos pasa más gente por la vereda de mi edificio que la que pasa en un día entero por San Lorenzo al 1500, mi casa en Giles.

Muchas veces he caminado por Capital, rodeado de tanta gente pero a la vez tan distantes de ellos, y escucho “ey Alan!”, levanto la vista y me encuentro con alguien de Giles. Nos miramos a los ojos, nos saludamos y me es inevitable ponerme contento. Ese encuentro irrumpe en medio de la vorágine citadina. Debe ser porque me hace sentir parte de algo, que pertenezco a algún lugar, que en el kilómetro 100 de la ruta 7 alguien me está esperando.

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La variante Delta circuló por San Andrés de Giles

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