CUANDO LAS LETRAS LIBERAN

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En septiembre del año pasado, en el marco de la XI Feria del Libro y la Cultura “Profesor Ángel Iriberri”, Cesar González, poeta, cineasta y villero, visitó nuestra ciudad. Recordamos su historia en primera persona y compartimos aquella charla momentos antes de su presentación en la Escuela Normal Superior Fray Mamerto Esquiú

César también es Camilo Blajaquis, y bajo ese pseudónimo de resistencia y homenaje revolucionario, publicó su primer libro “La venganza del cordero atado” a sus 20 años, luego de estar preso desde los 16.

La crudeza de su pasado se podría resumir en algunas palabras que duelen: robo, secuestro, heridas de balas, drogas, institutos para menores, cárcel, requisas y golpes. Pero a pesar de todo el dolor, fue dentro de una celda donde logró empoderarse y comenzar a escribir su propio camino.

Mediante la ayuda de Patricio Montesano, quien dictaba talleres en prisión y le dejaba libros, comenzó a leer cada vez más sobre historia, política y filosofía. Fue en ese momento donde Cesar entendió que no estaba ahí por casualidad, sino que él, como tantos otros, formaban parte de una cadena de exclusión que los mantenía lejos, primero desde las villas, y después desde la cárcel.

Actualmente lleva editados dos libros más, “Crónica de una libertad condicional” y “Retórica al suspiro de queja” (Ediciones Continente). En 2008 fundó, estando aún preso, la revista “¿Todo Piola?”, que reúne relatos, entrevistas y reflexiones de la cultura marginal.

En 2013 dirigió su primera película, “Diagnóstico Esperanza”, y en diciembre de 2014 estrenó su segundo largometraje “¿Qué puede un cuerpo?”. También participó en televisión, donde condujo “Dignidad y Alegría” y dirigió “Corte Rancho”, ambos trasmitidos por canal Encuentro

Un rato antes de su presentación en la Feria, César, guitarreada de fondo y mate de por medio, aceptó responderme algunas preguntas, sin saber que esos veinte minutos asomándome en su vida resultarían  reveladores.

¿Cuándo crees que la sociedad dejó de verte como un niño para empezar a ser “menor” y potencial delincuente?

Yo siempre cuento que terminé la primaria  y no repetí ningún grado. Pero en el último año ya empezaba a drogarme, y a formarme en el mundo de la calle. En ese mismo tiempo, caí preso por primera vez  y ahí fue cuando sentí el rigor.

Hoy, cuando digo 14 años, pienso en un niño adolescente. Sin embargo, a esa edad salíamos con mis amigos afuera de la villa y nos paraba la policía. Nos comíamos el verdugueo de “¿qué andan haciendo? Si son de allá ¿por qué andan por acá? Ya ligábamos algunos bifes.

Yo creo que cuando vivís en una villa dejas de ser un niño muy tempranamente. O lo seguís siendo pero de una forma más madura, porque sos un niño en muchos aspectos, en cuanto al juego, a la tendencia de querer libertad y de no querer respetar ninguna autoridad. Pero a la vez vas viviendo muchas cosas que no las vive cualquier pibe. Son un montón de desgracias y cosas feas que miles de mi generación habrán atravesado: situaciones de hacinamiento, de muchas necesidades y eso no es normal para un niño.

¿Cómo era aquella visión moral que querían imponerte en los institutos de menores y en la cárcel?

Los institutos de menores o las cárceles son  parte del aparato institucional de cualquier estado de derecho que haya en cualquier lugar del mundo que sea una república. Las cárceles existen y todo el sistema carcelario, tanto para menores como para mayores, es muy similar. Ahí adentro funciona el estado a través de muchas formas. Está la escuela, está el psicólogo, el trabajador social, el defensor, el abogado y todas esas instituciones que sirven para repetir una historia que es conocida y  no lleva hacia ningún lugar positivo, porque tomar el castigo como solución a lo largo de la historia de las sociedades no ha servido para eliminar ningún problema.

¿Cuál era la visión de futuro que tenías en aquellos años?

Ningún futuro, como el tema de Sex Pistols. Por un lado vivía el hoy, quería vivir lo máximo posible, sabiendo que la única forma de tener dinero era robando. Nací en la miseria, una madre soltera que estuvo varios años presa. De la única forma que empecé a tener cosas materiales fue a través de algo muy feo, que es robarle a otra persona. Viví así mi adolescencia.

¿Por qué crees que está criminalizada la condición de clase?

Porque sirve para justificar muchas cosas y para desviar la atención de los problemas centrales. Se construye un enemigo de la sociedad con ciertos aspectos físicos y estéticos. Éste será luego el encargado de representar el mal. En sociedades como la Argentina y el resto de Latinoamérica, es el sujeto  masculino de un barrio pobre, con aspectos económicos y de clase. Siempre tienen una carga negativa para las grandes masas. No importa si trabajas, si sos de la villa, ya hay altas posibilidades que robes algo.

Lamentablemente, la estigmatización sigue muy presente en esta sociedad. Es algo de lo que no están excentos ni las mismas personas de esos barrios. En la villa también hay mucho racismo, sobre el boliviano, el peruano. Es una cadena que se repite y no es garantía de ninguna clase social.

¿Crees que el sistema educativo excluye?

Yo creo que si la escuela fuese funcional al bien, el mundo sería otro. Es un lugar que va a seguir estando y es preferible que los pibes estén en la escuela y no en otro lado. Pero si somos realistas, la mayoría de los profesores son conservadores, resuelven todo a través del castigo y tienen muy poca tolerancia.

Creo que se malinterpreta la adolescencia y la juventud en las escuelas. Es ese el momento de ser libres, están todas las hormonas prendidas fuego, y está bueno experimentar eso, es un derecho de la vida.  No todo tiene que terminar siempre en sanción o en ridiculizarlos dentro del aula. Hay muy poco afecto en el sistema educativo, mucho discurso pero muy poco sentimiento. Estaría bueno que eso empiece a cambiar.

¿Por qué crees que actualmente tantos jóvenes deciden hacerse policías?

El problema no está en los pibes, el problema está en la sociedad. La pregunta debería ser por qué la sociedad exige  llenarse de policías, de control, de racismo, de castigos, de “vamos a matar a todos los negros de mierda que roban”. Esos ciudadanos que piensan así, eligen más que el que quiere hacerse policía.

Hay un sentimiento muy leal y noble en esos jóvenes que piensan que están respondiendo a la demanda de su sociedad, lo que le piden en su familia, en la escuela, en la calle. No es algo aislado, tiene que ver con la sociedad que estamos viviendo todos.

¿Qué significó para vos el papel de Patricio dentro de la cárcel?

Principalmente un maestro. Él fue quien me abrió las puertas de un nuevo mundo y una nueva forma de ver la vida, de entender muchas cosas que nunca me había puesto a pensar y fue el que me acerco todo ese paquete de sorpresas que me terminó salvando la vida.

¿Cómo fue tu acercamiento a los libros y cómo surgió “Todo Piola”?

La primera vez que leí no fue estando preso. Para terminar la primaria siempre tenes que leer. A pesar de ir a una escuela donde no había ni para comer, y donde me cagaba de hambre porque en mi casa no había para comer al mediodía, me iba muy bien en las materias sociales. Pero nunca pensé que podía hacer de la lectura un proyecto de vida.  Eso sí empecé a experimentarlo junto a Patricio.

Estando preso leí mucho sobre filosofía de los 70, Giles Deleuze, Jean Paul Sartre, el filósofo holandés Spinoza, entre otros. El hecho de tener tiempo y estar tan solo en una celda, paradójicamente lo convierte en el clima ideal.

La revista surge  del deseo de materializar lo que leía y escribía. Se me ocurrió que se llame Todo Piola. Los primeros cuatro número salieron en 2008, mientras yo estaba ahí adentro. Las armaba Patricio junto a un amigo que era diseñadora gráfico y en siete años salieron alrededor de dieciséis números. A veces en el año se pueden sacar dos o cuatro y estamos tratando que a fin de año salga otro número.

¿Cómo fue la transición del Cesar poeta al Cesar cineasta?

No hubo tanta transición porque fue bastante paralelo. Ya en cana participé de un taller audiovisual y escribí tres guiones. El primero era en stop motion en plastilina y conté la historia de un pibe que robaba un banco.

Yo no sabía nada de lo técnico, sólo tenía las ideas y las escribía. Los otros cortos fueron “Un hombre que sale de un frasco”, y “Despertar” que es sobre un pibe que está en su velatorio y a través de una voz en off critica a los que asistieron, hasta que se despierta de golpe.

Desde chico me gustó el cine, pero eso se había apagado cuando empecé a robar y caí en cana. Hasta que hubo un renacer en mi vida, con nuevas ganas de vivir. Pero siempre sentí al cine como algo muy natural, por eso con 26 años ya tengo dos películas, cortometrajes y documentales. No es fácil hacerlo, pero cuando algo te apasiona, lo haces más rápido.

¿Qué valor le das a la tecnología?

Si no fuera por el progreso tecnológico, no existiría como cineasta. O quizás recién estaría ahorrando para poder hacer un primer corto, considerando los costos que tenía hacer cine 10 años atrás.

Yo soy un hijo de la cámara digital. Me encantaría filmar con 35 milímetros por la mística que tiene, pero que alguien me la produzca. Yo tuve que hacer mis dos películas poniendo plata de mi bolsillo, endeudándome, que la gente se crea que me la estoy llevando yo cuando no es así. Aunque sea algo independiente, si vos queres hacer algo profesional tenes que cumplir ciertos requisitos y poner plata.

¿Qué proyectos tenés en mente?

Terminé hace poco de filmar, y estoy empezando a editar mi tercera película, que saldrá quizás el año que viene. Se va a llamar “Atenas”. La protagonista es una mujer, que eso es algo nuevo en mi cine. La historia es acerca de una piba que sale de estar presa, con todo lo que eso implica.

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