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Actualidad

La enredadera, por Graciela León

La escritora gilense se inspiró en la historia de la misteriosa casa Ruggiero para escribir un cuento que enreda la ficción con la realidad.

Esther Ferrán salió al patio aquella mañana, apenas se levantó. Quedó largo rato de pie, mirando distraídamente el entorno de otrora cuidado jardín de la casa paterna, donde vivía sola.

Sin que se diera, había llegado una primavera suspirante en verdores. Sus ojos se detuvieron en la enredadera, que, apoyad en los pilares de la galería, se estiraba en numerosos, tiernos y ávidos brazos nuevos.

Los recuerdos horadaron la mente neblinosa de Esther. Para la primavera y durante el verano, Don Álvaro era contratado por su padre, el prestigioso escribano Amancio Ferrán para que podara la enredadera y podara el jardín.

Don Álvaro dominó, durante muchos años, las exaltaciones vegetales de aquella trepadora que llenaba la galería de sombras fresquísimas.

¡Cuánto tiempo y cuánta vida habían transcurrido desde entonces!

Sus padres murieron, su hermana se marchó casada, a una ciudad lejana al norte del país y ella se quedó soltera en la casa.

Primero, convivió dignamente con su soledad; pero sin reparar en ello, la soledad fue imponiéndose lentamente, tiránica y casi maligna, hasta sojuzgarla en una esclavitud de días monótonamente iguales hasta quitarle la íntima expectativa de vivir y esperar.

Era primavera otra vez; pero no para ella. Tampoco llegaría Don Álvaro, y la enredadera, libre ya de las disciplinas impuestas, crecía jubilosamente hasta formar una pesada cortina de enmarañadas guías que cerraba la galería y se asomaba curiosa y hambrienta de nuevos espacios al interior de la casa.

Esther comenzó a observarla todos los días. Le producía un placer desconocido, algo nuevo en su rutina, perder la vista en la masa vegetal que ya invadía los tirantes y colgaba como serpentina, sobre las paredes.

Los recuerdos se volvían frescos y a veces confusos. Todo parecía haber sucedido ayer o no haber sucedido nunca.

Esther ya no miraba los relojes. No existía el tiempo real para ella. Solo era el tiempo de la enredadera. Cada guirnalda nueva que la planta extendía, le causaba una sensación parecida a la alegría, a esas alegrías perdidas para siempre y cuyo gusto, a fuerza de no sentirlo, había olvidado.

La turba vegetal avanzaba por la galería. Con reverente ansiedad, Esther fundía sus manos en ella. Percibía las hojas frías y suavísimas, y a las ramas, ásperas y ligeramente polvorientas. Olía con fruición el aroma profundo que toda la masa exhalaba.

 Su imaginación sufría arrebatos. ¡Qué hermoso sería quedarse inmóvil y sentir aquellas guías rodear su cuerpo, envolverlo, incorporarlo a su vibrante misterio vegetal!

El día que descubrió una rama entrando por la ventana de la cocina, Esther se estremeció, como si encontrara la mirada de un amante.

La enredadera desbordó pletórica por la cocina, rozó el piso en columpios de lianas selváticas, y Esther, íntimamente gozosa, abría las puertas al paso triunfal de la planta.

Una de las noches suyas, de sueño inconciliable, creyó escuchar algo. No era un ruido, ni uno de esos ecos antiguos que poblaban la enorme caso. Era algo distinto, sutil y al mismo tiempo, poderoso; el gran suspiro de un ansia contenida que encuentra, al fin, el cauce por donde derramarse.

Algo avanzaba hacia ella, voluptuoso y salvaje. Esther no encendió la luz. Apartó las sábanas y se quedó acostada, esperando.

Don Fermín volvía con el diario recién comprado cuando se encontró con Don Rafael, su vecino, barriendo la vereda. La ocasión era propicia y después de los saludos triviales, decidió tratar el tema que lo tenía preocupado.

-Dígame, Don Rafael, ¿hace mucho que no ve a Esther?
-Mire, la verdad, si, hace bastante, no sé, a lo mejor se fue de viaje
-Yo estoy algo preocupado- siguió Don Fermín- hace casi un mes que no se la ve, y ni siquiera de mi casa se oye el mejor ruido. Siempre escuchábamos el bombeador, pero ahora…
-Esta chica vive tan sola – reflexionó Don Rafael- ¿Qué le parece Don Fermín si llamamos?

Los dos vecinos de Esther se dirigieron a la casa. Tocaron timbre, golpearon la puerta atrancada de abandono, llamaron a voces, pero no obtuvieron ninguna respuesta.

Después de algunos cabildeos y dudas, resolvieron asomarse por el tapial lindero que separaba la casa de Esther, de la casa de Don Fermín.

Una visión de absoluto descuido los golpeó. El jardín era territorio de los yuyales; la galería estaba oculta bajo el pesado manto de la enredadera.

Un extraño sortilegio se apoderó de los dos hombres, quienes traspusieron el tapial y se acercaron a la casa. La enredadera les cerró el paso.¡Dios santo! – murmuró Don Rafael-  Esto hace años que no se corta.

Tuvieron que rasgar con ayuda de un palo aquella cortina tejida con infinitas guías entrelazadas.

Varios pajarillos que anidaban en la espesura, huyeron antes los extraños. Un silencio presagioso envolvía la casa. Se respiraba una atmosfera terrosa de hojarasca y maraña.

Los dos viejos no hablaban. Estaban imbuidos de aquel misterio.

Siguieron su avance dificultoso. La enredadera había tomado posición victoriosa de la casa. Ya no se distinguían muebles ni habitaciones, todo era un laberinto de oquedades verdes entre los que se deslizaban sutiles crujidos y desmayados susurros.

De lo que fue la cocina, pasaron a una antesala, de allí a la sala, y luego, como guiados como un impulso ajeno a ellos mismos, pero irresistible, a lo que supusieron, había sido el dormitorio.

Escudriñaron, medrosos, los rincones y reconocieron, sobresaltados, en el centro, la cama. Toda la enredadera parecía converger en violentas cascadas sobre ella, y la había enlazado en incontables vueltas de guias y más guías. Apenas asomaban, entre las volutas, restos de las sabanas y los cobertores.

Toda la masa vegetal, ante los dos vecinos, ya sobrecogidos por una sensación que lindaba con el espanto, tomó la forma no exacta, pero si sugerente, de un cuerpo humano, un cuerpo en peregrinas torsiones de abrazo.

Sin volver la vista atrás, eludiendo a manotazos, las guirnaldas de la trepadora que los rozaban al pasar, los hombres abandonaron la casa rápidamente.

Nunca más volvió a saberse de Esther Ferrán.

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