Las historias gilenses detrás del estallido del 2001

¿Cómo vivió el intendente de Giles las protestas del 2001? ¿Qué miedos impuso la crisis? ¿Cómo estaba la plaza ese día? Vecinos gilenses nos cuentan cómo recuerdan esa trágica jornada.
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Son las diez de la noche. Fernando mira por la ventana: las dos diagonales que cortan al Cabildo están cubiertas por un mar de gente, que es acompañado por una sinfonía de hojalata. Decenas de miles de personas avanzan lentamente, sin más armas que una cuchara en una mano y una olla en la otra. En la Plaza de Mayo hay olor a goma quemada y una tensión inusitada.

De repente, el olor predominante es el de la pólvora, y el ruido metálico es reemplazado por el del pavimento: los borcegos de los efectivos de la Policía Federal impactan contra el suelo, acercándose a los manifestantes. Los palazos empezaron a caer sobre los jóvenes, sin escuchar los pedidos de clemencia; los gases invadiron los pulmones y llenaron de lágrimas los ojos; las balas de goma rajaron las espaldas y las cabezas de la gente. Avenida de Mayo se transformó en el escenario de una matanza: un río de sangre colmó las cuadras que van desde la Casa de Gobierno hasta el Congreso. Fue ahí cuando empezó la cuenta regresiva de un gobierno retirada.

La previa

En 1998 Fernando De la Rúa asumió la presidencia de un país roto. Después de diez años, Menem dejó el Poder Ejecutivo con una convertibilidad insostenible, una deuda externa impagable, y tasas de desempleo y pobreza en alza.

Nuestra ciudad no era ajena a la crisis: “se notaba que las familias estaban con los ingresos disminuidos, muchos sin trabajo o con trabajos muy precarios” – recuerda la ex concejala Marta Ponte, quien por aquellos años era directora del CEPT – “por eso se empezó trabajar con pequeñas producciones en la casa de los alumnos para que puedan sustentarse. Habíamos armado como una especie de grupos de familias que criaban conejos o pollos. Nosotros comprábamos los alimentos directamente de fábrica, para que sean muchos más económicos y de esa manera, abaratar los costos y permitir que las familias pudiesen autosustentarse“.

Durante la década de los ’90, la escuela se transfomó en un fuerte para protegerse de los asedios de las políticas neoliberales. “Veníamos de la etapa del menemismo y la Alianza profundizó lo que ya venía muy mal. En las escuelas se notaba mucho que la educación ampliaba la inclusión de los chicos, en una sociedad que era absolutamente excluyente” recuerda Ponte. Y agrega: “había una lógica de empresa, todo se manejaba con una lógica de mercado“.

En nuestra ciudad, la intendencia estaba bajo responsabilidad de Aldo Nascimbene: “yo manejé bien el dinero, porque en la intendencia había, hay y habrá, cantidades importantísimas de gente. Cada gobierno va y pone a uno, diez, cincuenta, y van quedando. Lo que hicimos nosotros fue organizar el trabajo, para darle el trabajo a todos. Con esa gente hicimos muchísimas cosas, muchísimas obras, sin gastar“.

En relación a este últimpo punto, el ex intendente sostiene: “yo era radical, y en los ’90 tuve un presidente y un gobernador peronista. Pero no me podía quejar. Al contrario, me daban cosas. Una vez vinieron a ver qué hacía porque las finanzas mías andaban bien siempre. En ese momento, Duhalde daba premios para los que administraban bien y yo ganaba casi siempre“.

Al momento de evaluar la gestión de Nascimbene, Marta comenta: “el municipio no tenía Área de Acción Social. Era una organización muy vertical, central, con pocas secretarías. Había una mirada puesta en el Hospital, para que funcionase con distintos niveles de atención. Había prestaciones pagas y prestaciones básicas que no se cobraban. La gestión se centraba más en el mantenimiento, el asfalto, las calles. Pero políticas de promoción social no había. Lo que sí me acuerdo es que yo había sido concejal del ’95 al ´99, y habíamos trabajado para que algunas familias pudiesen acceder a equipamientos básicos para poder generarse su propio trabajo. Fue la época del emprendedurismo. Eso lo trabajábamos casi por fuera del municipio. El municipio no se oponía, pero tampoco ayudaba“.

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Tapa del diario Clarín del 23 de noviembre del 2001

Mientras la falta de empleo se extendía como una epidemia incontrolable, el número de pobres también aumentaba. De hecho, un mes antes de que estallara el país, Clarín informó que cada día había 2 mil nuevos pobres. Fue por eso que los vecinos se pusieron de acuerdo para tratar de esquivar al yugo del hambre: todas las semanas, cientos de gilenses se encontraban en la antigua terminal de colectivos, en 25 de mayo y Mitre, para intercambiar alimentos entre sí. Uno llevaba un kilo de naranjas y podía cambiarlo por una docena de huevos. Al igual que en el resto del país, el Club del Trueque permitió que muchos pudieran asegurarse el plato de comida del día.

El estallido

Para el 2001 la situación era incontrolable. Tratando de encontrar una solución, en marzo De la Rúa decidió nombrar como nuevo ministro de Economía a Domingo Cavallo, quien ya había ocuopado el cargo durante la presidencia de Menem y había instalado el 1 a 1.

La fuga de capitales permitida por la convertibilidad vació las arcas del país y el gobierno argentino se encontraba a la deriva. El 1° de diciembre, el Ejecutivo se encontró ante una disyuntiva: devaluar para terminar con la ficción de la dolarización o proteger a los bancos, restringiendo la extracción de dinero. El ex asistente de Martínez de Hoz no dudó y dio inicio al Corralito.

Hemos tenido que adoptar una medida transitoria de limitación a la extracción de dinero en efectivo, y solo se podrá hacer durante este período de 90 días por cifras de $250 semanales, el equivalente a $1000 mensuales” anunció el ministro. De repente, los ahorros de millones de personas pasaron a estar retenidos. Ese fue el golpe letal para la Alianza: ya no solo se veía perjudicada la clase baja y media, sino también un gran sector de la clase alta. Automáticamente, el pueblo estalló: los cacerolazos y protestas se replicaron por todo el país.

También se multiplicaron los saqueos: oleadas de desocupados y pobres arrasaban con supermercados como pirañas enfurecidas. En el medio, nunca faltaban los oportunistas que aparte de comida, se llevaba algún televisor o una heladera. Sin embargo, en su mayoría, los saqueadores eran personas movilizadas por el rugido de sus estómagos.

La caída

El 19 de diciembre, Fernando De la Rúa quiso imponer con balas la estabilidad que en dos años no pudo instalar con diálogo, y decretó el Estado de Sitio. En lugar de respetar el toque de queda, la gente salió a la calle y mostró que ya no respondía a ninguna autoridad. La legitimidad del presidente quedó hecha añicos.

Durante toda la noche, la Policía Federal corrió a los manifestantes desde Casa Rosada al Congreso de la Nación. El objetivo era que no se llenara la Plaza de Mayo. Por ese motivo, apoyados por infantería y la caballería, los efectivos aplastaron, golpearon y encarcelaron a cuanto individuo se les cruzara por delante.

Giles no salió a marchar” – relata la dirigente peronista – “fue fundamentalmente el conurbano el que salió a la calle, en algunos casos con los intendentes al frente. Ahí se generó la discursión sobre qué tan desestabilizador fue eso. En realidad fue una reacción de autodefensa, creo, porque la gente estaba en una situación de casi desesperación. No había para comer. Entonces lo que hicieron fue ponerse al frente de las manifestaciones e ir a pedir cambios en el rumbo económico. No nos olvidemos que De la Rúa había puesto como ministro de Economía a Cavallo, que era la ortodoxia económica al mango ¿No?“.

A las tres de la mañana, se hizo pública la renuncia de Cavallo. La salida del economista hizo que por un instante, el ruido de las ollas sea reemplazado por el de los aplausos. Sin embargo, eso no bastaba para calmar la bronca popular. El pedido seguía siendo el mismo: que se vayan todos.

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Cacerolazo en Capital Federal durante la noche del 19 de diciembre

Las corridas se repitieron durante toda la noche y recién hubo calma cuando empezó a salir el sol. Era una calma falsa, ficticia, como la que se da antes de la tormenta o en los ojos de los huracanes. Esa mañana, el vecino gilense Fito Gallo, asumió que debía estar en la plaza protestando como tantos otros. Cuando llegó al Cabildo, se encontró con un escenario que parecía un polvorín: cualquier hecho podía desencadenar la violencia.

Vivía en Villa Crespo. Fui muy temprano a la plaza, cuando quizás todavía no era tan masivo todo. Lo que sí sentía es que era como una olla a presión que iba a explotar en cualquier momento. Cuando se desató el gran quilombo yo ya había vuelto a Villa Crespo” – explica – “yo tenía 22 años recién cumplidos. No había celular, entonces me acuerdo que mi viejo llamaba para que no salgamos del departamento porque iba a explotar todo“.

Una situación similar vivó Marta Ponte con su hija, Marina Moretti: “me acuerdo que Marina vivía en Buenos Aires y había salido con Guillermo (su esposo). Creo que en un momento fueron a la plaza y después volvieron porque era multitudinario. Me acuerdo que lo seguí por la tele y tenía esta sensación de angustia de sentir que podía pasar cualquier cosa. Y pasó. Cuántos muertos hubo ese día“.

Atemorizado por el aire que se respiraba en el microcentro, Fito regresó a su departamento. Después de unos minutos, tomó su bombo y volvió a salir a la calle. Esta vez, a la esquina de Juan B. Justo y Corrientes: “ahí se armó una manifestación muy grande, con gomas. Estábamos a tres o cuatro cuadras de la cancha de Atlanta, entonces la barra copó esa esquina con banderas y bombos“.

A 20 años de aquella tarde, Fito confiesa: “el pueblo fue lo que me llamó a protestar; la queja de lo que estaba pasando. Había muchos problemas y en ninguno había una solución o un camino a solucionar algún punto. Se vivía una economía nefasta y no había horizontes. Yo en ese momento no alquilabra porque estaba en un departamento que era de mi familia, pero tenía amigos que tuvieron que volverse de Capital porque no podían mantenerse. Y a mí siempre me gustó lo social, escuchar al pueblo, y todos los que me rodeaban estaban mal. Por eso sentía que tenía que estar presente“. Y sostiene: “el estallido fue general, fue un estallido social“.

La represión del 20 de diciembre

Durante el 20 de diciembre, la policía continuó con la represión que había iniciado la noche anterior. Lo mismo ocurrió en distintos puntos del país como Tucumán, Rosario, Corrientes y Córdoba. Y no solo había protestas, sino también saqueos. Tal es así, que un famoso supermercado de nuestra ciudad, puso dos camiones frente a sus puertas para bloquear todo tipo de acceso.

Se temía que vengan ‘hordas’ de sabe Dios dónde a saquear aquí. Pero bueno, creo que hubo una asistencia de alimentos que ayudó. Los que andábamos con eso eramos los peronistas, pero había una gran desmovilización de la militancia juvenil. En ese momento estábamos lo que habíamos estado históricamente. Entonces se generaban redes, sabías quiénes necesitaban o te venían a pedir, y se trataba de conseguir alimentos a través de los ministerios” detalla la ex concejala.

La jornada del 20 cerró con 39 muertos y una imagen icónica: Fernando De la Rúa escapando de la Casa Rosada arriba de un helicóptero.

El recuerdo 20 años después

Me acuerdo de la imagen del helicóptero, fue una imagen muy fuerte” expresa Marta. En la misma línea, Fito rememora: “me acuerdo de las imágenes del famoso helicóptero, el anuncio de la renuncia del presidente y todo lo que vino después de la mano de eso, como los cinco presidentes en una semana“.

Para Marta, la seguidilla de presidentes tenía una significación atroz: “en el fondo había un miedo de un retorno a los tiempos de los militares. En nuestra generación estaba ese temor. Había una desestabilización muy grande. Creo que ahí aprendimos que la vuelta de la democracia esta vez tenía una solidez, que después permitió que todo se pudiera resolver en el ámbito de una sucesión institucional dentro del marco de la Constitución. También, hoy con el diario del lunes, uno podría decir que ya no se necesitaban a los militares en el poder, porque los centros de poder, quienes van digitando los destinos de los pueblos, ya no necesitaban a los militares“.

Por su parte, Aldo Nascimbene, opina: “a mí me parece que en cierta medida, se justificaba la renuncia del presidente. No se justifica en ningun hecho, pero realmente a De la Rúa ya le quedaba grande el cargo de intendente de Buenos Aires. Ser intendente era de una jerarquía muy importante y creo que De la Rúa no la tenía“.

Y añade: “había gente muy capaz en la época de De la Rúa. Ahora bien, me da la impresión de que estaba muy lejos de políticos radicales importantes que tenían más capacidad. De la intendencia zafó, pero cuando fue a la presidencia ahí le quedó muy, muy grande, y terminó yendose en una forma no muy elegante“.

20 años después no hay detenidos por la barbarie policial del 20 de diciembre. Tampoco por el desfalco económico que llevó a Argentina a la peor crisis de su historia. La frase “Que se vayan todos” no se cumplió: muchos de los miembros del gabinete de De la Rúa siguen ejerciendo cargos públicos hasta el día de hoy.

Lo único que queda es la memoria. Ella es capaz de ayudarnos a no cometer los mismos errores en el futuro. Al fin y al cabo, como sostiene León, es el arma de la vida y de la historia.

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