Soplín, la payasa solidaria

Hablamos con la payasa sobre su trabajo solidario en Cucullú y Villa Espil: "Yo soy madre soltera, he andado por la calle y me han abierto las puertas, me han brindado un plato de comida, y yo creo que todo eso hay que devolvérselo a la vida".

En agosto del 2020, las calles de San Andrés de Giles estaban vacías. Mientras los casos de Coronavirus se multiplicaban por todo el país, millones de chicos debían pasar el Día del Niño encerrados para respetar las medidas de cuidado. En ese contexto, Sofía Ojeda, decidió que si los nenes no podían salir a divertirse, la diversión se tenía que acercar a ellos. El 20 de agosto, se vistió de payasa y salió a repartir golosinas por los alrededores de la Escuela Técnica.

Las golosinas me las donaron mis hermanas, mis vecinas, Marta Ponte, Augusto Bianchi. Armé en total 150 bolsitas” – recuerda Sofía – “la idea era repartir desde mi casa, a dos cuadras a la redonda. Pero en el transcurso de la semana, me llama una chica de un merendero de Cucullú y me dice si quería ir a ayudarla a repartir golosinas disfrazada de payasa. Entonces ese domingo, terminamos de repartir acá y fui para allá“. A los chicos le gustó tanto la visita de la payasa, que empezaron a pedir que vuelva. Fue así que Sofía se transformó en Soplín y la visita ocasional pasó a ser una cita semanal.

Con el correr del tiempo, Soplín empezó a preguntarse cómo podía hacer para ayudar, no solo a los chicos del merendero, sino también a sus familias. Esta inquietud derivó en una campaña que, gracias a la solidaridad de los vecinos de Cucullú y Giles, permitió conseguir alimento, mercadería y ropa para quienes más sufrieron los embates de la pandemia.

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Siempre me gustó ayudar” – expresa Soplín – “de hecho, lo he mamado en casa. Me acuerdo que en casa mamá siempre le daba lugar a gente que venía y no tenía lugar. No te digo que siempre me aboqué a esto, pero siempre en mi casa he tenido gente transitoria. Para mi hijo, pobrecito, estos fueron los únicos dos o tres años que durmió solo en su pieza, porque siempre lo traía a la pieza conmigo y el dormitorio de él era para alguna mamá con chicos, alguna chica que no tenía dónde estar. Yo digo siempre: ‘en mi casa, un colchón y una frazada no faltan, y menos la comida. Siempre donde comen tres, pueden comer cuatro“.

Y añade: “yo soy peluquera y mi marido trabaja en una panadería. Además, críamos chanchos. Entonces, este tiempo que dedicamos no es ocio, es el tiempo que yo me hago para poder hacer las cosas. Si uno quiere, puede prestar dos horas para estar al servicio de otra persona. Lo han hecho conmigo, yo creo que eso es lo que me hace hacer esto. Yo he necesitado y ha habido gente que me ha acompañado. Yo fui madre soltera, he andado por la calle y me han abierto las puertas, me han brindado un plato de comida, y yo creo que todo eso hay que devolvérselo a la vida. Yo estuve enferma de Covid, estuve muy mal. Y si Dios hoy me dio una posibilidad de poder seguir con mi familia ¿Por qué no retribuir haciendo esto que también me hace bien a mí?“.

El lugar de la familia

Tengo que dar gracias que mi grupo familiar es unido, porque sin ellos y sin la gente que me apoya, yo no podría seguir” comenta Soplín, mientras su hija toma algunas golosinas y las guarda en una de las tantas bolsas transparentes que se encuentran desparramadas por la mesa del comedor de la payasa.

El compañerismo que tengo es muy grande. De mi pareja, por ejemplo ¿Sabés lo que es levantarse a las dos de la mañana a ir a trabajar, venir cansado y salir a repartir? Anoche, por ejemplo, se nos rompió el auto en Cucullú y volvimos a las nueve de la noche. Él también lo hace porque lo gratifica el alma, lo llena ver a los niños felices” explica.

Aunque la gente suele donar, muchas veces no hay nada para regalarle a los chicos y la propia familia de Soplín pone dinero de su bolsillo para que los nenes del merendero no vuelvan a sus casas con las manos vacías: “también nos ha pasado que por ahí no teníamos plata para cargar nafta y siempre alguien nos ayuda, incluso cuando el auto se rompe. Gracias a Dios, tenemos a Javier Monzón y a mi hermana Fabi, que nos prestan sus autos. Pero siempre tratamos de acomodarnos, yo siempre digo que si uno quiere ayudar, puede“.

La respuesta de la gente

Si bien la que ayuda a los chicos es Soplín, el agradecimiento es mutuo: “yo les agradezco por recibirme, porque la gratificación es para uno. Yo me vengo contenta todos los días a mi casa, voy feliz a repartir y vuelvo feliz“.

En este sentido, agrega: “las mamás me decían ‘Gracias, porque muy pocos vienen hasta la puerta de tu casa a traerte estas cosas’. Nosotros hacemos hasta 3 kilómetros pasando Cucullú, para llevar mercadería, pan o lo que tengamos. Ellos siempre te agradecen“.

Antes de cerrar la entrevista, expresa: “yo tengo que agradecer a comerciantes de Giles que siempre me ayudaron: las panaderías Monzón, Luz de Abril y la de Ariel Guerrieri; la verdulería de Cristian Ríos, que me dona verdura; la rotisería de Martina Rojas; Mariano Gallo, que cuando puede me da las golosinas o me las deja al costo“.

Y concluye: “yo solo pongo las ganas de ir, el tiempo, el auto. La gente es la que se encarga de que esto funcione, porque sin ellos no podría existir Soplín. Por eso quiero agradecerle a todos“.

Ayudar a los que ayudan

Actualmente, Soplín reparte sus horas entre Cucullú y Villa Espil. Con el objetivo puesto en conseguir donaciones para seguir ayudando a la comunidad, está vendiendo una rifa cuyos números tienen un valor de $300. El sorteo está fijado para el 20 de noviembre y cuenta con cinco premios:

  • 1° premio: un lechón con ensalada rusa y vino.
  • 2° premio: una bandolera de Munna Indumentaria.
  • 3° premio: una prenda de tienda Freedom.
  • 4° premio: un set matero.
  • 5° premio: una perfumina de Xiomara.

Quienes deseen comprar la rifa o realizar algún tipo de donación, pueden comunicarse vía Facebook con el perfil Payasa Soplín, o a través del número 02325 – 15460970.

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