El orgullo es político y no tiene partido

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Por Polí Cáceres


 

En una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política.”

Carlos Jáuregui

Lo político y la política tienden a ser confundidos con lo partidario. Las confusiones suelen no ser inocentes. Muchas veces funcionan para debilitar o postergar las luchas.

Como el orgullo es político y no tiene partido, nadie nunca debería taparnos la bandera, ni simbólicamente ni realmente.

Este lunes 28 de junio, en San Andrés de Giles, se dio el comienzo de una semana con colores diversos que siguen interpelando. Un colorido izamiento que tuvo lo suyo de soledad, de casi nulo diálogo, de escasísimo tiempo para ser pensado colectivamente. Sin embargo, fue posible sacar la bandera del armario.

En lo personal, decidí que ya no es tiempo para más postergaciones ni para blandir la bandera cada año solamente en las calles de CABA. Asumí que tengo buena parte de responsabilidad por todos los veintiochos de junios que en mi pueblo no hubo bandera flameando. Sentí, además, que quien soy hoy, tenía una deuda grande con quien fui.  Salió como salen a veces los principios: tembloroso, medio silencioso, sacudidor de angustias, bastante sin entender algunas cosas (por no haberlas sabido), en compañía de la gente que ha estado siempre en mi vida, con la presencia también de otras personas. Con muchas ausencias. Es una primera vez, y como tal nada de eso debe tapar nuestra bandera que no es mía, es nuestra.

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En medio de subjetividades parientes cercanas de los prejuicios, las acciones que promueven la igualdad y la diversidad no tienen espacio de difusión ni discusión, excepto que haya detrás de ellas una oficina del Estado o un partido político o institución de alguna índole. Es tiempo de sacar del armario, junto con la bandera, la autocrítica: los años de ceguera y mudez que han mantenido a nuestro pueblo invisibilizando la diversidad nos han llevado, a algunas personas, a activar nuestras acciones como integrantes del colectivo LGTBIQ+. en espacios de otras ciudades lo cual nos fue alejando del suceder gilense.

Simultáneamente el activismo local iba creciendo. Mucho iba creciendo porque mientras unxs habíamos encontrado nuestro espacio de pertenencia en otras ciudades, acá lxs más jóvenes estaban luchándola desde realidades adversas y crueles que exigían unirse para fortalecer la voz.  Y se ve que no habíamos logrado encontrarnos.

A veces sucede por desconocimiento, a veces porque conviene, a veces porque las luchas más genuinas están traspasadas por excesivos dolores además de llenas de promesas y vacías de contención.

El lunes 28 de junio pudo haber sido un día de fiesta en la calle; no lo fue. Es bien simple festejar en un pueblo como el nuestro. El activismo local se merece la fiesta, pero reivindicar los derechos LGTBIQ+, pasa por tener un entorno que reconozca, valore y celebre la diversidad que emana del colectivo, y en ese entorno se encuentran las instituciones gubernamentales con roles pensados para cumplir tales objetivos. En lo personal agradezco la respuesta positiva a mi solicitud de izar la bandera en la Plaza San Martín, también sé que no iba a ceder ante una respuesta negativa. Pero es insuficiente la bandera en el mástil. Queda todo por hacer.

El reto de promover una sociedad local inclusiva “sin armarios”, libre, abierta para todas las identidades es responsabilidad ineludible del Estado el cual tiene los recursos más que necesarios para comunicar, convocar, invitar, enaltecer a quienes han luchado y siguen luchando, jugándose la vida y la libertad, para que se reconozca su digno lugar en la sociedad.

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