Alguien está en problemas: capítulo X

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X

Lo de la muerte de doña Elvira sucedió como a los diez días. Recuerdo que me di una vuelta por el velorio a darle mis pésames a Iván, y que tal como narrara al comienzo, fue  que lo encontré como perdido, casi extraviado.

Pensé, antes de ir, e imaginándome cómo estaría, relatarle el final del episodio del sangrado de mi nariz. A lo mejor, por un cachito, creí, conseguía mínimamente cambiarle el ánimo. Pero me abstuve. Estando allí, me limité a decirle nada más que un “Lo siento” y a permanecer los minutos que considerara prudentes.

Nunca supe si  me reconoció.

Como dijera en un principio, se ve que algo más urgente o importante parecía impedirle sufrir o transitar con normalidad la reciente pérdida de su esposa, enajenándolo a tal punto.

No sé por qué tampoco, pero ese mismo día tuve ganas de tomarme algo más que un café, por lo que me llegué al bar a la tardecita.

Al entrar y encontrar sentado a la barra a Lenno Lynn, sentí algo así como una especie de rima en todo lo que estaba sucediendo. Él, siempre con su extravagancia cálida y burlona, me miró entre alegre y sorprendido al reconocerme llegando a esas horas por allí.

– ¿Supiste lo de la muerte de doña Elvira? – me interrogó don Daffy, secándose con un trapo las manos, luego que yo saludara a Lenno Lynn –…Pobre hombre. ¡Qué cagada! –acotó compungido –

– Una desgracia…– le contesté en tono de renuncia a seguir con el tema –

Mientras tomaba la cerveza que había pedido, de golpe me vi ante un suceso extraordinario.

– Señorita María –dijo delicadamente Lenno Lynn a María Daffy, que yendo de aquí a allá, se la veía ir y venir de la barra a las mesas, presa de cierto apuro fuera de lo corriente –

En un gesto que revelaba gran atención, María Daffy le oyó:

– Lo más increíble de la Magia no es que exista, sino que no termine funcionando. Allí quizá haya mucho Trabajo pero poca Virtud. Lo tentador de los sortilegios es que por general llevan poco Esfuerzo. No es tanto el Talento lo que se necesita para ser mago, sino hacer creíble cierto oscurantismo que puede desarrollar cualquiera. Uno es instrumento de la vida. No se adjudique título de nada, si tras lo que cree que desarrolla con sus conjuros, luego la alegran o la entristecen porque resultaron a una manera que no imaginaron sus deseos. Vea con cuánto ahínco a veces la realidad insiste en afirmar lo improbable contra lo posible; ¡termina mofándose descarnadamente de nuestra incredulidad! …Al igual que el agua que corre por el cordón de la calle, haciendo la más perfecta economía en términos de energía potencial, así las cosas siempre van tomando el rumbo que querían… solas –

De todas las expresiones que fue adoptando el rostro de María, la última dibujó cierta irritación en la que se entreveía mucho alivio y agradecimiento.

– Tenés la chifladura de un nene, pero repleta de libros – le espetó María al terminar, con cierta dureza simpática – Lindo revire, aunque me haga recelar si no estás del tomate… –

Yendo al baño por la urgencia que me reclamó la cerveza, casi por distracción encontré en la pared que tenía enfrente, una minúscula rendija por la que se escapaba un vientito fresco y en la que los sonidos parecían apelotonarse. Acercándome al disimulado agujero, podía verse parte de lo que sucedía en la cocina.

Esa noche entendí por qué Lenno Lynn, antes de irse, iba siempre al baño.

Deduje que tal como yo, y por haberla visto, sabía que María Daffy practicaba el arte de los encantamientos.

 


 

Novela escrita por Rienzi Leonardo Curotto, ilustrada por Magdalena Uncal Basso

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Escruche a plena luz del día: la pista que sigue la Policía

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