Las cartas de mi vecino el Presidente

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Ana Brovia, vecina de nuestra ciudad, recuerda a Héctor Cámpora como el amigo de siempre de su familia. La amistad empezó porque era el dentista de su abuela, quien sabía cuánto le gustaba comer tallarines a Héctor y le cocinaba especialmente para él. “Había una amistad al margen de la política, más allá de que fue Presidente, yo lo recuerdo como persona”, asegura.

Ahora conserva como si fueran tesoros la correspondencia que se mandaba Cámpora con su abuelo y también con su papá. Además de esas cartas, también atesora un gesto de solidaridad del ex Presidente que fue fundamental para su vida.

Cuando Ana tenía apenas 2 años la declararon asmática, sólo un tratamiento podía curarla en aquella época. Se hacía solamente en una pequeña ciudad de Córdoba llamada La Calera. En ese entonces, Cámpora era el Presidente de la Cámara de Diputados y gracias a sus gestiones consiguió que trasladaran a su padre desde el Correo de Giles hasta el Correo de aquel pueblo. “Si no hubiera sido por él,  ese tratamiento que me hicieron en Córdoba, no me lo hacían en ningún lado”, sostiene Ana.

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Ana vivió con su familia en La Calera lo que duró su tratamiento, aproximadamente 6 meses. Su cumpleaños número 3 fue en Córdoba, y recién en el año 2000 después de mucho tiempo volvió a visitar aquel pueblito que ahora se había convertido en ciudad. Aprovechó sus vacaciones y viajó con su marido hasta ahí. Fue sin dirección, pero tenía un rumbo claro: encontrar la casa en la que vivió de niña.

 “Yo me acordaba de un puente, y preguntando pude llegar a la casa”, explica Ana de ese viaje tan emotivo. Cerca de la zona le preguntó a un viejito y para su sorpresa al contarle que su papá fue cartero en ese lugar, él todavía lo recordaba. “La Calera antes era un lugar chiquito y a mi viejo le decían el porteñito por la ropa que usaba”, agrega.

Todavía se acuerda cómo los cordobeses se sorprendían por la amistad que tenía su papá con Héctor, nada más ni nada menos que el Presidente de la Cámara de Diputados. “Cuando recibía las cartas de Cámpora le preguntaban: ¿pero vos con esa amistad trabajas de cartero? Y él decía que la amistad no tiene nada que ver con el trabajo”, rememora Ana.

De aquel tiempo recuerda con nostalgia que varios vecinos de Villa Ruiz fueron hasta allá a verlos. “Estábamos solos en Córdoba pero la mayoría de los vecinos de Ruiz viajaban a visitarnos, a mi abuela un día la pusieron en un tren porque nos extrañaba, fueron épocas muy lindas”.

Años después en 1958, durante su exilio en Chile, Héctor le envió a su abuelo una afectuosa carta de saludos y buenos deseos para toda su familia. “Es mi propósito estimado Don Felipe expresar a través de estas líneas mi sincero y profundo agradecimiento por todas las preocupaciones que usted, señora e hijos han tenido para conmigo en el transcurso de estos dos últimos años  que me tocaron pasar por las circunstancias que son conocidas por todos”, le escribió de puño y letra “el Tío”, como lo conocían en el pueblo, como un vecino más que siempre ayudó a su comunidad.

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