Alguien está en problemas: capítulo IV

IV

Más fue el trayecto circular que Iván Resaac dedujo de la marcada serie de fastidiosos
inconvenientes que luego de la escena de la mariposa le fueran sucediendo, que no la
alarmante puntualidad con que iban desencadenándose, apareciendo regularmente
desordenados.

Ya nomás, aquella mañana luego de salir del bar, vio a un perro de la calle meándole una
de las cubiertas del coche. Y no se enervó tanto por el exiguo daño que el orín podía
causarle a la rueda, sino porque había algo en el entrecierro de los ojos del animal, que tan
orondo se descargaba muy a gusto, que consideró inmoderado, rayando lo obsceno. Si de
lo chocho que estaba el perro, Iván Resaac no hubiera entrevisto algo así como una burla
contra él, moviéndose en esa jadeante y rosada lengua repleta de baba y colmillos, no sé si
habría arrojado esa piedra, con tan mala suerte, que casi le pega a un repartidor que
llegaba por la vereda y que de pasada le dejó un “viejo y pelotudo” de regalo.

Lo siguiente, y no se sabe muy bien a ciencia cierta, sucedió como a los dos o tres días, tras el tirón que dio con una pierna a fin de zafarse del atasco de la punta del cordón de su
zapato, que habiendo quedado agarrada entre el piso y una puerta, promovió, desde el
bolsillo de su camisa al piso, una inoportuna parábola, que de manera estúpida dejó su
celular sin arreglo.

O la otra, días después a ésta, en la que se hizo flor de tajo en un cachete de la cara, cuando afeitándose, justo distinguió que alguien en la radio cantaba el tango que dice “Estás desorientado y no sabés/ que trole hay que tomar”

Recuerdo aquella mañana, transcurriendo aquellos días, estando en el bar. Iván Resaac se
me apareció de golpe viniéndome a pedir que me sentara un cachito en la mesa con él, pues quería contarme algo. Más intrigado por el agobio de su semblante, que por hacerle caso a su tono requirente, accedí ir a escucharle…

– Me revienta que me vivan pasando cosas – descargó con ira, sin formalidades ni
prolegómenos – O mejor, que hace un tiempo, hayan empezado a pasarme… “cosas”. Y
noto, que por más que quiera, ¡no las puedo controlar! ¡Es como si todo se me fuera de las
manos! ¡Harto estoy que nada, absolutamente nada, me salga bien como espero! Pareciera
que algo así como una fuerza imaginaria estuviera empecinada… ¡se emperrara contra mí!
…a cada paso dado, con cada movimiento, ¡devolviéndome siempre la pirueta al revés!
¡Mirá cómo tengo hecha la cara! ¡Un tajo gratis por un maldito tango de porquería! ¡Ay
Dios…! …Y acá dejé de venir hace unos días, porque la otra mañana me levanto, voy al
baño, me miro al espejo, ¿y qué veo? ¡Que tengo este ojo rojo, como en compota! ¡Dale! ¡Y otra más! No importa… ¿Que qué me agarró? Un derrame… ¿A que no sabés lo que me
dijo el médico? …Que lo mío era mal de ojo. El muy chistoso hasta se dio el lujo de
aguijonearme: “¿Cómo anda la relación con su esposa, don Iván? Esto es flor de
ojeadura…” ¡Pero por favor! ¿A éstos hay que llamarles profesionales…? Y no va que cuando veo que todo parece tranquilizarse, encarrilarse e ir de nuevo hacia la tranquilidad… ¡Púmbate! A los dos tres días, seguro, una nueva… Sé perfectamente quién me está detrás de esto. Y es ese tipo, ese amanerado, ese nuevo paracaidista que no se sabe de
qué vive; ¡charlatán de feria que tuvo el tupé de venir a decirme que no sé qué por una
mariposa de mierda! Decime vos si le sabés el nombre, si conocés cómo se llama… –

– Pero… No le entiendo, don Iván… – le interrumpí dudando – ¿Qué tiene ver ese tipo con
lo que usted cuenta? – Aunque accedí – Le contesto. Se hace llamar Lenno Lynn. Incluso,
el otro día, don Daffy me comentó que ahora estaba viniendo a otra hora… –

– ¡Es él! ¡¡Él!! ¡Tal cualito…! ¡El mismo nombre! ¡Yo sabía que era él! – respondió exaltado
Iván Resaac, manteniendo su furor – Dejame que te explique… No va que llego a casa el
otro día, y mi mujer me cuenta que en la peluquería, una de las chicas de ahí andaba de
que te re loca de contenta porque se estaba conociendo con un tipo de lo más particular y
divertido; recuerdo que cargando otra vez ella con el tema más tarde en la cena, y justo en
el preciso momento en que estaba sirviéndome el primer chorro de vino, ¡no va que se me
raja la botella en la mano, recién sacada del congelador, puesta ahí sólo un cachito a
enfriar…!¡Es este hijo de puta!, pensé. La culpa de todo lo que me viene pasando es pura y
completamente obra suya… –

– Sigo sin entender, don Iván – le contesté casi aburrido – Va de vuelta… Le pregunto.
¿Volvió a ver a ese tipo después de la primera vez? –

– ¡Dios me libre si así sucediera! – teatralizó levantando ambas manos – ¡Gracias a Dios,
no! No lo he visto más… – y de repente más calmo, como habiendo descubierto algo,
mirando algún lugar fijo de la mesa –…Ahora que lo pienso, me estoy dando cuenta que fue
única cosa buena que me sucedió en todo este tiempo… –

– ¿Y entonces? ¿Con qué pruebas fehacientes y concretas lo inculpás de tus malogros? –
pregunté algo indignado.

– Mirá… – preludió Iván Resaac carraspeando duramente – Me las puedo aguantar a
todas… O casi… – tensionó haciendo un corto silencio – Menos, que por intermedio de una
conversación, haya entrado en mi casa. –


 

Novela escrita por Rienzi Leonardo Curotto, ilustrada por Magdalena Uncal Basso

Sino lo leíste:

primer capítulo

segundo capítulo

tercer capítulo

La variante Delta circuló por San Andrés de Giles

Encontranos en