La historia de la gilense que viajó a África y vivió en hogares de niños

A lo largo de los últimos años, Estefanía Chertudi (31), vivió de viaje. Recorrió el Sahara marroquí arriba de un camello, fotografió las auroras boreales de Noruega y los globos aerostáticos de Turquía. También vivió en Nueva Zelanda, alternando el turismo con su trabajo de empaquetadora de kiwis.

Fue en este último país, donde surgió la idea de reflotar el proyecto de viajar a un destino que desde hacía muchos años tenía ganas de visitar: Kenia. Ayer a la noche, a través de su cuenta de Instagram (Estefaniacher), compartió los pormenores de la aventura que vivió entre junio y agosto del 2019:

Resulta que hace unos dos años casi, estaba en Nueva Zelanda trabajando como una desquiciada para poder cumplir con uno de los sueños más antiguos que tenía. La historia empieza más o menos así: a los 13 años, y con una débil conexión de internet, me hice mi primer email. En esa época leía atentamente cada cadena, y reenviaba absolutamente todo, no vaya a ser cosa que me cayera una maldición en la cabeza… En uno de los tantos mails que una nena de 13 años puede recibir, llega la imagen de un nene en África, desnutrido, agonizando, y un buitre de fondo esperando por comer.

Gracias al trabajo de mi madre, la conciencia de clase siempre fue un tema cotidiano en casa. Largas sobremesas reflexionando sobre distintas realidades, tardes enteras jugando en los hogares infantiles, o visitando escuelas rurales. En fin, nunca fui ajena a la desigualdad social. Pero ese mail, ese cachetazo de realidad vestido de cadena morbosa y amarillista, a esa edad tan vulnerable, fue el empujón violento a la adultez que nadie merece. Esa, creo, fue la primer señal de la muerte inevitable de una infancia que todavía duelo.

Sentada frente a una computadora de escritorio que todavía usaba diskette, no podía creer lo que veía ¿Cómo podía ser que exista algo así y que nadie haga nada? Desde ese momento, y hasta hace dos años, mi deseo más profundo era ir a África y comprobar que eso no existía, que esa foto era trucada, que el ser humano no era tan hijo de puta. Estaba segura de que cuando llegara, iba a estar el nene de la foto, ya grande, me iba a pedir disculpas, y en una caja me iba a devolver la infancia que me había robado.

Así que por una amiga de una amiga, me contacté con la dueña de este hogar en Kenia. y me invitaron a quedarme con ellos todo el tiempo que quisiera. Fueron dos meses a puro juego, y abrazos, y besos, y pañales, y mocos.

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Ahí conocí a Patrick, un pastor evangélico con un corazón más grande que lo que este mundo puede sostener. Me llevó a recorrer los tres hogares infantiles que tenía su iglesia. Y todo fue amor hasta que una noche, después de comer, se me ocurrió preguntarle qué diferencia había entre evangélicos y católicos. Ahí nomas sacó la biblia y me la explicó de principio a fin en inglés. Mi atención se desvió al minuto y medio, claramente.

El primero quedaba en el centro de Nairobi. La primer noche lloré como nunca. Abundaba un olor intenso, a la noche nos alumbraba la luz de la luna y algún que otro pedacito de vela que sobraba. No había agua, ni caliente ni fría, y el baño era un pozo en la tierra. Al lado había un terreno baldío donde jugábamos a la pelota, al tercer día yo ya era una más.

El segundo, era en las afueras de Nairobi. Estaba lleno de adolescentes a los que me costaba llegar. Hasta que encontramos un camaleón, al que le pusimos nombre, y lo hicimos nuestra mascota provisoria. Parece una boludez, pero el sentido de pertenencia no es poca cosa por allá.

El tercer y último hogar, se llevó todo mi amor. Era en un pueblo perdido en el medio de Kenia. Vivían sólo nenas, víctimas de abuso, abandono, violencia, y todas las miserias humanas más miserables que puedas imaginar. Ahí conocí a la mujer más dulce del planeta. Se hacía llamar Aunty (es una manera tierna de llamar a una tía en inglés). Amanecía todas las mañanas a las seis, ordeñaba la única vaca que tenían, para que las nenas tuvieran al menos un vaso de leche.

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Yo le daba de probar mate y a cambio ella me enseñaba los secretos del chapatí. Además, amaba las fotos, y me hacía posar de maneras un poco extrañas. Aunty no sabía ni una palabra en inglés. Todo el tiempo me miraba, me decía “gracias” en swahili, y me abrazaba. Pocas veces sentí a alguien tan sincero. La comunicación, sin dudas, es por ahí.

Meriendas hipercalóricas, juegos, charlas, mates, cocina, risas, cantos, paseos por el pueblo… a estas alturas el pastor estaba buscando (literal) una pileta para bautizarme.
Cuando me fui, corrían atrás del auto.WhatsApp Image 2021 05 06 at 11.26.42 1

Tengo mil historias más de una de las experiencias más difíciles de mi vida. Lejos está aquella nena de 13 que esperó 16 años para ver con sus propios ojos, que ese baldazo de agua fría, no era más que realidad.

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No, no estaba el nene de aquella foto crecido y con mi infancia en una cajita. Como el buitre esperando devorarse al nene, había una adultez cruda y difícil esperando devorar lo poco que me quedaba de infancia. Durante toda mi estadía ahí me pregunté a que fui. Dos años después, sigo dándole vueltas al asunto. A veces me quedo mirando un punto fijo pensando qué fue de sus vidas, cómo estarán, si seguirán teniendo los pies fríos y llenos de tierra, si en sus pancitas sigue habiendo solo papa y arroz, y en sus cabecitas sueños imposibles. A veces me pregunto, si a ellos también, el hambre y el buitre, les robaron su inocencia antes de tiempo.

La variante Delta circuló por San Andrés de Giles

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