2020 disruptivo: ¿Y ahora qué?

Casi ocho meses han pasado del histórico, por momentos surreal y sin dudas disruptivo inicio de esta crisis sin precedentes. Ahora bien, ¿qué estamos aprendiendo?

Este virus, suscitado en una ciudad lejana para nosotrxs, tuvo la particularidad de diseminar por todo el mundo -y sin distinciones- el sufrimiento, el miedo y la perplejidad. Sin dudas se transformó en un evento digno de una ficción post-apocalíptica que ha modificado profundamente nuestras sociedades. Alteraciones de distintas índoles se están propiciando en la política, la economía, la vida social, las relaciones interpersonales e internacionales, el rol estatal, las comunicaciones, las tecnologías, los sistemas de salud…

En España -al igual que en tantísimas otras partes del planeta-, este es un otoño teñido por comercios que bajan sus persianas, toques de queda nocturnos, cierres perimetrales, desempleo en números rojos, e incertidumbre. Después de un verano maquillado por el aparente relax, se avecina un invierno hostil. Aunque ciertos sectores negacionistas intenten socavar y subestimar el cariz de este contexto pandémico, queda claro que la toma de conciencia colectiva, las políticas públicas adoptadas por un Estado presente, la revalorización de la ciencia y la solidaridad son las principales aliadas de los pueblos.

Una de las lecciones que resultan de pensar la crisis en perspectiva es justamente el largo porvenir que el presente confuso perturba. Es en momentos de emergencia en donde se reavivan (y por supuesto cuestionan) las dialécticas de desigualdad e interdependencia. Aquí subyace un posible cambio de paradigma: ¿Seremos capaces de apostar por la reinvención de nuestro rol en el mundo?

En tiempos de virus la fragilidad del orden humano más cotidiano se hace evidente. Los cambios en los engranajes de la organización del trabajo han destapado en cierta forma las alienaciones que nos condicionan. Normalizar estas prácticas en un entorno donde queda al descubierto el colapso resulta inadmisible. El mundo necesita ahora más que nunca que despertemos de ese letargo, observemos y cuidemos la naturaleza de la que somos parte -porque no nos pertenece-: ¿Qué tenemos para ofrecerle? ¿Qué es lo mejor que podemos hacer por ella hoy? 

Resulta claro que volver a la “normalidad” no será el camino. Es precisamente esa “vieja normalidad” la que nos condujo a la pandemia. El mundo no será igual después de que todo esto pase. Pero, ¿qué sistema-mundo queremos (re)crear? El desafío está en afianzar el eje; en encontrar nuevos conceptos, nuevas voces y sujetos que se conviertan en representaciones simbólicas capaces de guiarnos en forma colectiva. La clave será hallar formas de relacionamiento más horizontales, signadas por la cooperación y la solidaridad de los pueblos. 

El desafío está en que estos interrogantes constituyan la fuerza motora capaz de guiar nuestra conciencia colectiva hacia un plano mejor. El periplo recién empieza y aún hay mucho por desandar. 

A seguir.

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