“Una vida en Capital y una muerte, casi una ficción, en San Andrés de Giles”

En 2017 internaron al papá de Marilina en el hospital San Andrés. Desde ese momento, ella tuvo que empezar una peregrinación semanal desde las oficinas del INADI, donde trabajaba, hasta un lugar llamado San Andrés de Giles, un pueblo inmerso en la provincia de Buenos Aires que nunca antes había visitado. Las horas pasadas en la ruta, terminarían forjando un relato que fue publicado en Twitter e Instagram el martes pasado, acompañado de las fotos que captó en sus caminatas por Giles.

El relato de Marilina:

Estaba buscando esa foto del auto viejo, el tanque, la calesita, porque me encanta.
Y me puse a mirar las otras fotos que saqué ese día: el día que se murió mi viejo.

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La plaza Cutillas.

Mi papá vivió sus últimos años en un pueblo en el que no había hospital. Cuando lo internaron terminó en el más cercano, en San Andrés de Giles.

No había nada que se pudiera hacer: se moría. En un mes, en dos, en una semana, pero se moría. Íbamos y veníamos con mis hermanos de CABA a Giles, nos turnábamos. Esos días la certeza se volvió inminente, me tocó a mí la ruleta rusa y pasé la noche anterior ahí, en el fondo de la casa de una familia que alquilaba dormis.

Me vi un especial de Susana Gimenez con Wanda Nara en una tele de tubo y al otro dia me fui a pata al hospital. En el camino saqué algunas de estas fotos. Otras son del club donde almorcé ese mediodía.

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Eran días bizarros: teníamos una doble vida. O una vida en Capital y una muerte, casi una ficción, en San Andrés de Giles. Salía del trabajo y me iba a Retiro, me tomaba un micro y en dos horas estaba en una realidad bucólica, tétrica y graciosa.

Un horror pintoresco: como mi papá.

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No sé dónde entraba todo eso en los días. Ahora que estamos en cuarentena me pasa que voy una vez por semana a comprar al supermercado y me agoto. Desde el contexto actual aquellos días se tornan aún más inverosímiles de lo que los recuerdo.

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Volviendo a esa tarde, pipona de pastas, luché contra el sueño sentada al lado del cuerpo medio muerto de mi progenitor. Tenía la cabeza apoyada contra una ventana y cada tanto un chiflete hacía que me golpee. En mi pecho se sentía como un nok nok nok, como si alguien golpeara para avisarme que me despierte, que se había muerto.

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“¡Se murió!, ah no, respira, uff” pensaba sobresaltada y aliviada casi a la vez, y me volvía a dormir como en el colectivo, inevitablemente. Era primavera, había sol y estaba fresco, como me gusta a mi. En el pulmón del hospital, desde donde venía el chiflete, había mariposas. No así en el pulmón de mi viejo que había todo lo contrario a aire, sol y mariposas.

A la nochecita me compré un alfajor. Supongo que si fuera merquera me hubiera dado un saque, pero soy gorda, y me como un alfajor y almuerzo pastas cuando la vida me supera. Hidratos y confusión. En ese momento no sabía que estaba ante el placebo más rico que comí en mi vida. La Olla de Cobre, el preferido de Cristina, me enteré después, averiguando de qué se trataba esa maravilla que había comido que no tenía ni por asomo nombre de alfajor.

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Lo saboreé sentada en el micro, llorando: los alfajores son más ricos cuando los comés llorando. En Spotify, sonaba, adrede, El reparador de sueños, una canción de Silvio, uno de los pocos recuerdos lindos que tengo con mi papá.
Me preparé esa escena para llorar: la música, la ruta, el atardecer, volver en micro sola mirando por la ventana, el bolo alimenticio empalagoso del alfajor mezclado con lagrimas en mi garganta, la casi certeza de que era la última vez que veía a mi papá “vivo”. Soy muy llorona pero esos días no estaba llorando. Se me atoraban las emociones y no salía ninguna.

Esa misma noche, cuando se cercioró de que yo finalmente me haya vuelto a casa, de que Mati estuviese en Japón y de que solo faltaran un par de horas para que sea el cumpleaños de mi mamá, es decir, cuando era el momento ideal para romper soberanamente las pelotas por última vez, se murió.

La variante Delta circuló por San Andrés de Giles

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